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HABITANTES DEL RÍO (7) El último tramo. El sol se oculta para todos

Alejandra y ‘El Caleño’ tienen visita. Otro hombre, de esos que deambulan por la ribera del Pamplonita en busca del escape a la realidad, llega para hacerles compañía. Es poco lo que aporta. El hablar pausado y descoordinado desespera. Las palabras salen con tirabuzón y las frases no están hiladas. Ahí queda con la mujer en esa conversación a medias que ellos sabrán cómo resolverla. ‘El Caleño’ prefiere subir al pavimento en busca de una gaseosa.

Sigue el recorrido. Ahora es entre los puentes ‘Elías M. Soto’, ‘Francisco de Paula Andrade Troconis’ y ‘Benito Hernández’. El panorama no es distinto, aunque los protagonistas sí. A cambio de Fredy y ‘El Cole’, aparecen ‘El Doctor’ y ‘Álvaro’. Estos hombres, a diferencia de los otros que habitan en este mundo de indiferencia, sí son conocidos arriba, donde desde los automóviles que van rápido por calles y avenidas alguien los saluda. A ese brazo que se extiende por entre la ventana para decirles adiós, responden con sonrisas, madrazos, pitidos o gruñidos.

Están aquí, a la orilla del río, sin entender la letra del bambuco ‘Brisas del Pamplonita’, compuesto por  Roberto Irwin y al que Elías M. Soto le puso la música. ‘Ay, ay, ay, si las ondas del río, remediaran las penas del corazón’, y de la gente que lo habita, porque no tiene para dónde ir, y de los que tienen a dónde ir, pero que no tienen corazón.

‘El Doctor’ y ‘Álvaro’ no tienen mayor preocupación. Cuando lo decidan, saldrán a la ‘civilización’ para confundirse con la gente y así nadie se percatará de que forman parte de esa población confinada al olvido. Tienen  imagen y nombre, pocos les huyen, muchos los aceptan. Allá, sobre el pavimento, parecen humanos. Acá, semidesnudos, son la realidad de lo que viven. Lo bueno es que permanecen escondidos entre los matorrales y pocos los observan. Al ser descubiertos, buscan ocultarse, pero es tarde. También los avergüenza este estado de estrechez.

María (no es el nombre verdadero) salta de la avenida a la arena. Tiene la agilidad propia de su edad. No pasa de 14 años. Viste pantalón corto, franela sucia y zapatos tenis. Se acerca con lo poco que le queda de inocencia para indagar por nada. Habla del pasado recién trascurrido. Las palabras brotan con ingenuidad, a pesar del recorrido por la vida. Si tuviera mejor ropa, es la conclusión, despertaría admiración entre los jóvenes, porque es agraciada.

“Me volé de la cárcel”. La referencia es la carta de presentación y no la utiliza para intimidar, sino para iniciar una conversación que se acaba cuando ella lo decide. No tiene mucho por contar o prefiere no contar lo mucho que sabe. Los ojos parecen apagados por el efecto que han hecho las drogas. Es de Pamplona (municipio de Norte de Santander) y desde allá se vino porque no aguantó la disciplina casera. Prefirió vivir en la calle, en medio de tantas incomodidades y peligros, que obedecer unas normas mínimas.

Deambula, viste la ropa que le regalan, duerme en las alcantarillas que arrojan inmundicia al río, tiene como compañeros a otros seres similares en desgracia. Ahí, entre los tubos de concreto, se ve tirado a un hombre que no da la cara, quizás es el que aprovecha la inocencia de esta mujercita tallada con el cincel de la deshonra.

A un lado, otra joven, de aspecto desarrapado, mira recelosa. Es la ‘fiera’ que cuida a los críos para no permitir que otro ser viviente ataque, o por lo menos se acerque. El cabello le cubre el rostro y así queda en el anonimato, como ha estado por siempre.

Las palabras no se escuchan, como ninguno de estos habitantes a la orilla del Pamplonita, desde la Avenida del Río hasta el puente San Rafael, ha oído hablar de programas oficiales que los rehabiliten, que los saquen de esta miserable vida en la que llevan años, unos más que otros, pero años al fin y al cabo. Quizás, no los han escuchado, porque se convierten en promesas que no les resuelven esa situación marcada por la carencia de todo.

El recorrido llega al final. El sol comienza a caer, a manera de señal de que Fredy, ‘El Cole’, El Gato’, Alejandra, ‘El Caleño’, ‘El Doctor’, Álvaro, la niña de no más de 14 años y todos los demás, deben regresar al refugio para pasar otra noche, ni siquiera a dormir y menos a soñar, porque al otro día tendrán que abrir los ojos y mirar hacia el infinito en busca de nada. Todo, pareciera, está perdido para esta comunidad desamparada que huye de la realidad y está “aquí, escondiéndonos de la sociedad”

(La vida ha terminado con esa escasa inocencia que María podía exhibir. Está embarazada. Quién sabe quién será el padre de esa nueva criatura engendrada en medio de ese mundo de abandono y soledad. En el semáforo más cercano al cambuche, frente a lo que antes sirvió como sede del Departamento Administrativo de Seguridad (DAS) camina por entre los vehículos en busca de una moneda. Ese metal que le largan desde las ventanillas le servirá para prolongar la agonía de la vida. Seguro, no tendrán como destino el hijo que está por venir, así lo utilice desde este momento para despertar lástima).

RAFAEL ANTONIO PABÓN

rafaelpabon58@hotmail.com

PARTE – 8.  TESTIMONIO, Manzano dejó la calle y encontró El Camino

Foto: www.contraluzcucuta.co

 

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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