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Desde pequeño le ha gustado ser sepulturero. Entre las paredes de adobe metía moscas muertas y en cajas de fósforos guardaba grillos y cucarachas. Los palos de las paletas los usaba para hacer las cruces. / Foto: Especial para www.contraluzcucuta.co

PERFIL. José García: comencé enterrando animales

CÚCUTA.- “Lo mejor de mi trabajo es estar cerca de los míos”. El que habla así es José Elías García Villamizar y la labor a la que se refiere es a la de sepulturero. Este gramalotero de 68 años, semblante de tipo alegre y voz disfónica, lleva medio siglo como sepulturero en el Cementerio Central de Cúcuta.

No es casualidad que se dedique a este oficio. Su padre fue enterrador en ese camposanto y el abuelo cumplió labores de mantenimiento. Es un sepulturero clásico, utiliza varas de hierro, maderos, pico y pala. Las 34 calles del cementerio son tan antiguas que no permiten el uso de tecnología avanzada.

Aunque muchos la pasarían mal al convivir a diario con cadáveres encerrados en cajas, para Elías es un trabajo corriente. Esa labor le encanta. Es viudo. “Tengo como 30 hijos”. Con la esposa fueron nueve vivos y uno que murió, más 13 canitas al aire, sin saber si hay más. “Hay amor para todas”.

En la mañana calurosa del 5 de junio, desocupa una de las innumerables tumbas. Los rayos menudos de sol, a las 9:00 de la mañana, caen sobre los mausoleos. Sin distraerse destroza a martillazos las estacas podridas del ataúd exhumado, llevaba una camisa verde descolorida, abierta en el pecho.

Luce cuatro cadenas por costumbre. Entre susurros expresó que “la familia dice que me cuide”. Es un hombre de estatura promedio, afeitado pulido y piel arrugada. Despedaza las bisagras de metal carcomido en el mausoleo de mármol de Ignacio Robles, fallecido en el 2014. La familia no acepta la pérdida y los llantos inconsolables distraen la labor de Elías, que prefiere el silencio. Al entablar la conversación hay que arrebatarle las palabras, pero una vez entra en confianza da la impresión de no ser un hombre tan misterioso como aparenta.

Desde pequeño le ha gustado ser sepulturero. Donde vivía las paredes eran de adobe y peculiares por los espacios que hay entre un ladrillo y otro. Ahí metía las moscas muertas. En cajas de fósforos guardaba grillos y cucarachas, y con los palos de las paletas hacía las cruces.

¿Cómo inició en esta labor?

–       Comencé enterrando animales. A los 8 años ayudaba a cargar herramientas en el cementerio y miraba cómo enterraban a los muertos. Me llamaban para hacer resteros por lo que estaba pequeño. Se hacían en forma de casita y los vendíamos a cinco pesos. Ahora, están en $ 500.000.

A los 17 años, en San Cayetano, enterró el primer difunto. Surgió por casualidad, cuando asistía al entierro y no había sepulturero. Sin dejar pasar la oportunidad, ese momento sirvió para comenzar en la labor. A los 18 años, ingresó al Cementerio Central y a diferencia de otros, deseaba exhumar un cuerpo. “El problema es empezar”, manifestó.

En medio de la curiosidad aprendió a dar confianza a los familiares del fallecido, aunque las primeras exhumaciones le causaban pavor. Así quiere que sigan el ejemplo sus hijos. El mayor trabaja con él y no se atreve a desenterrar. En cambio, el nieto de 7 años anhela que llegue el fin de semana para ver al abuelo y su deseo es seguirle los pasos.

Al caminar por el campo santo saluda 18 tumbas para que ese día esté lleno de trabajo y buenas energías. No pasa por alto los sepulcros de personajes populares, entre los que sobresale Fabio Isaza y Antonio Yánez. Recordó que Ovidio Gómez, “cuando lo destapé, salió entero”. Entronizados santos no por la Iglesia, sino por la fe del pueblo. La similitud entre ellos, aparte de las trágicas muertes, son las placas de agradecimiento por los favores recibidos.

En el recorrido por las calles del cementerio dijo que ha ayudado a muchas almas a ser libres. No hay restricción de entrada al lugar, lo que permite que creyentes en magia negra sepulten muñecos y fotografías para practicar la brujería. “Me he encontrado con muchos casos. Hay que tenerles miedo a los vivos no a los muertos”.

Ese lugar es sagrado para Elías y le gusta que esté aseado, no que las bóvedas estén llenas de monte. Antes de la despedida, una última  pregunta. ¿Se puede ser enterrador y tenerles miedo a los muertos? Recordó el caso de un compañero que dejó el trabajo, porque no soportaba las exhumaciones.

Además de valentía ¿qué se necesita para ser sepulturero? “Tiene que ser fuerte, porque es un trabajo físico duro y tener alma ancha y grande para absorber los sentimientos negativos”.

INGRID PAOLA FERNÁNDEZ

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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