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VÍCTIMAS DEL CONFLICTO. Marina o María, viuda y desplazada por la violencia

CÚCUTA.- El día que la bautizaron en la iglesia, más de seis décadas atrás, los padres decidieron que se llamaría Marina. El día que le mataron a un hijo y le pegaron un tiro en la pierna izquierda, decidió que se llamaría María. Marina fue la niña, adolescente y esposa del carnicero que trabajó en el campo. María es la viuda que lava ropa ajena en la ciudad para sostener el hogar y es la mujer que lucha por los derechos de otras víctimas de la violencia. Las dos son una sola y tienen los apellidos Buendía Garay, como aparece en la cédula de ciudadanía de Marina.

Ha sido desplazada dos veces. La primera, cuando le mataron el marido y le metieron el tiro en la pierna. Eso ocurrió en La Floresta, corregimiento de Cúcuta, en la vía a Puerto Santander. El ranchito, heredado de la mamá, quedó allá abandonado, aunque registrado en el Incora (Incoder). Corría 1994.

En esa época, lejana en el calendario, presente en el recuerdo, no tenía idea sobre qué era desplazarse y menos a quién acudir para hablar en busca de ayuda. “Uno en el campo es así”. Al hablar se nota la sencillez propia de los nacidos y criados en la zona rural. Las palabras surgen espontáneas, sin importar en ocasiones que sean las correctas para expresar el pensamiento o la idea que tiene de algún aspecto de su vida marcada por el dolor y el sufrimiento.

El segundo desplazamiento lo vivió en La Gabarra. Al corregimiento de Tibú migró para protegerse de las fuerzas oscuras que asesinaron al marido. Nunca supo por qué lo mataron, el 3 de junio de 1994, si lo único que hacía en el pueblo era cumplir con la labor de pesero. El año pasado la entusiasmaron a denunciar el asesinato, porque ‘de pronto se lo pagan’. En la Personería narró los hechos. Hace poco tiempo la llamaron para avisarle que le aprobaron el caso. Ahora, “toca esperar turno” para que se haga efectivo el pago.

“De allá tuvimos que volver a salir cuando se metieron los ‘paracos’ a nciar el asesinatosacar a la gente a volar”. Lo dice así, tranquila, sin buscar eufemismos, sino con la verdad.

Y llegaron a Buenos Aires, no la capital argentina, sino una invasión en Cúcuta. “De donde no me he movido”. Tomó el terreno que le dieron, armó el rancho con bolsas blancas de estopa y lo techó con latas oxidadas que consiguió “por ahí”. Así pasó el primer año hasta que consiguió dinero para comprar retal y mejorar el piso.

Los cuatro pelados comenzaron a estudiar. El rector del colegio del sector los recibió y los puso a un lado de los otros alumnos mientras los matriculaba. Para pagar la matrícula habló “por ahí” y le regalaron el dinero. En el plantel estuvieron hasta cumplir el ciclo de  la primaria.   “Vendíamos agua en los semáforos; de noche, en las piscinas, vendía chuzos, helados y pasteles, para pagar el arriendo. Duramos más de un año en esas necesidades. Dormía como un perro”.

La mirada es una rara mezcla de alegría y nostalgia. Los ojos miran a lo lejos, hacia puntos indefinidos, o se fijan en objetos cercanos. Mantiene las manos sobre las piernas y de vez en cuando las mueve para afirmar una idea. Se nota que no es feliz, así, de repente, deje escapar una sonrisa que también va cargada de amargura por esos días pesados que lleva al hombro.

A los cuatro meses de haber llegado a la capital de Norte de Santander en procura de cumplir ‘el sueño cucuteño’ mataron al hijo mayor. Tampoco sabe las causas. “Me lo pagaron”, es lo único que puede decir con resignación, así esté segura que ese dinero no lo devolverá a casa.

Los otros dos no tuvieron cómo regresar a las aulas y trabajan en Cenabastos, como caletas. El otro, está incapacitado físicamente. Un día se enredó con una concha de maduro, rodó y el bulto de papa que llevaba a la espalda le cayó sobre la columna vertebral. Desde entonces está inválido y en terapia.

La blusa de rayas entre grises y azules, dirían las modistas, no combina con el pantalón anaranjado, pero corta. Es la pinta elegante que tiene para actos especiales como el organizado por la Unidad de Restitución de Tierras en uno de los hoteles tradicionales de Cúcuta. Llegó, porque le interesan los asuntos de las comunidades, para las que trabaja hace dos años y a las que les presta el servicio sin buscar interés personal, ni figuración alguna. Solo porque le nace y porque “soy una mujer echada para adelante”.

