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VÍCTIMAS DEL CONFLICTO. Norte de Santander sin memoria histórica

“Llegó el Ejército, me tiró al piso, me gritaban y me pegaban preguntando dónde estaba lo que me había dejado la guerrilla. Como no les dije nada, me taparon la boca con una camisa y empezaron a echarme Coca-Cola por la nariz”, recordó Hermes Pérez. Esa fue su última experiencia en la vereda Campo Dos (Tibú), como víctima del conflicto armado en Norte de Santander.

Al día siguiente, la familia Pérez Peñaranda llegó a Cúcuta para engrosar las cifras de desplazamiento, que en 1998 eran escandalosas. A la llegada a la ciudad no hubo espaviento en los medios de comunicación por ser una familia humilde, que los convertía solo en un grano de arena en el desierto de la violencia en Colombia.

Romelia revivió la noche del grado del hijo Yilmer, esa que debía estar llena felicidad, porque por fin uno de los muchachos terminaba bachillerato, tomó un rumbo inesperado. A las 11:00 de la noche, al regresar al hogar, en un caserío de Tibú, llegó un vecino bañado en llanto y con el grito entrecortado le dio la triste noticia “¡Mataron a Alexis, mataron a Alexis!”.

Alexis, hijo menor de Romelia, tenía 16 años y había decidido unirse a las filas del Eln. Esa noche, mientras dormía en un campamento con otros 15 jóvenes, el Ejército los sorprendió y los acribilló. Acto seguido, fueron despojados de las pertenencias de valor, vestidos con camuflados y llevados hasta el cementerio.

Así es Colombia, donde la paz se consigue con sangre y lágrimas, y la historia se escribe en páginas oscuras que ocultan odio y rencor entre compatriotas. En el país  se volvió normal matar o ver morir al que está al lado. Norte de Santander es un territorio de matices. Azotado siempre por la violencia, desde los ataques guerrilleros en El Catatumbo, hasta las masacres en Villa del Rosario por los paramilitares. La barbarie, al estilo nazi, describe el fin de centenares de vidas en hornos crematorios adonde los perpetradores llevaban a las víctimas.

Javier Osuna, escritor colombiano, en el libro ‘Me hablarás del fuego, los hornos de la infamia’, explora la maldad de la guerra, el testimonio de los victimarios (que pronto recobrarán la libertad) y que, al mismo tiempo, rinde homenaje a la vida que trasciende más allá de las cenizas.

La memoria es difícil de mantener en un país donde día a día cada acto violento, supera en atrocidad al anterior. Los medios de comunicación son capaces de poner en el foco actos particulares y a su vez los encargados de que el dolor de las víctimas, sea solo de los familiares.

En Colombia nos hemos vuelto insensibles ante la violencia, dijo el presidente Juan Manuel Santos. Cualquier hecho violento cabe entre los estándares de normalidad hace 50 años. A pesar de que son cientos las víctimas que pasan a ser daño colateral a diario de esta guerra que consume a los colombianos, sigue la pregunta ¿y la memoria? Cuántos muertos debe llorar el país, para que llegue el fin a la guerra.

La fundación Progresar investiga hechos cruciales de violación a los derechos humanos. Prende alarmas. Advierte riesgos de violencia contra la población civil, señala a actores criminales del paramilitarismo. La ONG es dirigida por Wilfredo Cañizares,  encargado de defender y prevenir hechos violentos en Norte de Santander. Además, organiza eventos en los que familiares de víctimas protestan y reclaman la memoria de aquellos que desde que estaban vivos habían sido olvidados por el Gobierno.

Cúcuta, alejada de la capital del país, olvidada por el Gobierno, azotada por la violencia y sin memoria está urgida de líderes capaces de construir recuerdos, porque un pueblo que tiene memoria, no comete los errores del pasado.

En un inminente acuerdo de paz, un asunto fundamental para tratar será el restablecimiento de las víctimas, el trato de la desigualdad social, que desde el principio ha sido la principal razón de la guerra, como Marquetalia, la ‘república independiente’ dentro de Colombia que dio inicio a las guerrillas que hoy se conocen. Solo fue un grupo de campesinos, hartos del olvido.

Y sigue el olvido, no acabará la guerra, solo cesará mientras unos colombianos decidan tomar las armas para hacerse sentir, para crear memoria, “una mala memoria”.

KAREN CONDE – ALDAIR SALAZAR

Estudiantes de Comunicación Social

Universidad de Pamplona

Campus de Villa del Rosario

Foto: Javier Osuna

 

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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