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“Eran tiempos en los que había plata para todos. Ahora, solo trabaja con bolívares el que sabe manejar las trasferencias”. / Foto: Especial para www.contraluzcucuta.co

CRÓNICA. Todo a mejor precio

CÚCUTA.- En el puente que lleva el nombre de un líder histórico, se erige el portón de salida y entrada de múltiples dinámicas comerciales, es la frontera entre Colombia y Venezuela. Lo que grandes próceres soñaron como La Gran Colombia, hoy es un ideal roto por la fracturada relación diplomática entre mandatarios y que se agudiza con el paso del tiempo.

El Centro Nacional de Memoria Histórica en el informe ‘Hacer la guerra y matar la política’ define las tres fases de éxodo en Colombia (50´, 63-83, 90′). Junto a la iniciada en el 2016, coinciden en el crecimiento acelerado de la población en la zona limítrofe, que trajo, además, la propagación de diversas formas de subsistencia.

Este fenómeno, que afecta directamente la economía nortesantandereana y que devaluó la moneda bolivariana, “desencadenó un problema social y económico”, aseguró un agente de trasferencias ubicado en el Centro Comercial La Alejandría, en pleno corazón cucuteño. Este lugar se convirtió en el bastión de solvencia para los venezolanos por la escasez monetaria en su país.

En este sitio, algunos de los vendedores de divisas extranjeras permanecen herméticos a la espera del cliente que potencialice las ganancias. “Luego del cierre de la frontera, más de un cambista acabó, poco a poco, el plante. Muchos quedaron en la quiebra”, añadió un joven moreno, habitante de Cúcuta y encargado de llevar a las oficinas posibles usuarios de las trasferencias electrónicas.

No son más que lugares escondidos en el ajetreo del centro comercial, en el que prevalecen el caos y el bullicio. Espacios mínimos en medio de la selva comercial que se diferencian por los vidrios gruesos, las cabinas blindadas, los sistemas de aire acondicionado, las máquinas para contar billetes (obsoletas para los bolívares, pero necesarias para otras monedas) y la calculadora con capacidad para soportar grandes operaciones.

Las improvisadas cabinas de banco, para muchos venezolanos que trabajan en Cúcuta y envían dinero los familiares en cualquier estado venezolano, son la plataforma para ayudar económicamente a quienes quedaron en casa. La llegada masiva de migrantes en busca de oportunidades laborales trasformó estos cubículos y se convirtieron en una de las modalidades de negocio surgidas en la perla del norte en los últimos años.

“Un sector que por años fue dominado por compradores y vendedores de divisas en la ciudad”, comentó el jefe de una oficina cambiaria. Jacobo (quien pidió reservar la identidad), explicó que son millones de bolívares los que se trasfieren a cuentas en Venezuela. Desde $ 30.000 hasta millones se envían a diario.

“Allá, los bancos no tienen efectivo. Entonces, las trasferencias cubren la demanda de dinero; además, que cargar con una gran cantidad de billetes puede ser incómodo”, añadió el hombre que tiene al mando tres casas de cambio de su propiedad. Por muchos años vendió bolívares a pequeños operarios en la zona limítrofe, donde era mayor la presencia de ‘cambistas’, como eran llamados.

La dinámica de las divisas evolucionó a la par con los movimientos sociales en la frontera y se expande por el cono sur. “De igual manera se efectúan trasferencias a Ecuador, Perú o Argentina”, que les permiten a colombianos y venezolanos enviar dinero a los familiares.

“La frontera se ha distinguido, por años, por la variedad de las dinámicas económicas, en las que ha prevalecido la informalidad”, comentó Silvano Pabón, historiador de Villa del Rosario. Cientos de hombres y mujeres de diversas edades comercializaban con bolívares en El Escobal o La Parada.

Sin aire acondicionado, pero con buena calculadora, hacían la compraventa de divisas, sustento para muchos habitantes de esta parte del país. La transacción era en cantidades inimaginables. Los agentes aprovecharon los años de bonanza petrolera en Venezuela.

