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Lo que vivió lo ayudó a crecer como persona y a batallar en los lugares por los que deambuló.

PERFIL. Gabriel  Sánchez: Un recuerdo por las calles de La Ínsula

CÚCUTA.- La tarde cae sobre Cúcuta y el sol empieza a desvanecerse. Por las vías que conducen al barrio El Salado aparece uno de los lugares reconocidos entre las décadas de los 60 y los 80. La Ínsula, la zona de tolerancia de aquel entonces, esa que después de 30 años de lujuria y vicio se convirtió en talleres de reparación de motos y vehículos.

Por la carretera destapada, junto a un billar, asoma por entre las rejas de la casa una cabeza blanca. Pone cara de amargura para ver quién se acerca. Está sentado en la mecedora preparado para ver un partido de fútbol. Apagó el televisor para atender a la visita y entrar en una conversación amena.

En el lugar vivió mil y una experiencias, es conocedor de acontecimientos de interés y cuenta apartes de su vida, que no estuvo llena de las oportunidades que tal vez hubiera querido. Gabriel Sánchez Fajardo, de 73 años, nació el 24 de marzo de 1943, en Sogamoso  (Santander) y llegó a Cúcuta en busca de aciertos y conveniencias económicas.

La situación que había afrontado no era la mejor, al igual que para muchos en esa época. Es el mayor de tres hermanos y a los 6 años tenía que cocinar. En fogón de leña y carbón debía preparar la comida para alimentar a dos hermanos y dos sobrinos. Nunca tuvo la oportunidad de disfrutar un juguete, ni de pasar los días como muchos niños lo hacían.

Lo único que recibía eran correazos por parte del padre, Gabriel, a quien describe como un patán, que nunca le demostró  interés. A los 11 años, fue reclutado y llevado al reformatorio, del que salió un año después y sin recibir visita de la familia. En ese tiempo, solo le fue concedida una salida y fue para despedir al padre, que había fallecido. La madre se había quedado con los dos sobrinos y los hermanos se fueron para intentar salir adelante.

Gabriel decidió irse al llano y trabajar para sostenerse por su cuenta. $ 25.000 pesos le daban. Cuando mejoró la situación en el hogar regresó a Sogamoso. Encontró otra oportunidad para solventarse. Llegó a una fábrica de helados y, aunque al principio fue torpe en el cumplimiento de las funciones, mejoró y trabajó durante tres años.

A los 16 años, abrió nuevas fronteras. El gusto por el cine y las películas le dieron otra oportunidad laboral. Los porteros de un teatro lo ayudaban para que revendiera las boletas recibidas y gana unos pesos disfrutara la función. Un día pusieron chequeadores en la entrada del  y “se dañó el pastel”.

‘La Barra’, antiguo bar de Bogotá, fue el siguiente empleo y donde se hizo mesero. Hasta allá llegó el amigo Rafael y le hizo una propuesta inesperada. Amanecidos, en las afueras del negocio y con algunos tragos en la cabeza, le planteó viajar a la perla del norte y buscar mejores oportunidades de las que posiblemente había tenido.

El 2 de enero de 1968,  llegaron a un inquilinato de la Ínsula (Cúcuta) y se dedicaron a pasar alimentos del estado Táchira (Venezuela). Llegar a estas tierras fue una vida de tragos; sin embargo, logró emplearse y conoció otras ciudades.

La ‘Caseta Matecaña’ llegó a la ciudad para divertir a los cucuteños. Era una inmensa carpa que tenía a Los Corraleros de Majagual y Los Melódicos, entre otras orquestas. Atendía mesas de 9:00 de la noche a 4:00 de la mañana, y cada ocho días viajó a Cali, Bogotá y Medellín. Bucaramanga fue el último destino y decidió retirarse después de tres largos años sirviéndole a la gente que en gran cantidad asistía a ese gigante entoldado. Regresó a la tierra natal, pero en menos de nada volvió a Cúcuta, esta vez para hacer parte de una de las historias más recordadas en la ciudad.

Gabriel al sector que alegraba las noches de cucuteños y muchos venezolanos. Campestre,  Villa luz y Viejo Tango le permitieron servir a los parranderos. Había damas de compañía llegadas de otras ciudades y como meseros, aparte de servir buen trago, debía estar pendiente de que las chicas salieran bien vestidas y arregladas para atender a los clientes.

Las lentejuelas y los tacones altos denotaban cada noche elegancia y glamur. “El día que llegaran mal vestidas, e incluso trasnochadas, al otro día debían ir con la administradora”. Tenían una estrategia para que ganaran más dinero. Cada noche, las damas de compañía recibían unas cuantas copas de trago, por cada copa recibían una ficha, cuando amanecía y se cerraba el lugar se las bonificaba en billetes de acuerdo con la cantidad de fichas obtenidas.

Las ganancias de la noche servían para pagar la estadía, desayunar, almorzar y cenar. Luego de que algunas de las casas cerraron, apareció una que contrató a 140 mujeres, la mayoría venidas de otras de la ciudad. ‘La Casa de las Muñecas’ era un negocio a cargo de la ‘Tuerta’ Ana y uno de los establecimientos más reconocidos por el escenario, por el trago y por la atención.

En 20 años de trabajo, jamás vio problemas, ni maltrato a las mujeres. Cansado por las largas jornadas en los bares y en los amanecederos, se retiró y montó negocio propio de frescos, incluso para las mujeres cuando salían de trabajar. En la década de los 80, la baja en el precio del bolívar llevó a muchos negocios a cerrar las puertas. Gabriel, al ver que no funcionaban y que no tenía la clientela del pasado abrió una tienda que hasta el 2010 le dio sustento a la familia.

En la juventud conoció a Nora Estela Galvis,  hija de una de las patronas de los tantos negocios. Han pasado dificultades juntos, como el asesinato de dos hijos y  conformarse con ver al nieto en fotos. Los diciembres y algunas fiestas las aprovecha para estar en familia. Aunque no tuvo oportunidades para estudiar, ni de tener una bonita infancia, Gabriel siente el orgullo de no haberse rendido nunca.

Lo que vivió lo ayudó a crecer como persona y a batallar en los lugares por los que deambuló. Hoy, se dedica tiempo para vivir al lado de los seres queridos, ver partidos de fútbol en la mecedora y arrimarse a la reja, como es de costumbre. Tiene como entrada económica el arriendo que le pagan por dos lugares cerca a la casa, así está tranquilo y se sostiene.

Bailar en las calles es su pasatiempo desde pequeño. La lectura fue un gusto que tuvo y lo aprovechó mientras cursaba primaria. ’Cien años de soledad’ permanece  en la repisa de la sala, y de manera esporádica lo repasa. También guarda otros libros escritos por Gabo. Admira a un hombre que compartió escenario con su padre, el general Rafael Uribe Uribe, combatiente en la Guerra de los Mil Días.

Gabriel permanecerá por el resto de la vida en el mismo lugar al que llegó hace 48 años, para compartir con quien desee escucharlo la historia que, por una parte lo afecta; pero por otra, le ha dado experiencias inolvidables. Ha dejado que la vida decida su camino y superar lo que un día lo marcó para siempre.

LISETH GUERRERO

Estudiante de Comunicación Social

Universidad de Pamplona

Campus de Villa del Rosario

Foto: Especial para www.contraluzcucuta.co

 

 

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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