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“Aquí vamos de regreso con lo necesario para comer, sin tantas preocupaciones, por más o menos un mes”. / Foto: Especial para www.contraluzcucuta.co

CRÓNICA. “Salimos hace cuatro días de casa”

CÚCUTA.- Pasos y pasos recorren miles de venezolanos luego del cierre de la frontera en agosto de 2015. Todos, en busca de un camino que puede ser placentero para aquellos que salen de sus tierras de origen en busca de mejorar las condiciones de vida. Caminos que pueden llegar a ser una prueba de supervivencia en calles desoladas y desconocidas de individuos indiferentes.

Familias completas en la zona limítrofe entre Colombia y Venezuela se codean por la supervivencia entre la indiferencia y la desigualdad.  Tal es el caso de Emily Ortiz, joven robusta y de cabello rizado, que junto al esposo Luis Herrera, del estado Bolívar (Venezuela) migraron a la frontera.

“Somos de El Callo (estado Bolívar). Eso queda a unas 72 horas de San Antonio (estado Táchira), al otro lado del puente”, comentó Emily entre el cansancio y el agotamiento. “Salimos hace cuatro días de casa y aquí vamos de regreso con lo necesario para comer, sin tantas preocupaciones, por más o menos un mes”.

Ellos, al igual que muchos, venían en el mismo trayecto y ante la adversidad de viajar a la frontera con Colombia, “en busca de alimentos para el hogar y uno que otro para vender entre la comunidad”. La pareja que se desplaza en compañía del hijo Reynaldo, niño de rizos de oro y mameluco blanco, y Leonardo, de 20 años, ojos claros y mirada caída, quien refresca la garganta con una bolsa de agua.

La familia Herrera Ortiz llegó a La Parada (Villa del Rosario), a las 10:00 de la mañana, y entre lo que más buscan aparecen los alimentos perecederos (arroz, harina pan, azúcar, enlatados, entre otros) medicinas y productos para una bodega de su propiedad.

Hasta ahora, y como en el viaje, el más fuerte es Reynaldo, que solo se queja para pedir chicha, comentó Luis, quien trae puesta la camisa manga larga vinotinto que parece absorber el sofocante sol. La bebida tradicional e improvisado tetero que remplaza la mazamorra de plátano, sirve de alimento para el pequeño, y aunque evidencia cansancio la sonrisa empuja las ganas de seguir adelante.

Entre los brazos del padre, sobre el puente internacional Simón Bolívar, la mirada choca contra dos contenedores embellecidos con los colores patrios, llenos de arena, y el esqueleto de una tractomula quemada en los hechos ocurridos en la Operación Libertad. Caminan por lo que años atrás era el corredor vehicular con alto tráfico.

Van divididos por la fila de vallas blancas, que ordena que al costado izquierdo el paso es para los venezolanos y al derecho, para los colombianos. En el interior de las carpas, donde desembocan las hileras, los oficiales de Migración Colombia verifican la situación de quienes ingresan a territorio nacional.

La aglomeración de los que luchan por volver con prontitud a territorio venezolano, despide a la familia Herrera, que atravesó con rapidez el puente sobre el río Táchira, ante la euforia de una multitud que se escabulle por sobrevivir.

En la mayor parte de la aventura recorrida distribuyen el tiempo y se dividen en La Parada, explicó Leonardo, para que les rindan las horas y regresar a tiempo.

La primera tarea de Emily con Reynaldo en los brazos es dirigirse al hospital Erasmo Meoz de Cúcuta. En el centro asistencial espera los medicamentos autorizados meses atrás. Entre tanto, Luis y Leonardo caminan en busca de mercancía a precios favorables. Si es necesario, irán al centro de la ciudad, “donde se encuentra más económico”, manifestó Leonardo, encargado de hacer la ruta por los constantes viajes a la zona.

A las 10:30 de la mañana, comienza el recorrido de ‘Pecas’, como le dicen la hermana y la madre. Los insumos para la bodega son la prioridad. La lista incluye un bulto de arroz, de harina pan y de azúcar; una caja de atún, de sardinas, de leche en polvo y de café; 24 botellas de salsa de tomate y 24 de mayonesa; máquinas de afeitar, desodorantes de todas las marcas, papel higiénico y chucherías.

Uno que otro gusto para la esposa que le permita hacer ameno el viaje de vuelta. El tarro de chocolate Nutella, el preferido de Emily hace tiempo, complementa las compras. La mujer permanece en la fila de 100 pacientes en el dispensario de medicinas del Hospital Erasmo Meoz. La mayoría son compatriotas que siguen los procesos médicos en Colombia.

El recorrido en la capital de Norte de Santander duró seis horas en busca de la mercancía. Emily, luego de la agotadora espera, los alcanza a un costado del templo histórico. Es hora de almorzar en el sitio concurrido y conocido en los frecuentes viajes de Leonardo a la frontera. Con el tesoro en las manos, compuesto por los alimentos necesarios, los productos para la bodega, la medicina y lo indispensable para vivir otro mes, preparan la salida para la casa.

Agua, ponqués y gaseosa acompañan la travesía de vuelta. Entre las opciones para regresar están: el camino conocido, el puente internacional y la ruta pedregosa referenciada como La Pampa, trayecto construido y establecido por lugareños a los que se les desconoce el origen, pero que verifican en el improvisado paso elevado de madera, el viaje de los arriesgados.

Entre la maleza, el olor fétido, la posible crecida del río, la vigilancia oficial y la incertidumbre vuelven a tomar separados. En los dos trayectos lo más cercano a la realidad es que donen caramelos colombianos y por el camino menos pensado llevan la mercancía sin miedo a perderla.

Allí, en el restaurante, mientras refrescan al pequeño con un baño y cambian de ropa, deciden que Emily y Reynaldo pasen por el puente, sin carga. Luis y Leonardo acuerdan con un par de muchachos el traslado del equipaje y la carga de los productos hasta el otro lado de la trocha. Estas medidas ponen a salvo a quienes transiten por la zona pública sin riesgos y protegen el mercado. Jugadas estratégicas que aprenden al recorrer los pasos, perfeccionan con los viajes y fortalecen los lazos con compatriotas con mayor experiencia.

“Somos buena parte de venezolanos los que bajamos a Colombia a comprar comida para llevar a Venezuela, porque nos sale mucho más cara allá”, comentó Luis. Este hombre, por la situación del país, dejó el trabajo en la mina de oro y se convirtió en comerciante improvisado para solventar a la familia, el motor de su vida.

PAOLA OICATÁ

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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