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Zabivaka, la mascota oficial del mundial 2018 de la FIFA, apareció en banderas este mes en San Petersburgo, Rusia. / Anatoly Maltsev/European Pressphoto Agency

FÚTBOL MUNDIAL. La Fifa intenta apostar por la transparencia ¿será suficiente?

El único respiro se encuentra en la página 99. Es breve: tan solo cuatro líneas y tres oraciones entre muchas miles. En circunstancias ordinarias, sería la declaración con menor importancia. Sin embargo, en el contexto del resto del informe que elaboró Michael J. García sobre la forma en que se otorgaron las sedes de las copas del mundo de 2018 y 2022, se vuelve justamente lo opuesto. El informe se mantuvo en secreto durante mucho tiempo y la Fifa lo publicó, supuestamente, en nombre de la transparencia.

“El equipo de la candidatura de Bélgica y Holanda brindó su valiosa y total cooperación para establecer los hechos y las circunstancias de este caso”, redactó García. “Los testigos estuvieron disponibles para las entrevistas, se produjeron los documentos y del mismo modo se admitieron las solicitudes para dar seguimiento. No se identificó ningún problema”.

García describe la cobardía y la venalidad, la arrogancia y la ira, la avaricia y la codicia del órgano rector del fútbol, así como a los hombres que han llegado a dominarlo.

Lo hace de manera tan implacable que, para cuando termina, el efecto que debería producir el informe sería tan agotador, tan nauseabundo y estremecedor, que parecería levemente distópico. No solo lo es porque muchas de las exigencias que han tenido los egoístas y codiciosos guardianes del juego de Fifa son muy hilarantes.

En el informe aparece la historia de Jack Warner, quien intenta persuadir al equipo de la candidatura de Inglaterra para que contrate al hijo de su abogado, pero después se queja de que el empleo no fue lo suficientemente bueno. Warner reaccionó de la misma manera cuando Inglaterra aceptó organizar dos partidos que involucraban a la selección sub-20 de Trinidad y Tobago, mas no pensó en pagar los boletos de avión del equipo.

También está el asunto de Nicolás Leoz, el delegado paraguayo, quien fue poco convincente cuando quiso interpretar el papel de un villano de James Bond al pedir a Inglaterra la oportunidad de conocer a la reina, un título de caballero y que la FA Cup tuviera su nombre.

O cuando Michel D’Hooghe, el presidente de la Comisión Médica de la Fifa, recibió como regalo una pintura de parte de Vyacheslav Koloskov, asesor del equipo de la candidatura de Rusia y “amigo personal cercano” del belga durante 20 años. D’Hooghe intentó mantener a raya los alegatos de corrupción al declarar que se había enterado de que la pintura no tenía ningún valor y que le disgustaba tanto que había intentado deshacerse de ella dándosela a su secretaria, a quien también le disgustaba.

Así mismo, está el caso de Harold Mayne-Nicholls, expresidente del grupo de evaluación de las candidaturas de los mundiales de la Fifa 2018 y 2022, quien intentó persuadir a la Aspire Academy de Catar, el vanguardista centro de entrenamiento del país, para que su hijo y otro jugador fueran a entrenar ahí, una solicitud tan descarada que incluso los cataríes, cuyos métodos acaparan la mayoría del informe, tuvieron que decirle que era inapropiado.

De la misma manera, encontramos a Ángel María Villar Llona —de España— y Julio Grondona —de Argentina— miembros del comité ejecutivo, quienes se encolerizaron y se indignaron por tener que contestar las preguntas. Existen denuncias —descartadas por García— de que los países que estaban compitiendo habían intercambiado votos; está el bromista que se pone en contacto para decir que Grondona y Joseph Blatter, el expresidente de la Fifa, tenían una cuenta de banco conjunta a sus nombres en Estados Unidos. Aunque esto parezca ridículo, para cuando la acusación aparece en el informe, la amoralidad de los personajes involucrados está tan normalizada —y demuestra ser tan descarada— que hasta sorprende un poco que García la acallara.

