A huge collection of 3400+ free website templates JAR theme com WP themes and more at the biggest community-driven free web design site
Inicio / Aula Universitaria / FRONTERA, VIDA Y FÚTBOL. La mejor niñez de los chinos del río
El ejercicio de recordar esta niñez produce una euforia mezclada con felicidad, orgullo de sentir que viví una vida de niño envidiada por muchos. / Foto: Especial para www.contraluzcucuta.co

FRONTERA, VIDA Y FÚTBOL. La mejor niñez de los chinos del río

VILLA DEL ROSARIO – Norte de Santander.- Tenía seis años de edad cuando mi familia llegó al barrio La Playa, en Villa del Rosario. Este lugar me ofreció la oportunidad de convivir con niños de mi edad, a pesar de las diferencias culturales. Logró compartir con quienes, en algún momento de mi vida, eran completos desconocidos y que con el tiempo el afecto llegó a hacernos sentir como una familia diversa.

Era un lugar extraño y el dialecto diferente al que estábamos acostumbrados en el Valle del Cauca. Tan raro, que mis palabras, algunas veces, ofendían a residentes en este territorio, así como palabras y frases que los habitantes aquí me ofendieron en algún momento.

Un balón de futbol empezó a forjar nuestra amistad en las calles arenosas, llenas de piedras y árboles frondosos, bajo los cuales empezamos a apostar. El ganador se llevaba vikingos que costaban cincuenta pesos o aguas saborizadas de cien. Jugábamos cinco contra cinco, dejábamos en la tierra el alma, el sudor, los restos de uñas y la sangre que bajaba de dedos y rodillas, porque gambeteábamos descalzos. Así como lo hacía Ronaldinho en las playas de Copacabana, pinceladas del jogo bonito de frontera, lo vivíamos como si fuera una final de Campeones de Liga de la UEFA.

Crecer en el entorno era complejo. La violencia que caracterizaba al país por aquellos años, no era indiferente en el barrio. Hubo momentos en los que nos tornamos agresivos y violentos. Con el tiempo entendimos que era en vano. Nuevamente, como niños, volvimos a jugar fútbol, a reírnos en la periferia, a crear canchas efímeras, cuatro piedras, sin árbitro, con balones sin parche y el aire que solo aguantaba unos minutos. Eso era felicidad.

En el 2002, la Selección Colombia jugó eliminatorias para clasificar al mundial de Corea y Japón. La inocencia nos llevó a construir un estadio de fútbol en el basurero, el último de Colombia antes de llegar a Venezuela, a cinco metros del río Táchira. Jugábamos con improvisadas ramas de madera que asemejaban las porterías, los gaviones de contención para el desbordamiento del Táchira servían de gradería, discutíamos sobre quién sería Giovanni Hernández, el 10, el James de nuestra época, y Juan Pablo Ángel, el 9, el goleador; el Falcao de la niñez. Estas eran figuras de la selección, eso era la felicidad en la mayor expresión.

Así, cada uno definió forjar el estilo de juego en su posición, como les diera la gana, arrebatados, irreverentes, encaradores, jugadores de barrio. Julio, Brayan, Yani, Henry, Randy, Leo, William. Cada uno creció con la fiel convicción de vivir con la felicidad que emerge de un balón de fútbol, que es inexplicable, para algunos incoherente y para otros filosofía de vida que satisface y elimina cualquier tristeza, tanto como anotar un gol en el último minuto para quedar campeones. Eso, eso es más valioso que la copa del mundo.

Cuando llegamos a secundaria en el colegio La Frontera, tuvimos la oportunidad de recorrer a Venezuela, a pesar de ser colombianos. Las características de juego eran apetecidas e interesaban a entrenadores del país hermano. Nos llevaron a jugar en territorio vinotinto, conocimos el país del petróleo por el fútbol, ese mismo que aprendimos a jugar en el basurero, con los arcos de madera que representaban las canchas, los gaviones que simbolizaban las graderías. La basura fue nuestro estadio, más imponente que Old Trafford (Inglaterra), Camp Nou (España) o La Bombonera (Argentina).

El mayor orgullo de nuestros viejos, en el momento, era que ninguno tenía malos vicios, nuestra droga era el balón. Adictos de la pecosa, en la casa, en la calle y en el colegio. Cuando entramos a sexto año, conocimos más amigos, que también estaban motivados por una filosofía de vida, Riquelme, Iker Casillas, Bermúdez, Henry, Raúl, Beckham, Ronaldo, Zidane, Verón, Roberto Carlos, Maradona. Solo hablábamos de ellos, nuestros modelos para seguir.

