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Las luces del Cerro de las Calabazas

En busca de los relatos de fantasmas, oí muchas voces. Unas, ubicadas fuera del terruño y, otras, aún  enraizadas en las agrestes montañas del lugar nativo.

Cada una  coincidía en que tanto en las casas del campo como en las del pueblo, era usual que recién comenzaba la noche, cuando la luz del Sol estaba desvanecida y absorbida por las penumbras,  y cuando las luciérnagas eran las encargadas de iluminar la noche y las chicharras las que con sus sonidos continuos y ascendentes generaban la música para ambientar las narraciones,  se reunían a contar, a su manera,  cuentos de fantasmas, siendo  el preludio de noches de espanto. Lo hacían alrededor del fogón de leña de la cocina.

En esos encuentros participan niños, jóvenes, adultos  y ancianos. Generalmente, los cuentos son contados por adultos o por  mayores, pues generan respeto y credibilidad. Esos cuentos los  aprendieron de los antepasados, por tradición oral, y los van enriqueciendo en argumentación, trama  y suspenso, conforme a sus  capacidades.

Don Ciro, uno de los participantes en la charla, tomó la palabra y contó:

–         Por estos días, pero  hace mucho tiempo,  aparecen por allá en la vega del Río, cerca del puente colgante o hamaca, que une  los predios de esta finca con los de don Pablo, se ven  a ciertas horas de la noche unas pequeñas luces que andan en fila india, atraviesan el puente y luego emprenden la subida hacia el cerro de Las Calabazas. El cerro de Las Calabazas es aquel que se ve por la ventana. Esas luces, a medida que van cuesta arriba hacia el cerro, crecen en tamaño y luminosidad, hasta alcanzar la altura de una persona, y al ser vistas desde lejos dan la impresión  de una procesión, de esas que se hacen en Semana Santa, allá en el pueblo. Esas luces, luego de llegar a la punta del cerro, hacen un circulo y dan varias vueltas como en un ritual, y se ve que  a ratos se crecen y a ratos se achiquitan. Así duran como media hora. Lo extraño  es que no todos los cristianos las ven. Esas luces, dicen, las pueden ver solo aquellos  que están en paz con Dios. Así que asómense a ver si las pueden ver. Pero para ello, miren fijamente  la punta del Cerro de las Calabazas. Por ahí, por la ventana, a ver si las pueden ver. Luego vienen y me cuentan si las vieron.

Haciéndole caso a don Ciro, y con la ilusión de ver las luces allá en la punta del cerro, todos se amontonaron en la ventana. Luego de mirar un rato regresaron desilusionados adonde estaba sentado. Ninguno vio  luz alguna. Don Ciro les dijo:

–         No se preocupen que el cuento aún no termina.

Después de un suspiro y de ponerle tono ronco y pausado a la voz,  dijo:

–         Esas luces no son almas en pena,  son almas de personas que murieron antes de que les tocara el turno.

–         ¿Cómo así, don Ciro, que murieron antes del turno?, preguntó  uno de los asistentes.

–         Espere y sigo, mijo, le respondió don Ciro. Dicen que esas luces representan a las personas que por circunstancias desconocidas fueron asesinadas de manera aleve y a traición, o como decimos aquí, aguaitadas  a la orilla del camino real y como su muerte fue de manera violenta aún no habían completado el ciclo de vida en esta tierra, pues según los designios del Creador uno no se debe ir por muerte violenta, sino por muerte natural. Entonces, los que mueren violentamente permanecen en forma de luces acá en la Tierra mientras completan el tiempo que Dios ha determinado para permanecer en este mundo.

–         Entonces, deben ser muchas las Luces que se ven?  Dijo otro de los presentes.

–         Pues no, contestó don Ciro. Parece ser que las almas que van al Cerro de las Calabazas son aquellas que murieron aguaitadas desde el camino que sale del pueblo hasta pasar el Cerro de las Calabazas, es decir, los que murieron desde La Cuesta del Copito, La Ramada, Romero, Alto del Pedregal, El Guache, Agua Negra, Los Curos y El Silicio.  No sabemos cuál es la causa de que sean solo esas almas las que suben al Cerro de las Calabazas. Algunos dicen que las otras van a otro lugar. Eso aquí nosotros no lo sabemos.

–         ¿Y cuántas luces se ven, don Ciro?  preguntó Ramón.

–         ¿La verdad? no sé cuántas son. Lo que dicen es que antes era un número grande, porque por el camino que viene de El Copito hasta El Silicio fueron muchos los  que murieron aguaitados. Ahora se ven menos, porque han disminuido las muertes violentas. Claro que también hay otra razón por la que disminuyen las luces, y esa disminución se da cada vez que una  cumple el ciclo de vida que estaba programado, y así ascienden al cielo.

–         ¿Y cómo  ascienden al cielo don Ciro?

–         Cuentan los que las han visto, que después de dar varios giros alrededor de la Punta del Cerro, a la luz que le corresponde el viaje al infinito se eleva lentamente hasta separarse de la tierra y una vez lo logra,  se va al descanso eterno, al encuentro con Dios. También, dicen  que al pico del cerro llegan   unas aves grandes y que son sagradas y que las  alzan y las trasportan  a las alturas divinas, al espacio infinito de eterna libertad y felicidad.

–         Bueno mis queridos contertulios, dijo don Ciro, aquí termina este cuento. Si quieren otro, los invito para mañana  a esta misma hora. Vámonos a dormir.

Después de mirarse unos a otros y reflejar el temor que les produjo el relato de don Ciro, uno de los presentes a manera de despedida  dijo: 

–         Todos sabíamos que esas narraciones nos iban a generar estados emotivos que nos van a impedir conciliar el sueño, o que una vez conciliado, nos van a dar pesadillas, y cuyo argumento onírico sería el cuento oído. Así que nada de miedo,  a dormir.

LUIS A. FLOREZ

lalbertoflorez@hotmail.com

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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