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EL LOROSAURIO.  Un adiós agónico

“La luna no vertía allí ni un solo rayo”.

 José Asunción silva.

Allá por los años en los que el poder de la palabra convertida en relato, en voz y  gesto, dominaba la sintonía y el rating lo encabezaban los cuentos, las historias y las adivinanzas  alrededor de las viejas estufas de leña y carbón, en las inolvidables casas de la provincia todo era posible, porque la imaginación, vestida de miedo o de risa, de asombro y de ciertas verdades, habitaba las noches en que Samuel, Toto, Úrsula y muchos más protagonizaban como contadores lo que hoy es recuerdo para unos y desconocimiento total para otros.

Con los novedosísimos inventos de la tecnología y la comunicación el asombro, la unidad, la escucha, el miedo sano y el pavor desordenado y picaresco se apagaron y fue entonces cuando Pedro Rimales y Juan sin Miedo, olvidados y desplazados, soplaron con tal certeza que apagaron el último tizón que ardía en la noche y se llevaron vivas esas historias que aún flotan en el aire como globos sin rumbo que a nadie  importan, náufragos en el firmamento de la indiferencia.

Todo era posible, una llorona, una bruja, una gritona, una mula que exhalaba fuego por patas, manos y ojos, un cojito con su pata al hombro, un jinete sin cabeza, una gritona que espantaba borrachitos, un enorme perro negro mensajero de Mandinga, un Juan que acompañaba a los forasteros a su destino, y luego regresaba a su panteón, duendes juguetones y malvados, historias de infidencias derramadas sobre el tibio ámbar de la noche que quedaban a disposición de los menos miedosos y de los más creativos. Terminada la sesión -corra quien pueda-y bajo la cobija casi sin respiración, ojos espichados, tenso el cuerpo, desde el agitado pecho,  fluía un sartal de oraciones que hacían de bálsamo inmunizante contra tanto y tan miedoso personaje. Con la luz del día cesaba el terror y los oficios cotidianos ahogaban cualquier posibilidad de miedo, pero llegada la noche, la ansiedad regresaba y allí los narradores, los contadores, de nuevo frente a su selecto público podían hacer gala de las dotes que solo ellos poseían como don asignado a los seres fantásticos que los habitaban.

Muchas generaciones pasaron por este estadio, por este ruedo, por esta estación de olvido que es  la tradición oral. Hoy, salto el muro del silencio y sin recato alguno, rescato desde los archivos que guardo en el  disco duro de mi PC (país de mi cuerpo ), aquello que me sucedió y que ahora es  uno de los más controvertidos interrogantes de la vida y que imagino hubiera sido una extraordinaria función de gala a la luz de los carboncillos y la maestría narradora de los viejos contadores de historias, allá por los tiempos en los que el asombro estremecía nuestro órgano vital más grande, que es sin duda alguna nuestra piel.

Soy uno de esos individuos de lenta adaptación a la moda, al nuevo estilo, al cambio innecesario y evoco con inmensa nostalgia lo antiguo, lo clásico, sin restar en lo más mínimo la importancia a los avances médicos, por ejemplo, a los descubrimientos científicos, a la vanguardia de pensamiento. Vivo atraído por la magia de las casonas con solares y ciruelos, los relojes campaneros, los faroles románticos de los puentes de piedra, los libros amarillentos cada vez más sabios, los triciclos de pedal,  las ollas de esmalte y entre esos objetos los antiguos automóviles, que escapados de la mímesis mecánica, imponen sobre la carretera ese poético sonido de su andar en ocasiones como Rocinante por la llanura de la Mancha, al galope, con los sueños cabalgando, buscando  un mundo mejor.

Como dijera el extraordinario Fernando Pessoa, “Al volante del Chevrolet por la carretera de Sintra” venía  una noche, al volante de uno de esos autos alemanes, en compañía de Serrat, de Silvio, de Caraus, de Sadel, de Gardel, de Amelita Baltar y de Piazzola su marido, reunidos e invitados por la magia del –Blaupunkt– “tocacintas” de inigualable fidelidad, con que vienen dotados estos maravillosos monstruos mecánicos de cara imperial y líneas de abolengo, embebido en recuerdos y realidades, con un día a cuestas bajo el rigor del trópico de Cúcuta que es más allá  de una bella ciudad, el punto de mayor ebullición que un pamplonés soporta al mediodía cuando los grados centígrados bajo los almendros ascienden a 38.

De vuelta  a mi ciudad de niebla y golondrina, la señorial Pamplona, la carretera es una inmensa boa que abre sus fauces y empieza a engullir a los viajeros  por su cuerpo curvilíneo  poblado de árboles de todo tamaño y color, de olores y sombras tan diversas que el viaje termina por ser un maravilloso paseo alucinante, exclusivo eso sí, de ojos, oídos, nariz y  garganta, cerebro y piel de quienes vemos en el micro cosmos una enorme fiesta de colores, sonidos y aromas que escapan al cotidiano escenario de lo macro y saltan por las ventanas de los ojos para navegar por el río de la imaginación que recorre cada arteria del país de nuestro cuerpo.

Cuando entré a ‘Cielo Roto’, un lugar llamado así por sus repentinos y constantes aguaceros,  -anarquistas climáticos – la tempestad estaba en pleno desarrollo. Un potentísimo trueno me estremeció y una bandada de mariposas de aluminio estalló de pronto en el estómago y el corazón saltó con un voltaje mayor. En seguida, la luz de un rayó iluminó el cristal trasero del S-220 del 73, y en el centro, como en alta definición, el rostro de una anciana me miraba fijo cuando mis ojos, a punto de salir de las órbitas, la encontraron en el retrovisor que cubría todo el vidrio. Así que en mi garganta una esponja de fique se atravesó y con enorme dificultad y un espantoso temblor logré detener el vehículo y orillarme a la berma mientras mi razón lograba establecer qué ocurría en realidad. Entonces, vino el segundo trueno y muy cerca el relámpago y de nuevo el rostro sobre la luna del carro, esta vez por instinto o reflejo miré nuevamente y ahí estaba el rostro como una calcomanía, con sus ojos de adiós y su expresión dolida. Esta vez sentí menos pánico y cuando emprendí de nuevo la marcha, un extraño aroma a inciensos y azahares me tranquilizó y pude continuar, naturalmente sobresaltado y sudoroso.

Serrat se oía cantando “Pueblo Blanco” y su melodía me trajo evocaciones y recuerdos. Seguí despacio y cauteloso hasta entrar a la ciudad. Allí, muy pendiente y atenta, una extraordinaria  amiga me esperaba, mi sorpresa al verla en tal sitio fue inmensa. Subió al automóvil y llorando me contó, sin darme tiempo de nada, que su madre había muerto esa tarde. Acudí a su casa, era la oportunidad de resolver por qué mi amiga nunca quiso que la conociera, que la visitara. Esa noche lo pude hacer. Dentro del féretro reposaba  la anciana dueña del rostro de la carretera.

CARLOS LUIS IBÁÑEZ TORRES.

carlosluisibaez@yahoo.com

 

 

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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