Las intercalases del colegio nos dividieron para rivalizar entre cursos, pero seguíamos siendo esos amigos de La Playa, los que un día fueron desconocidos. Llegaron otros nombres para competir con quienes eran una potencia en décimo grado, liderados por Julio y Brayan, intratables, como el Liverpool 2004/2005. Elkin, Chucho, Checho, Bonaice, Clay, Papaya, Kevin. Llegaron para reforzar y luchar.

Años después, solo les pudimos ganar un partido. Jugamos en la cancha de La Parada una final del intercalases. Por fin competíamos contra el equipo imbatible en la historia del colegio La Frontera. Seguía siendo comandado por Brayan y Julio. Cuando el marcador iba 1-1, un gol de chilena cambió la historia y por primera vez los imbatibles cayeron. Quedamos campeones.

El ejercicio de recordar esta niñez produce una euforia mezclada con felicidad, orgullo de sentir que viví una vida de niño envidiada por muchos, a pesar de las limitaciones económicas, políticas y sociales. Hicimos del juego del peligro el mejor partido de nuestra vida donde todos fuimos goleadores y figuras.

Cuando pienso en las vidas que los delincuentes arrebatan a hinchas de equipos rivales, concluyo que es todo lo contrario a la esencia del fútbol, a lo que vivimos cuando niños, como convivimos en el barrio. Cada uno era hincha de equipos diferentes y a pesar de molestarnos por las pérdidas nunca fue argumento para violentar a otros. Las discordias nunca superaron los noventa minutos más reposición.

En las mismas canchas donde Rubén Darío Bustos ensayaba los primeros goles de tiro libre, antes de que se lo marcará a la Selección Argentina, timoneada por Juan Román Riquelme y Lionel Messi, en Bogotá, por las eliminatorias a Sudáfrica 2010, jugábamos nosotros, los chinos del río. En esta misma cancha, que nunca ha podido ser ciento por ciento verde, nuestros sueños crecían con cada pisada, caída, falta, tarjetas amarrillas y roja, con cada puteada al árbitro, alegrías, tristezas y lágrimas. Así crecieron nuestros sueños.

Ahora, cuando somos hombres, unos juegan en el fútbol de primera y segunda división colombiano o venezolano; otros, estamos a punto de graduarnos en la universidad, y los demás son empleados públicos o privados.

Después de forjarnos como ciudadanos de bien, a pesar de nunca olvidar nuestras calles polvorientas y empedradas, nos levantamos con la noticia de que uno de nuestros hermanos falleció por una intolerancia en las canchas.

Cuando podemos resumir nuestras vidas con una sola palabra, ¡fútbol! quedamos incompletos. Nos falta uno para volver a sonreír, para gritar gol, para señalarnos por un error, para volver a ser los niños llenos de gozos porque jugaban en su estadio de basura, porque vivíamos con un solo sueño, el sueño de todos.

Yani, en nuestra memoria quedarán las imágenes de niños, la fotografía de graduación del colegio, las salidas al campo de juego en las finales, los viajes por Venezuela, los torneos en Colombia, las puertas abiertas y cerradas que tuvimos, las discusiones y las locuras que todo niño de frontera comete.

En nuestra mente queda ese buen amigo, ese hermano que fuiste, porque doña Gladis, doña Rosario, doña Teresa, doña Margarita no tienen solo los hijos que gestaron, tienen los hijos que sin saberlo adoptaron de las calles polvorientas, y que nos hicieron tan, pero tan felices, una  multifamilia.

Cundo dejemos de ser tan violentos, vamos a celebrar más goles como el de Bustos en el Campín contra Argentina. Que vivan los niños que sueñan con ser Bustos, James y Falcao en Villa del Rosario y en Colombia. Que la violencia nunca siegue sus sueños, nunca.

En honor a Yani Alonso Cárdenas Villareal, porque vivimos juntos una gran crónica de vida futbolística, esta que redacto en tu memoria. Crack #7.

ISMAEL CAICEDO

ysmcr7@gmail.com

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

Podría Interesarle

PROCURADURÍA GENERAL. Investigación disciplinaria contra 10 concejales de Cúcuta

CÚCUTA.- Diez concejales de Cúcuta, elegidos para el periodo 2020 – 2023, son investigados por …

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.