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Es el nuevo negocio establecido en el parque, ilegal como muchos de los que se hacen en ese lugar.

CRÓNICA. Peluquería ambulante, nuevo negocio en el parque Santander

CÚCUTA.- Juan es barbero (*), nació en Barinas (Venezuela), no tiene más de 20 años, tampoco ha perdido el acento venezolano y trabaja como arrastrador. Marina (*) es colombiana, tiene más de 30 años, es de piel morena y labora como peluquera. Ingrid (*) es joven, tiene el cabello largo, puede ser colombiana o venezolana y tiene aspecto de colegiala. Los tres están en el parque Santander y guardan una relación momentánea.

En uno de los extremos de la plaza central de Cúcuta, el corrillo, especialmente conformado por mujeres, llama la atención. Los vendedores ambulantes, los lustrabotas, los fotógrafos, los expendedores de alimento para las palomas y los demás habitantes asiduos del lugar pasan a segundo plano. Ahora, la vista se fija en esa circunferencia humana.

La vida del parque está alterada y la curiosidad llama a descubrir qué ocurre en ese espacio ocupado por esos seres de género femenino. Entre ellas hablan en voz baja y se entienden. El cuchicheo es casi imperceptible, porque no quieren que las escuchen los vecinos ocasionales. Tienen diversos motivos para estar ahí, paradas en esa fila que se alarga con el pasar de los minutos.

En el centro, sentada sobre una butaca plástica anaranjada, Ingrid siente cómo, poco a poco, la cabellera que dejó crecer por años es cortada con agilidad y rapidez por esa morena de pequeña estatura, cuerpo redondo y voz gruesa. La experiencia le permite a la peluquera separar el cabello y pasar la tijera justo a la medida que desea. El manojo lo entrega a la ayudante, también morena, también de cuerpo redondo, que lo guarda con recelo.

Es el nuevo negocio establecido en el parque, ilegal como muchos de los que se hacen en ese lugar. Las mujeres llegan con el ánimo de vender el cabello para hacerse a unos pesos y comprar en esta época de fin de año lo que la tradición les impone. Pueden ser de cualquier ciudad de Venezuela, necesitadas por las condiciones económicas que soportan hace varios años, o pueden bajar de cualquier barrio periférico cucuteño, urgidas por parecerse a quienes viven en urbanizaciones, conjuntos residenciales o edificios de mayor estrato social.

La novedad radica en que el oficio se cumple a la vista del público, sin uniformado alguno que lo prohíba, sin autoridad civil que lo restrinja, sin pago de impuestos. Ha incrementado el número de clientas por el favorecimiento del cambio monetario, porque ganar pesos y transformarlos en bolívares es rentable y porque en cualquier supermercado local pueden adquirirse los productos de la canasta familiar que escasea al otro lado de los puentes internacionales. Esto para el caso de las venezolanas.

La actividad tiene antecedentes y la ubican en el corregimiento La Parada (Villa del Rosario). Ahí, en la entrada a Colombia, hace tiempo que se lleva a cabo y parece normal. Eso fue lo que dijo el arrastrador. Y no entiende por qué los cucuteños se asombran al ver a esas mujeres morenas, que en silencio y con la rapidez de expertas escogen el cabello para cortarlo.

La alegría de quienes han pasado por el proceso de espera, selección y cortado aumenta al recibir la paga. No pesan el producto, lo toman directo de la cabeza y va a la bolsa. Al contar y sumar el dinero da la suma deseada. La sonrisa es sinónimo de aceptación. El recuerdo de los años de cuidado ha sido cambiado por la imagen de los personajes que aparecen en los billetes. Quizás la cantidad no compense lo gastado en champú, bálsamo, tratamientos capilares, tintes, ampolletas y secador.

No es momento para pensar en el pasado, ‘el futuro es ahora’ y los estantes de los almacenes de cadena esperan. Allá están los productos que podrán adquirirse con ese dinero. Seguro, Ingrid, desde el momento que decidió sentarse en la butaca anaranjada, tenía definido en qué lo gastaría y está a escasos minutos de cumplir ese sueño de juventud.

Juan es de los arrastradores buenos, de los que no engañan a las clientas y las aconsejan. Eso fue lo que dijo. Solo hay dos de ese tipo en el parque Santander. Los malos, en cambio, son muchos y están vestidos de heladeros, fotógrafos, vendedores de alimento para las palomas, lustrabotas y dulceros. Eso también lo dijo el barbero.

Las jóvenes y las adultas que se someten a este peluqueado informal se van satisfechas, porque el corte no es alto. De todas maneras el cabello queda largo, solo las desbastan y les quitan una capa. Casi ni se les nota que han vendido parte de la vanidad. Los manojos, luego son enviados a ciudades colombianas para convertirlos en pelucas y extensiones. Esa parte, quizás, anime a las que han vendido el cabello, porque saben que otras cabezas exhibirán lo que ellas lucieron con orgullo por mucho tiempo.

Al corrillo se suman hombres curiosos. Miran un instante, se forman una imagen de la actividad y parten. No les interesa el asunto. Un agente de la policía llega, llama a una de las morenas, conversan. No pasa nada. Las mujeres se corren unos metros a la izquierda, esa es toda la amonestación de la autoridad uniformada.

El parque Santander tiene nuevos ocupantes, las peluqueras ambulantes que ingresan al mercado laboral informal, acompañadas por las vendedoras de cabello y los arratradores. Al frente está el despacho del alcalde y desde ese tercer piso puede observarse el corrillo.

(*) Los nombres no corresponden a la realidad.

RAFAEL ANTONIO PABÓN

rafaelpabon58@hotmail.com

Foto: www.contraluzcucuta.co

 

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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