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Norte de Santander tiene nuevo Defensor del Pueblo, Benito Bonilla.

DEFENSOR DEL PUEBLO. “Mi proyecto de vida siempre ha sido servir”: Benito Bonilla

CÚCUTA.- Benito Bonilla Suárez tiene 54 años. La niñez y la juventud las pasó en el barrio Belén, donde heredó de su madre Rita y de la suegra Hermelina el valor por el servicio, principio espiritual que luego juntó a la justicia para armar el proyecto de vida. El tiempo lo moldeó y hoy es el nuevo Defensor del Pueblo de Norte de Santander.

No cayó parado a esta oficina. Debió luchar contra imponderables y abrirse paso de la mano de Dios para alcanzar el sueño que un día le confesó a Romualdo, su compañero de ruta profesional. La meta era ocupar este puesto y para lograrlo se preparó en la academia. “El cargo es lo máximo a que un defensor de derechos humanos puede llegar”.

La pobreza soportada en la familia no le impidió que pensara con optimismo en un mejor futuro. Ser abogado o administrador público no estaba en los planes juveniles. En esa etapa de la vida lo único que quería era estudiar. Y solo lo podía hacer de noche y con esfuerzo. El primer empleo que ocupó estaba lejos de parecerse a lo que en las aulas aprendió.

Le ofrecieron ser mensajero del Cordillera Country Club y aceptó, porque necesitaba esos pesos para ingresar a la universidad. Era repartidor de correspondencia. Después, ingresó a la Tesorería Municipal como inspector y pasó a ser examinador de cuentas en la Contraloría Departamental.

El recorrido por los despachos oficiales le despertó el interés por la administración pública y en la Esap obtuvo el título. Luego, asumió el rol de docente, se especializó en derechos humanos y cuando menos lo pensaba estaba en la dirección territorial de la Escuela para Norte de Santander y Arauca.

Sintió un nuevo llamado y se matriculó en la Universidad Libre, institución que lo tituló como abogado. Era tal la escasez de dinero en esa época, que en ocasiones para pagar el año tuvo que pedir prestada la tarjeta de crédito de un cuñado. “Siempre pensé estudiar, y primero administración pública, porque era a distancia, luego derecho”.

A la Dian ingresó como profesional universitario y con el cartón  en la mano se propuso alcanzar el sueño, hacer parte de la Defensoría del Pueblo. En 1994, cuando adelantaba  la judicatura intensificó el deseo por entrar a ese organismo. “La meta era trabajar en algún momento en la Defensoría. Quería servir”. En 1999, se abrió la convocatoria, se presentó y el anhelo se convirtió en realidad. Dejó el puesto en la Dian.

Regularmente, le daban ‘palomitas’ como encargado de la oficina. Ahora, se le dio la oportunidad de asumir en propiedad, porque el titular William Eduardo González pasó a la regional Ocaña. “Es un reconocimiento a la labor cumplida durante 17 años”, le dijo el defensor nacional Alfonso Cajiao Cabrera en el momento de la posesión.

El proyecto de vida siempre ha sido servir. En cumplimiento de ese precepto estuvo en la dirección  del Rudesindo Soto, institución que atiende a los menores de edad infractores del Código Penal. “Tengo que ser luz donde esté”.

En Colombia ser defensor de derechos humanos tiene un costo, pero Benito Bonilla no siente miedo. Las estadísticas no son benévolas con este gremio. El conflicto armado es la mayor amenaza para los abogados que se mueven en este terreno fangoso. “Personalmente, no siento miedo porque creo en Dios y si me mostró el camino para ser Defensor es porque me va a guiar y me va a dar la sabiduría para manejar los destinos de la Defensoría y trabajar por la población vulnerable y por las víctimas”.

Cuando le notificaron que sería el titular del despacho para Norte de Santander pensó en posesionarse con las comunidades vulnerables como testigo. No pudo, porque el defensor nacional lo llamó a Bogotá y allí estampó la firma en el documento oficial. Sin embargo, persiste en la idea.

Este lunes, a las 5:00 de la tarde, asumirá un compromiso en  favor de las víctimas ante representantes de las mesas municipal y departamental,  sindicatos, organizaciones sociales y desplazados. “Nosotros elegimos ser defensores de los derechos humanos, pero las víctimas no eligieron ser víctimas. El conflicto armado las llevó hasta allá”.

Lo más difícil del trabajo con comunidades vulnerables es no poder aliviarles el dolor. Los usuarios normales de la Defensoría son poblaciones de estrato tres hacia abajo, desplazados, deportados y familiares de internos.  “En oportunidades se siente que no se está haciendo nada ante toda esta situación”. La satisfacción está al lograr una libertad condicional o una detención domiciliaria, o que a la víctima se le reconozca por medio de una acción judicial.

Cuando llega a casa, luego de atender tantos problemas ajenos, no puede desprenderse de esa realidad y tiene que cargar con esa responsabilidad. En las charlas de motivación le han recomendado dejar los asuntos profesionales en la oficina y no trastear con esa carga. Pero no es posible y comparte lo que se puede de las situaciones tan adversas que ocurren en la Defensoría.

Para despejar la mente se refugiaba en la música. “Esa es la frustración que tengo. Canto bien, pero se me escucha mal. De pronto hago bulla, pero no se me escucha bien”. En los últimos cinco años, le han dado resultado dos principios espirituales, ser justo y servir. “Me siento orgulloso de servir a Dios con mis actuaciones y por la reacción ante una situación. Si no soy la persona más del mundo, soy uno de los más felices”.

En el 2016, la Defensoría del Pueblo de España lo recibió como becario, junto a abogados de Brasil, México y El Salvador, en la maestría en protección internacional en derechos humanos y recibió clases en La Haya (Holanda).

RAFAEL ANTONIO PABÓN

rafaelpabon58@hotmail.com

Foto: ALDAIR SALAZAR

 

 

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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