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HABITANTES DEL RÍO (5). “No quiero más drogas”

CÚCUTA.- Alejandra tiene varios meses de embarazo. Su marido ‘El Caleño’ no era el mismo con el que vivía en la ciudad. La mujer es flaca, la barriga se asemeja más a la de un niño con lombrices que a la de una mujer en estado de gestación. Causa admiración, porque ¿cómo en esa condición en la que vive queda preñada? No hay respuestas, ni explicaciones, ni vergüenzas. Ocurrió y está decidido que la criatura nacerá.

Viven debajo del puente ‘Elías M. Soto’, paso sobre el río pamplonita que nació como puente ‘Lucio Pabón Núñez’, en homenaje al político nortesantandereano. Al pueblo no le gustó y lo trasformó en el ‘puente Judas’, hasta que el alcalde Enrique Vargas Ramírez (1956) lo bautizara con el nombre del músico. Y así quedó para la eternidad.

Ahí, sin conocer esa historia, hacen vida esos seres humanos que los gobernantes han desplazado y postrado en el estado de miseria. La ‘casa’ no dista de la de Faride, ‘El Cole’, Fredy y las otras que no alcanzó a quemar ‘El Muelas’. Una de las columnas del puente es la pared principal y sostiene las cabuyas que unen los cartones con los que se protegen de otros residentes de esta zona.

El agua del Pamplonita corre lenta. Los recuerdos traen a la memoria los días en los que a ese sitio acudían mujeres cargadas de costales en los que llevaban la ropa, propia y ajena, para lavar. Para los hijos ese era un buen paseo cada mes y lo disfrutaban, porque había baño, sancocho y pesca. Tres programas en uno, con todo incluido. Ahora, los matorrales adornan el otrora profundo pozo y las piedras planas que servían de lavadero no existen. Ni pensar en un día de río, porque la soledad es dueña del espacio y la inseguridad reina a sus anchas.

‘El Caleño’ tiene muchas quejas acerca de las promesas incumplidas. Las manifiesta con el acento propio de quienes han ganado una entonación para las palabras como consecuencia del consumo de drogas. Todas apuntan a la carencia de atención médica, a la falta del techo digno, a la escasez de oportunidades para trabajar “en lo que sea”, a la privación de oportunidades para  ofrecerle a ese hijo que nacerá y que vivirá en el mundo desgraciado que comparten sus padres.

‘Dios, perdóname, no quiero más drogas’. Es la plegaria pintada en la tapia del puente, a manera de grafito. Quizás, el autor la escribió con sinceridad, con remordimiento por la vida que lleva, con necesidad de salir de ese ambiente oscuro y hostil al que fue arrastrado por ignorancia. Quizás, la copió a manera de lamento para alcanzar la ayuda divina, para desahogarse del sufrimiento que lleva a la espalda, para clamar por una mano amiga.

Lo irónico es que para leerla hay que llegar hasta debajo del puente y agudizar la mirada, observar el panorama y detenerse en ese cuadro inhumano que se ve. Y hasta allá no llega la ayuda gubernamental, ni bajan los agentes del gobierno local, ni pasan los funcionarios, ni se atisban los programas oficiales. Ni Dios se apiada de esos hombres y mujeres que mueren, lentamente, mientras le dan otro ‘chupón’ a ese cigarro artesanal que arman en minutos y consumen en segundos.

Arriba, está el puente al que le han invertido millones de millones de pesos para adecuarlo, para ampliarlo, para ponerlo bonito, porque es el ingreso a la ciudad. Los vehículos pasan raudos y los conductores ni saben que abajo hay otro universo, que también forma parte de la entrada a la capital de Norte de Santander. No son, ni se sienten, culpables de la situación que afrontan esos otros seres humanos. Llevan afán como para detenerse a pensar ¿qué habrá debajo del ‘Elías M. Soto?’.

Alejandra se agarra la barriga, como lo hacen las embarazadas, no para acariciar la criatura próxima a nacer, sino para sostener el peso de ese ser que está por venir. Da la sensación que quisiera detener el nacimiento, porque en el rostro no hay la alegría que otras mujeres expresan en este estado. La incertidumbre por el futuro y la melancolía por el presente se reflejan en la mirada perdida, en la voz cansada y en el caminar lerdo por sobre las piedras del otrora pozo donde las cucuteñas de mediados del siglo pasado lavaban sus trapos y la ropa ajena.

Arriba, la ciudad continúa la vida acelerada. Tal vez ‘El Cole’ haya salido de la covacha en busca de otro pitillo para continuar el sueño de tener casa con piscina, televisor de plasma y otras comodidades que impone la vida a quienes son la alta sociedad. Quizás Fredy recorra las calles en busca de material reciclable para cambiar por esa droga que lo tiene enjuto, llevado y lejos de cualquier estrato digno para vivir. Faride no existe, a lo mejor pasó a mejor vida. O por lo menos no sufre el desprecio humano.

(El teléfono celular de Martín Manzano repicó. Quizás no hubiera querido que ocurriera. Al otro lado de la línea una voz masculina le da la infausta noticia. “Murió Calixto”. Martín hace un gesto de dolor y comenta lo sucedido. Calixto llevaba muchos años en la calle, estaba enfermo y había escapado del hospital Erasmo Meoz. Minutos atrás llegó al parque Colón, en pleno centro de Cúcuta, tendió un cartón y se acostó. Esa fue su última morada. Tenía cirrosis hepática. Los curiosos aparecieron de inmediato y formaron el corrillo de siempre).

RAFAEL ANTONIO PABÓN

rafaelpabon58@hotmail.com

Foto: www.contraluzcucuta.co

PARTE – 6. Voces oficiales, de la respuesta al interrogante

 

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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