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El Pozo del Pato, otro tesoro natural que se pierde por la ambición a ganarse unos pesos y los cultivos de durazno a gran escala.

TESOROS NATURALES QUE SE AHOGAN. El Pozo del Pato ‏

PAMPLONITA – Norte de Santander.- Todos, en algún momento de la vida, tenemos un mal recuerdo. Seguro que sí. Corría 1998, cuando apenas asomaba la pubertad y el espíritu aventurero se apoderaba de mi alma. El cuerpo era ligero y aguantaba caminatas extenuantes adonde quisiera y a la hora que quisiera.

Recuerdo, caminábamos desde Cúcuta hasta Bucaramanga, pernoctábamos en la carretera y disfrutamos de las últimas ‘colitas’ que los conductores de camión o cualquier carro se atrevían a darnos. Los ‘paracos’, que vestían casacas caqui, como nosotros, se aprovecharon del uniforme para secuestrar, robar y matar gente. El miedo se apoderó de las vías del país.

La solución, vestirnos de azul. No éramos ningún grupo al margen de la ley, ni paramilitares ni guerrilleros. Éramos “de lo bueno, lo mejor”, como dice la canción scout. Sí, éramos scouts, jóvenes entre 14 y 18 años que nos dedicábamos a hacer buenas acciones, acampar, caminar, conocer, proteger la naturaleza. Solo vivíamos para “dejar el mundo en mejores condiciones que como lo encontramos”, como dijo Baden – Powell.

Caminar desde Pamplona, por lo alto de las montañas, hasta llegar a Pamplonita era solo un juego. Cuatro horas de travesía, entremezclados con los bosques de pino, eucaliptos y el follaje que ofrecía la naturaleza. Era lo mejor que nos  regalaba la vida.

Ese día caminamos por senderos naturales húmedos, carreteras empedradas y rastrojos que se ponían al frente. La meta era llegar al Pozo del Pato, lago en lo alto de Pamplonita. El agua era fría, se sentía que cortaba la piel al contacto. Entre las rocas de más de cinco metros estaba la cascada. La fuerza del agua en caída libre no permitía siquiera pensar en meterse bajo el chorro. El pozo era grande y hondo, pero manso.

Las ceremonias eran fantásticas en este sitio. Las niñas soportaban toda clase de bromas con el agua. El juego de kin, para desafiar los cinco sentidos era inigualable en este sitio. Otras actividades se llamaban la maraña, pistas y señales, acechos. Son los mejores recuerdos del Pozo del Pato.

Siempre quise volver, pero el llegar a la madurez lleva a dejar de lado muchas  actividades propias de la juventud. Para mí, significó abandonar el moviente scout, por varias razones.

Ahora, cumplí la promesa de volver. Aproveche la Semana Santa y el espacio libre en las labores diarias para alistar la mochila scout, los zapatos viejos, la franela, el gorro tipo pescador y el bloqueador solar. Me aventure como 18 años atrás.

En la Terminal de Transportes tomé el bus hacia Pamplona (mochilero). El olor característico del servicio intermunicipal me recordó que no me gustan las incomodidades, cambiar el aire acondicionado del carro por las ventanas del transporte público no es agradable.

El vehículo es blanco, las sillas están maltratadas, huele a vomito y a verduras y al ambientador que compró el chófer en uno de los semáforos cucuteños. Casi le devuelvo a la pacha-mama los siete potajes que me había ofrecido ese Jueves Santo.

Mientras el bus inicia el recorrido intento recordar el camino que de Pamplona lleva a Pamplonita y solo recuerdo que debo llegar a la escuela El Alcaparral. Nada más. Decidí bajarme en la entrada a Pamplonita y hacer la ruta más corta. Llegar al parque, caminar frente a la cancha y seguir el camino hasta donde siempre han estado las 14 estaciones de Jesús rumbo al calvario. Entre la primera y la décimo cuarta demoré  dos horas.

Las ampollas en los pies, la sed y el cansancio hicieron que sintiera ganas de volver al pueblo, sentarme en una tienda y tomarme una cerveza. La segunda sensación pudo más y ahora solo quería llegar al pozo, bañarme y recordar esos momentos de infancia que jamás se perderán. Éramos libres de tecnología y de la hipocresía de los ‘me gusta’ en Facebook.

Llegué a la cruz de yeso marcada con el numeral romano XIII. Surgió la duda sobre la cantidad de las estaciones ¿eran 14 o 16? Me encomendé y continué la caminata.

El camino es de piedra caliza y polvo gris. Repentinamente, se convirtió en puente. Miré el hilo de agua que bajaba por las piedras y pensé en la proximidad del sitio. El hombre de poca estatura que trabajaba en el pedestal del Señor Caído advirtió que en la virgen estaban trabajando y que las quebradas estaban más secas.

Al decirle que la intención era llegar  al Pozo del Pato sonrió, y con la misma sonrisa preguntó hace cuánto no iba. “Como 20 años”, le grite mientas me recosté al pórtico de cemento con la inscripción ‘El Señor te llama”. El hombre, sin perder la sonrisa, matizada con la pasividad, dijo, “ya llegó. Es que hace unos años se desgastó la piedra grande para hacer la carretera y el verano de los últimos años está que seca el pozo”.

De aquel pozo gigante solo quedan la arena y algunas piedras. Duele saber que el agua también se acaba, al igual que la vida, al igual que el Pozo del Pato, otro tesoro natural que se pierde por la ambición a ganarse unos pesos y los cultivos de durazno a gran escala.

DOMINGO MALDONADO

Foto: Especial para www.contraluzcucuta.co

 

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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