Los Sánchez Durán se dedicaron a esta modalidad y eran especialistas en el movimiento de bolívares. Catorce hermanos, trabajaron por años en el cambio de divisas. Henry comentó que, “luego de que cerraron la frontera, nada volvió a ser lo mismo para los cambistas”. La soledad se propagó y los arrastró. Hoy solo quedan recuerdos, mientras muchos se adaptan a otras modalidades de trabajo.

Los cambistas solían ubicarse a la orilla de los últimos tramos de la autopista internacional para ingresar a Venezuela. Vociferaban el precio con el que amanecía el bolívar. Sentados en sillas plásticas, a la sombra de un árbol, o a la espera de los rayos del sol, con extensiones en las mangas de la camisa para cubrir los brazos, gorra y protector solar, cumplían extenuantes jornadas que dejaban ganancias impensadas.

En el ambiente se imponían el que más gritara y el que con mayor fuerza moviera el fajo de billetes apretujados con un caucho. Pasaron meses y años en la construcción de un imperio, que un día, cual castillo de naipes, se desplomó con el primer soplo de la crisis venezolana.

Una decisión del gobierno venezolano desencadenó el desbarajuste económico y “se nos esfumaron las oportunidades en un abrir y cerrar de ojos”, expresó ‘La Abeja’, como lo conocen en el gremio de los cambia bolívares. El día para este hombre comenzaba a las 3:00 de la mañana, de domingo a domingo.

“Era el momento del paso para volqueteros y gandoleros que compraban a cantidades pesos por bolívares”. A diferencia de La Parada, “El Escobal fue más tranquilo y los guardias dejaban trabajar”, recordó entre suspiros nostálgicos. Un taxista de confianza lo trasladaba hasta la zona, donde, debajo de un árbol y una carpa improvisada, alistar los fajos de billetes que escondía en canecas de basura para que pasaran inadvertidos para los transeúntes.

Cambió muchos bolívares por pesos a conductores de vehículos de carga, que se convirtieron en los clientes preferidos, También atendía a gasolineros, comerciante y vendedores ambulantes.

En los cientos de relatos que se dan en esta zona de frontera, surge la melancolía que dejó el cierre del tránsito entre los países hermanos. “En los últimos años, el comercio fue más rápido y se vendía mucho”, comentó Henry. A diario vendía hasta 500 millones de bolívares, que dejaban ganancias considerables.

Luego de las 7:00 de la mañana, se relajaba, aunque el flujo automotor aumentaba. Tres horas después, cedía el puesto a Freddy, hermano menor, quien llevaba poco tiempo en ese oficio. Luchaba por conseguir clientes en ese áspero y caótico bullicio de competencia. El ser recién llegado no lo libraba de la rifa que, mensualmente, debían jugar para permanecer en el lugar. Se movía entre carro y carro para juntar las ganancias.

“Eran tiempos en los que había plata para todos. Ahora, solo trabaja con bolívares el que sabe manejar las trasferencias”, dijo Henry, de melena crespa y piel escurrida. Fuma mientras recuerda aquellos tiempos que considera de bonanza y para muchos la época de las oportunidades.

A partir de agosto del 2015, la zona de frontera cambió. Todo tuvo un giro abrupto y ahora son los migrantes los que efectúan el cambio de moneda. Es, sin duda, una de las épocas más duras para la ciudad. La necesidad arrastra las esperanzas de muchos hasta lo más profundo de la desesperación, pero la evolución del hombre y la capacidad de adaptación renacen a diario.

La salida económica, más que una obligación, es una necesidad para aquellos que esperan que llegue el día que les cambiará la suerte. Ahora, quienes aguardaban en tierra, salen de las ciudades y llegan a Cúcuta donde llevan a cabo todo tipo de maniobras para conseguir cómo vivir y enviar dinero a casa, en cualquier lugar de Venezuela.

PAOLA OICATÁ

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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