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CRÓNICA. Montañas de gente, entre montañas de problemas

A las 10:00 de la noche se apagan las luces, cesa el ruido y el ambiente se calma. El calor es, a veces, irremediable. Mientras los niños recargan energías para el nuevo día, la oscuridad se empapa de vez en cuando con el llanto vidrioso de los neonatales. Cuando las carpas se cierran, los refugiados duermen y escapan de la realidad en el albergue.

Hombres y mujeres de las fuerzas militares colombianas velan por la seguridad de los deportados desde Venezuela, hacen rondas y hablan entre sí. Los rostros cansados reflejan que la situación no solo es difícil para los que lo perdieron todo en la frontera. Es una gran responsabilidad. La nación y los  medios internacionales están al tanto de lo que sucede con los colombianos indocumentados desalojados desde el vecino país. Es más que trabajo.

La vida de los deportados trascurre entre muros, acompañados por la Cruz Roja y funcionarios del Departamento para la Prosperidad Social y Bienestar Familiar. La nueva vida tendrá que comenzar desde cero. En la República Bolivariana, aunque en ‘invasiones’, contaban con vivienda y enseres. Allá, podían trabajar y rebuscarse la vida como cualquier ciudadano de ese país. Ahora, solo les queda el recuerdo de las ruinas de los antiguos hogares, y de la vieja patria. Acompañados por el dolor y las lágrimas comprenden que ahora la vida ha cambiado.

La nueva patria.

Luis Enrique, de 73 años, fue deportado de San Antonio del Táchira. Mientras caminaba por la calle fue interceptado por la Guardia Nacional Bolivariana. A las 9:00 de la mañana de ese lunes decidió visitar a un viejo amigo que no tenía con qué desayunar. Le llevaba comida. Los guardias lo trasladaron a un recinto donde había más colombianos indocumentados con un destino asegurado, ser enviados de nuevo a la patria natal. De inmediato, fue reseñado y deportado.

Hace tres años, Luis tuvo un accidente de trabajo que le hizo perder un ojo. En este momento espera turno para ser operado. Además, sufre una hernia abdominal que también aguarda por cirugía.

En la frontera se escuchó el rumor que los cientos de deportados tenían 72 horas para recoger los enseres que quedaban en las casas que no derribó la guarida. Luis decidió regresar por la trocha por su esposa María del Carmen, de 63 años, recolectar los corotos y pasarlos por el río Táchira. Esta tarea les costó un día. Cuando llegó a Villa el Rosario fue instalado en un albergue temporal. Un hombre generoso, que reside cerca del hospedaje para los afectados, dejó a Luis y a María guardar las pertenencias en su vivienda.

La situación para los colombianos en la frontera antes era más sencilla. Nadie los molestaba, podían ir y venir por el puente internacional Simón Bolívar sin documentos. Luis Enrique no vio la necesidad de tramitar la cédula de residencia; incluso, la creyó innecesaria. Aprendió una lección dura, que la burocracia es un arma de doble filo y que solo un papel le puede dar existencia a una persona dentro de un territorio.

En cuestiones de documentos, no importa a los gobiernos quién los necesita o no, sino quién los tenga, y que hombres como Luis, con 50 años en Venezuela, pueden perderlo todo por no portarlos. Por andar confiado.

Estar en el albergue es complicado, Luis tiene cara de resignación y mueve los lentes oscuros que le protegen los ojos. A la hora del desayuno, debido a la multitud, tiene que hacer una larga cola, de la misma manera para bañarse y lavar la ropa. A pesar de estar agradecido con el gobierno colombiano por la ayuda brindada, se siente en una pequeña Venezuela, donde hasta el más mínimo servicio se gana con una fila. Los recuerdos vuelven y aparece el sabor del destierro.

La comida se hace repetitiva y genera descontento entre los refugiados. Las grandes cantidades de alimentos donados por los solidarios, fueron retiradas del lugar, pues no se les permite cocinar. Las garantías alimenticias y sanitarias corren por cuenta de la municipalidad.

En este albergue, El Morichal (Villa del Rosario), hay 361 refugiados de todas las edades, 171 son niños, 100 mujeres y 90 hombres. En días pasados, Luis Eduardo Garzón, ministro de Trabajo, acompañó a los deportados junto al director del Sena, Alfonso Prada Gil, prometiéndoles capacitación y empleo, además de un subsidio de arriendo otorgado por el gobierno colombiano por tres meses. Otras familias que deseaban salir del municipio hacia el interior del país para asentarse allí, vieron en la visita del ministro Garzón una solución a las necesidades.

El día entre montañas.

A las 5:00 de la mañana, se levanta María del Carmen y comienza la fila para bañarse. Después de la ducha, toma el tinto que les ofrecen en el albergue, para a otra cola para reclamar el desayuno. Entrega la ficha y observa de manera sigilosa si el menú ha cambiado.

El sol calienta y los niños comienzan a despertar. El ruido es rey en el nuevo día. Los miembros de la Cruz Roja empiezan las tareas, porque la salud de los deportados es una prioridad. En toldos enormes se cumplen constantes jornadas de vacunación, se miden y pesan a los infantes. Las filas continúan. Estilistas del Sena esperan para cortar el cabello a quienes deseen cambiar la apariencia.

Los niños corren y juegan, es el pan de todos los días. A Luis Enrique no le resulta agradable, pues a su edad necesita tranquilidad, y en el albergue no es virtud fácil de conseguir.

Los deportados desde la República Bolivariana habitan en carpas verde oscuro, que se extienden en hileras por el área del coliseo que ha servido como refugio. Hay 72 y están enumeradas. En un pequeño cartón pegado en la parte superior del toldo se especifica dónde hay mujeres lactando, para tener en cuenta una atención prioritaria.

Hombres y mujeres duermen, están sentados, hablan, pasan el tiempo mientras esperan una solución final a la bochornosa situación a la que han sido sometidos. Desde la gradería del coliseo se ven las carpas verdes como un accidentado paisaje colombiano, se asemejan a las montañas. Ese es su nuevo destino. Montañas de gente, entre montañas de problemas, esperando soluciones reales.

En San Antonio, Luis Enrique y su esposa vivían en una invasión, habían construido una vivienda. Cuando la GNB los desalojó tuvieron que dejar todo atrás, amigos, vecinos. Una pregunta frecuente a los refugiados es si volverían a Venezuela. El lote que dejaron en el Táchira, dicen, cuesta 500 millones de Bolívares. Enrique, sin dudarlo, da una respuesta como ráfaga. “Claro que volvería”.

YORDY MEDINA y JONNATHAN FUENTES

Estudiantes de Comunicación Social

Universidad de Pamplona

Campus de Villa del Rosario

Foto: Especial para www.contraluzcucuta.co

 

 

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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