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NECROLOGÍA. Corona de acacias para el doctor ‘Lobito’

“Voy a pasar por la vida una sola vez,

por eso cualquier cosa buena que yo pueda hacer,

o alguna amabilidad que pueda hacer a un ser humano,

debo hacerla ahora, porque no pasaré de nuevo aquí”.

(Madre Teresa de Calcuta)

El doctor Luis Alberto Lobo Peralta ha dejado en familiares y en quienes tuvimos el privilegio y la honrosa distinción de ser su amigo, o para quienes tuvieron la ventura de tratarlo en las diversas etapas y circunstancias en su trasegar profesional o cívico o meramente de contertulio, decía, ha dejado una huella de rosas y sonrisas y de corazones comprimidos; toda vez que con su actitud siempre jovial y carismática se ganaba el cariño de todos quienes al tratarlo, a partir de ese momento lo inventariaban como su amigo lugareño o de allende las fronteras. Todos, que éramos muchos,  los aquí presentes y los ausentes, recibimos la dádiva de su mano extendida.

La razón de ese sentir en el ámbito regional, nacional o internacional fue la impronta de su vida, aplicando, sin querer queriendo, la máxima de la Madre Teresa, al comienzo referida.

Por allá, en los 70 lo conocí como estudiante. En los 80, cuando incursionábamos en la política doméstica comenzábamos a compartir proyectos de vida. En los 90, como Secretario de las Comisiones Fronterizas y, posteriormente, hacia los años 2004 y subsiguientes, como Ministro Plenipotenciario, en cuya etapa diplomática, entre los funcionarios de la Cancillería, lo tratamos con más propiedad con el apelativo cariñoso de ‘Doctor Lobito’, como nos acostumbró a decirle su entrañable amigo el exsenador, exministro y exembajador Enrique Vargas Ramírez, hoy por hoy muy afligido y acongojado por esa infausta noticia que, como todos, nos resistimos a aceptarla.

Toda la anterior estima y cariño ganados para su habiente, convergen en los diferentes apelativos de Tío Beto, el tío Lobo, Doctor Lobo o simplemente Lobito, que se oían cuando lo mencionaban, en su afán de requerir su presencia en procura de una sugerencia o su consejo.

Fue para mí, sustento espiritual y emocional en muchas de las circunstancias privadas por las cuales acudí a él y era habitual que con expresiones anecdotarias y ejemplarizantes, me hacía razonar. Creo también que muchos así conocimos a Luis Alberto cuando en su procura acudíamos, pues al hacerlo reconocíamos en él, a pesar de su corta edad, al amigo probo y confidente, de buenas costumbres, de aura paternal, virtud que lo exaltaba para ser el primero de entre todos los iguales.

Con lujo de competencia se desempeñó como nuestro jefe administrativo y el “conductor” de directrices y actuaciones diplomáticas  para los 13 consulados de Colombia en Venezuela, toda vez que en sus funciones de Ministro Plenipotenciario no sólo fue uno de los artífices en estimular las excelentes relaciones que en alguna oportunidad fueron neurálgicas, sino que jugó un papel preponderante para atenuarlas, actuando y revestido con el manto de la sabiduría y la prudencia, y con los guantes de la firmeza y dignidad patrias, cuando estrechaba la mano del funcionario de la Cancillería venezolana luego de su mediación diplomática para exponer y pautar los diversos problemas fronterizos de seguridad, comercio, tránsito de personas, entre otros temas. Soy testigo de comunicación cuando por al término de algunas de sus positivas gestiones, al dar el “parte de victoria” en la Embajada de Colombia en Venezuela, se oía el eco de la risa resonante y expresiva, característica de su ayo político Enrique Vargas Ramírez.

Esas sus actuaciones como funcionario y diplomático colombiano del Ministerio de Relaciones Exteriores por un tiempo de más de 20 años de servicios, en esas esferas y en nuestro medio, le dieron la significancia y prestigio de ser uno de los colombianos con mayor y mejor conocimiento de los tratados, convenios, actuaciones resolutivas, entre los gobiernos de Colombia y Venezuela.

Señora Consuelo Lobo Peralta y distinguida familia; señor alcalde Donamaris Ramírez-París Lobo y distinguida familia:

La  vida  es  un  instante  en  el  infinito;

pero  cuando  ella  es  digna  de  admiración

porque  es  noble  y  ejemplar  su  presencia,

constituye  herencia  y  consuelo

para  quienes sufren el dolor de una ausencia eterna.

Hugo Espinosa Dávila y Marcela Rincón e hijos se  unen al sentimiento de pesar por no volver a estar entre nosotros su admirado y ejemplar hermano y tío  Alberto.

 

 

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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