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CRÓNICA. Una cacería de hermanos que desgarra los lazos afectivos

Villa del Rosario – Norte de Santander.- La frontera vive una trágica situación social. Los refugiados traspasan hace un mes la línea que divide a Venezuela de Colombia. En unos casos deportados o expulsados; en otros, por miedo o por oposición al gobierno chavista que toma decisiones para defender la soberanía, con afección directa a la población civil colombiana radicada en el vecino país, algunos con 20 o más años de residencia.

El puente Simón Bolívar permanece cerrado por parte de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB). La mayor parte de la movilización trascurre por los senderos peatonales, otrora de uso para el contrabando.

Son las 5:00 de la mañana. Próximos a los 350 uniformados de la GNB prorrumpieron en la invasión ‘Mi Pequeña Barinas’, aerosol en mano marcaron casas con letras específicas que decidían la suerte del inmueble. Los uniformados disponían de maquinaria pesada para demoler. Iniciaron el plan de desalojo de los colombianos que ocupaban el sector, y sin distinción de género se lós desterró.

“Nos mandaron casi desnudos”, dijo Giovanni Botello, quien como varios compatriotas sufrió el desplazamiento forzoso. Su vivienda fue marcada con la ‘D’ y sentenciada a ser derribada. Solo quedan escombros de lo que antes era un cálido hogar.

Caminó por una de las trochas, atravesó el río Táchira y afrontó la realidad de tenerlo todo y en pocas horas a solo poseer lo que llevaba puesto. Un par de diamantes, a duras penas sostenido por las pestañas, brillan con cada quebrada palabra que cuenta. Las pupilas lejanas están fijas en el recuerdo de la vida que dejaron. Es el retrato del drama vivido por numerosas familias que hoy se ven refugiadas en los albergues dispuestos por al gobierno colombiano o por particulares de buena voluntad.

El albergue de Juan Frio, a la altura de El Caimito, por la parte trasera de un popular restaurante, está en lo que parecía ser un hostal, terreno  en proceso de extinción de dominio. Es el undécimo de los acondicionados en Villa del Rosario. Los deportados están hacinados en habitaciones, carpas y quioscos, todos en la misma situación de vulnerabilidad. Entre 8 y 15  duermen en el mismo espacio.

La ayuda de las entidades gubernamentales es escasa debido a la informalidad, sumado a esto las variables cifras obtenidas en las caracterizaciones. Según el Sena, van 198 registrados en la base; según la Registraduría son 213, y según José del Carmen Blanco, ‘Cheo’, presidente de la junta de acción comunal y coordinador  del albergue, más de 450 desplazados están dispersos en las casas de la zona rural. “La Diócesis ayudó con las carpas y 70 colchonetas”.

El alcalde de Villa del Rosario, Carlos Julio Socha, llegó, observó las condiciones del sitio y prometió ayuda. Los ilusionados repatriados aún esperan por tan generosa colaboración. El futuro es incierto para los antes habitantes de Venezuela y esperan frágiles al recordar que a escasos metros de distancia quedó toda una vida de esfuerzos y sacrificios.

El día trascurre en aparente calma. Cuatro muchachos, acomodados en una bicicleta pasan lentamente al fondo; más cerca, una turba de niños juega con una pelota vieja y raída de tanto uso. Las ayudas particulares también llegan, según testimonio de varios damnificados la comida no hace falta. Bolsas negras con abundante ropa, calzado y útiles de aseo llegan paulatinamente.

Otra es la opinión de Giovanni, quien denuncia desigualdad dentro del recinto. “No es igual el trato. Hay unos que son de la rosca, que les dan de todo, va uno a pedir y recibe humillación”.

La seguridad es visible pues la policía adentro y el ejército afuera brindan tranquilidad escasa en los últimos días. El hospital Jorge Cristo Sahium envió una brigada de vacunación. Insalud ofrece el servicio de serología necesario para registrar los infantes. Falta presencia de personal médico para auscultar a quien lo requiera. Las condiciones de salubridad presentan un peligro latiente, los baños son compartidos y en repetidas ocasiones se obstruye el drenaje, los escusados están rebosados al igual que las duchas.

Cae la noche en la frontera. Los deportados se sienten solos, aturdidos por la falta de garantías, algunos se han devuelto a pesar de lo vivido. La solución no se ve pronta y el desespero por la impotencia hace pensar a otros más en emprender el regreso, probar suerte escondiéndose en cualquier sitio. Una cacería de hermanos que desgarra los lazos afectivos entre Colombia y Venezuela.

JONATHAN RUIZ y HAROLD SIERRA

Estudiantes de Comunicación Social

Universidad de Pamplona

Campus de Villa del Rosario

Foto: ESPECIAL PARA www.contraluzcucuta.co

 

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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