Sin embargo, a pesar de todo lo que destapó García, lo que no salió a la luz —después de 18 meses de investigación y tres años de mantenerlo en secreto sin mayores explicaciones— fueron las pruebas de que Rusia, el anfitrión del mundial del próximo año, o Catar, país que albergará el torneo en 2022, habían dado sobornos para conseguir la sede.

Por el entorno en el que tuvo que trabajar, no se podía esperar que García tuviera éxito. Solo un puñado de los miembros del comité ejecutivo que emitieron los votos finales, los únicos que tendrían pruebas concluyentes del soborno, aceptaron cooperar, y Rusia —de manera desesperada, desafortunada y totalmente accidental— destruyó las computadoras que utilizó durante el proceso de candidatura.

No obstante, lo anterior no debería debilitar el efecto total —o la importancia histórica— de los hallazgos de García. Tal vez no encontró ninguna evidencia de que alguien haya efectuado alguna actividad ilícita, pero sí descubrió que todos los involucrados en el proceso de las candidaturas, casi sin excepción, en algún momento transgredieron el espíritu de la competencia.

Nadie —tal vez con la excepción de los holandeses y los belgas— pudo haber leído las 430 páginas del informe y pensar que salió bien parado. Claro, nadie salvo Rusia y Catar.

Catar emitió un posicionamiento en el que declaró que el informe de García representaba “una defensa de la integridad de nuestra candidatura”. Vitaly Mutko, el viceprimer ministro de Rusia y jefe del comité organizador de la copa del mundo del próximo año, dijo que el informe demostraba que su país “no había hecho nada que violara el código ético ni las normas y los principios generales de las reglas de solicitud de la candidatura”.

A su modo, estas reacciones fueron tan solo un indicador de los problemas que enfrenta la Fifa cuando intenta reformarse a sí misma según el contenido que viene en el informe.

Durante tres años, el informe García fue un secreto. La Fifa publicó un resumen editado, y Blatter, el expresidente, dijo que eso sería todo lo que saldría del informe. Posteriormente, el presidente Gianni Infantino declaró que no podía hacer más porque debía proteger la privacidad de algunos de los involucrados, o por las investigaciones activas que estaba haciendo el Comité de Ética de la Fifa. Durante dos años y medio, la organización obstruyó y confundió, amañó y revolvió.

Esta semana, en cuanto el periódico alemán Bild reveló que había obtenido una copia, esas reservas se desvanecieron milagrosamente. Cuando el informe completo se publicó, la Fifa aseguró que haría lo mismo “en aras de la transparencia”.

Aunque es una interpretación más bien generosa, es difícil entender, después de revisar los hallazgos de García, por qué la Fifa no lo hizo público antes. Gran parte de la reputación de Infantino proviene de la imagen del reformador que requería una organización podrida. En las 430 páginas, García muestra exactamente a qué se enfrenta; la falta de remordimiento, en Rusia y Catar, en respuesta a la publicación del informe demuestra la lentitud con la que avanzará el proceso.

Después de todo, este era un mundo donde, en un viaje a Tokio para evaluar la candidatura japonesa para 2022, a varios miembros del comité ejecutivo les regalaron cámaras digitales de vanguardia, con un valor cercano a 1200 dólares. Reynald Temarii, el delegado de Oceanía que fue desacreditado posteriormente, dijo que olvidó haber recibido una. En la Fifa no existía la gratitud, solo la expectativa de tener más. Sus altos cargos no sabían ni el costo ni el valor de nada.

Infantino necesitará tiempo para cambiar esa cultura, para trasformar a la Fifa en un lugar donde esas cuatro líneas que describían la candidatura de Holanda y Bélgica sean la regla y no la excepción. El informe de García expone gran parte, pero no todo lo que sucedía tras las sombras en la Fifa. Sin embargo, al hacerlo, muestra hasta dónde llegaron, a qué profundidad, y qué tan difícil será que penetre la luz.

Resulta tentador para la Fifa ver la publicación como el fin de algo. Si la Fifa en realidad va a cambiar, debe verla más bien como un inicio.

RORY SMITH

The New York Times

Zabivaka, la mascota oficial del mundial 2018 de la FIFA, apareció en banderas este mes en San Petersburgo, Rusia. / Anatoly Maltsev/European Pressphoto Agency

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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