María es entrona, nada tímida y valiente. No había cumplido dos años en Buenos Aires cuando la nombraron fiscal de la junta comunal. Terminado el periodo, hubo relevo de dignatarios. Ella, en cambio, pasó a la tesorería. Descansó un tiempo y hace cuatro años volvieron a elegirla, ahora como coordinadora. “Hago lo que me toque, recojo ropa y mercado para los desplazados, hablo con el párroco. Tengo mucha gente que me distingue por medio de mi trabajo”.

Para completar esa labor incansable de ayuda a los necesitados inventó otro servicio, el que con orgullo llama ‘emisora’, y que no es más que unas cornetas colgadas en un árbol de almendrón y la planta. Desde la casa trasmite mensajes sociales, pide favores, hace mandados, organiza a los habitantes y tiene cobertura en otros barrios.

La invasión aquella a la que llegó tiempo atrás, ahora tiene la categoría de barrio. Es Colombia I, “por mi persona”, lo dijo sin asomo de humildad. El orgullo le brota, sonríe y echa el cuento de la ‘emisora’. Surgió de la necesidad de  evitar las caminatas constantes, casa a casa, para citar a las reuniones sabatinas en las que trataban asuntos comunales.

La idea se le vino a la cabeza y reunió a los habitantes para presentarles la inquietud. Recibió aprobación. La Junta prestó las cornetas y con dinero recogido entre las familias compró la planta. Corridos los meses sufrió lo que expertos en comunicaciones llamarían ‘censura’. Desde la Junta le quitaron las cornetas y un coordinador político recogió la planta. “Preciso, dicho, hecho y derecho. Me dejaron sin voz”. Una sensación rara recorrió su cuerpo, “quedé como cuando uno se muere y la casa queda sola”.

Pensó que ese era un simple vaso de agua en medio del mar que significa la comunidad y se planteó el reto de no quedarse dormida. Echó mano de los ahorritos que tenía en el banco para arreglar el ranchito. Las paredes seguirían siendo de tabla y el techo con las mismas latas oxidadas. De nuevo afloró el orgullo de mujer y se propuso no darles el “gusto de que se burlen de mí, porque me dejaron sin planta”. Fue al centro comercial Alejandría y gastó $280.000 en la planta y $ 80.000 en cada corneta. Entre tanto, la gente llegaba a la casa, ‘doña María necesito un servicio’.

La mala suerte la acompañó en la adquisición del equipo. La planta tenía mayor capacidad que las cornetas y las quemó. “Me quedé otra vez en la misma vaina”. Muda. Compró repuestos y se quemaron, compró otras cornetas y volvieron a quemarse. Solución, comprar otras cornetas y ponerle poco volumen. Las primeras, las que se llevó el tipo de la junta comunal tenían cobertura hasta La Ermita, Camilo Daza y otros barrios. Ahora, debe prenderlas en la noche, aprovechar el silencio y trasmitir los mensajes.

Los oyentes reclaman, porque no oyen. ‘Me toca subirme a la loma para escuchar qué es lo que está informando’ le dicen. Nueva solución, esperar que la ayuda prometida por la Unidad de Víctimas se cumpla para servirle con eficiencia a la comunidad sobre reuniones, visitas de funcionarios, pérdida y hallazgo de niños, y extravío de documentos, llaves, teléfonos celulares. “Eso es todo el día llegándome informes”. De otros barrios, como no tienen el servicio, también acuden a esta mujer para pedirle favores.

La reunión en el hotel terminó. Marina o María apunta direcciones y números telefónicos, que de pronto algún día necesitará para hacerles favores a las víctimas que esperan mucho de sus oficios. Toma el bolso negro, camina lento, sale del salón para dirigirse de nuevo a Colombia I. Allá, habrá muchos mensajes que deba trasmitirles a los habitantes. Acá, se despide de los que podrían ser sus nuevos ‘colegas’, porque también trabaja en una ‘emisora’, así la cobertura solo sea para tres o cuatro barrios y con mayor audiencia en la noche. No puede subirle el volumen, porque corre el riesgo de volver a quemar las cornetas.

RAFAEL ANTONIO PABÓN

rafaelpabon58@hotmail.com

Foto: DARÍO MONSALVE

 

 

 

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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