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Los niños no escogieron la guerra, la guerra no es de los niños, los niños sólo quieren ser niños. / FOTO: www.javeriana.edu.co

PANORAMA. Los niños no quieren jugar a la guerra

Dicen que los niños son el futuro, pero no los dejan ser el presente. Son niños que no escogieron seguir los pasos del conflicto armado en Colombia. Al contrario, las garras de la guerra los persigue, no los deja caminar, los hace correr como si fueran combatientes que eligieron la confrontación, pero ellos solo quieren ser niños.

Algunos sueñan con llegar a adultos y cumplir los sueños. ¿Serán médicos, policías o profesores? Si tan sólo pudieran ser niños, pero el conflicto los embosca como presas de la ferocidad de las balas, de las garras del desplazamiento, de una cadena alimenticia que muchos apetecen desde las grandes ciudades, pero los que la deben afrontar son los que están en los territorios ocupados por los grupos al margen de la ley, territorios abandonados y olvidados por el Estado.

Según registro de la Oficina de la ONU para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (Ochoa), 400 familias se desplazaron de la vereda La Primavera, jurisdicción de San Calixto, debido a enfrentamientos entre el Eln y la fuerza pública.

Niños que no pueden correr para llegar a las escuelas de las veredas, deben tener la certeza de que en un paso pueden encontrar la muerte en un camino que pareciera desconocido a sus ojos, aunque sea el mismo que recorren desde el primer día de clases, debido a la presencia de minas antipersonal.

En septiembre, la alcaldía de Hacarí alertó a las autoridades regionales sobre la presencia de artefactos explosivos en las vías terciarias, que los niños utilizan para llegar hasta las escuelas.

En el conflicto armado caminar por la educación es el camino más extremo que atraviesan los niños, que con lápiz y papel buscan ganarle a la guerra, aunque no fueron los que decidieron jugar a la guerra, en un juego que desangra al país.

Los niños deben caminar como adultos para escapar del conflicto armado, deben pisar las huellas de quienes los sujetan en un apretón las frágiles manos para no soltarlos en el camino de la violencia.

Corren con las manos vacías, sin juguetes, pero con una carga más pesada que la de ser adulto cuando no se ha dejado de ser niño, la carga de la estigmatización. Borran las huellas de niños para no ser atrapados, pero quedan rodeados en la misma salida, el desplazamiento.

Después de correr entre lágrimas, por no entender qué hicieron para dejar abandonada la casa  y sin tener la certeza a dónde van a llegar,  despiertan en complejos deportivos. No están ahí para jugar, están ahí para sobrevivir. Sobrevivir en espacios limitados, sin acceso a los servicios básicos. Sobrevivir no es una elección para los niños.

Aunque jugaban a armar la casa de juguetes con cobijas y palos, el conflicto armado los obliga a vivir bajo una carpa, un refugio, como si hubieran deseado ese camino, como si los niños merecieran crecer en las decisiones del conflicto.

Escapando de las garras del conflicto armado y cargando el peso de la estigmatización, los niños sienten la incompetencia de políticas públicas que los abandona en el miedo de seguir queriendo ser niños en medio de la guerra. Los niños no escogieron la guerra, la guerra no es de los niños, los niños sólo quieren ser niños.

ANGÉLICA ROJAS

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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