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En esta esquina se bajó el taxista, lo reconoció y en agradecimiento por la ayuda que le prestó años atrás le dio $ 10.000. / Foto: www.contraluzcucuta.co

CRÓNICA LIGERA. $ 28.000 en 600 metros

CÚCUTA.- “Los cucuteños son generosos”, dijo el hombre de mediana estatura y de más de seis décadas de vida, mientras mira cuánto contenido queda en el vaso de cartón. Miró al frente y detuvo las palabras para pensar cómo darle credibilidad a esa afirmación. El ruido de la cafetería, más el volumen del televisor, hacen que deba afinarse el oído para escuchar la siguiente sentencia.

En la puerta, un hombre apoyado en una muleta no pide. Solo con la presencia inspira a los comensales matutinos para que le alarguen una empanada, una gaseosa o una moneda. Está suspendido en el tiempo, como lo sabe hacer los días que se para ahí para aguardar que la buena voluntad de hombres y mujeres lo favorezca.

  • Mire, ese hombre se lleva, por lo menos, $ 30.000 diarios y buen mercado.

Esa puede ser la defensa de la máxima que dijo al principio de la charla. Otra mujer le alarga una bolsa, la toma con la mano izquierda. No se mueve. Sabe que después vendrá otro pastel. No se equivocó. Un hombre le comparte el buñuelo con el que tenía previsto desayunar. La bolsa plateada sigue colgada de la muleta.

Esto ocurre en el negocio que está en la avenida 5, casi al llegar a la calle 11, un poco antes de la Catedral de San José, patrono de Cúcuta. El lugar es concurrido por empleados, oficiales o privados; trabajadores independientes, clientes del banco colindante, feligreses que salen de misa, desocupados que van solo a observar a los demás.

  • Un día, caminaba hacia el Ventura. Iba despacio, cuando una señora me alcanzó y me echó una moneda al bolsillo de la franela.

Solo había recorrido unos metros y, sin pedirlo, había conseguido parte del capital que requiere a diario para almorzar un ‘corrientazo’ de $ 8000. Continuó a paso lento, la dificultad física que padece no le permite dar zancadas o ir más rápido. Al llegar a la esquina de la avenida 4, un hombre lo miró y le alcanzó un billete. No miró la denominación para no demostrar ambición.

Aligeró otro sorbo del tinto, servido minutos atrás. El vaso había dejado de humear. Para corroborar lo bondadoso que son los habitantes de la capital de Norte de Santander, recordó que en una ocasión esperaba a que el semáforo cambiara de color para atravesar la calle. Y sucedió lo inesperado.

  • El chofer de un taxi se bajó, y llegó hasta donde yo estaba. Pensé, ‘este me viene a cobrar’. No fue así. Me dio un billete y me dijo, ‘usted me ayudó cuando yo era joven’.

El taxista regresó al carro, el semáforo cambió a verde y se perdió por la avenida 5. En gratitud por las acciones en el pasado lo recompensó con $ 10.000. Nuestro héroe se santiguó y agradeció al Divino Niño por el favor recibido.

Continuó el relato del recorrido hasta el centro comercial. En los siguientes 100 metros otros bondadosos cucuteños sintieron compasión por su estado físico y le dieron más monedas y de vez en cuando un billete. Vio que el ‘negocio’ era bueno y mermó la velocidad a la espera de más expresiones de caridad.

Ahora sí desocupó el vaso. Sonríe. Limpia los labios con la mano derecha y se apresta a rememorar una de esas anécdotas que le encanta narrar. Sonríe. Mira al frente en busca de inspiración. La consigue. Los comensales de la mesa contigua se desentienden del cuento y permanecen atentos a las noticias que despacha el televisor y que dan cuenta del descontento entre los motociclistas bogotanos por las medidas que tomó el día anterior la alcaldesa.

  • Un día, estaba aquí sentado cuando llegó un tipo y me dijo, ‘¿usted está pidiendo limosna?’ Le respondí que no, pero si quería darme algo se lo recibía. Sacó $ 10.000 y me los regaló.

Estos gestos de bondad se los atribuye al Divino Niño, a quien le pide constante ayuda para sobrevivir. Está seguro de que lo escucha, porque en el día consigue para alimentarse y regresar a casa en taxi. En una ocasión lo encaró y le dijo, en tono de reclamo, “hoy no hay para la ofrenda. Socorra algo”. En la tarde volvió a la iglesia y le dio las gracias. Había oído su rogativa.

Vuelve al recorrido por la 11. Le faltan pocos metros para cumplir la meta. En cada cuadra alguien se le acerca para echar en el bolsillo lo que la conciencia le dicta. Muestra el bolsillo y dice que por eso lo lleva así, ‘jetiabierto’, dirían en el barrio donde vivió ciertos años y adonde ahora poco va, porque no tiene cómo transportarse.

Cada frase la acompaña con gesticulaciones y risotadas. Le gusta contar estas historias que parecen inverosímiles, pero que asegura, aunque no jura, son verídicas. Como no hay más tinto aceleró el final del relato con el que demuestra su teoría de que “los cucuteños son generosos”.

  • Para no alargar el cuento, llegué al Ventura y me senté en la grada de afuera para hacer arqueo. No lo podía creer, tenía $ 28.000. Dios es grande y misericordioso.

RAFAEL ANTONIO PABÓN

rafaelpabon58@hotmail.com

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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