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Tuve cuatro vestidos de novillero. En esa época un traje de luces podía conseguirse en $ 3000, pero para conseguir esa cantidad, en 1964, era difícil. / Foto: www.contraluzcucuta.co

CRÓNICA EN MÍ MENOR. Yo alterné con Pepe Cáceres, en Popayán, y maté un novillo

CÚCUTA.- Nací en la zona cafetera, me crié en un pueblo cafetero y agrícola, ahí fue mi niñez y ahí quise ser torero. Me gustan los toros desde pequeñito. En la casa era el que manejaba el ganado, las gallinas, los caballos. Desde esa edad me gustó producir para la casa y para el país. De ahí me llevaron a Cali, porque mi padre era empleado nacional y de libre remoción.

A los 16 años, di con unos amigos que practicaban el toreo, me llevaron a la plaza de Cali y empecé a hacer mis entrenamientos con ‘Clavillazo’, un torero cómico. Ese fue mi primer profesor de la tauromaquia. Luego, hice relación con novilleros profesionales y matadores de toros. Ahí empecé mi carrera taurina.

Toreé en varios pueblos del departamento. En esa época era difícil torear novillos de casta y lo que se toreaba era ganado criollo. Quería matar un novillo de casta para saber qué sensación se sentía. Hice una huelga de hambre de tres días y me dieron la oportunidad de torear al lado de Enrique Vera ‘El Quindío’ y Marcos Gómez ‘El Colombiano’.

A Dios gracias me fue bien, corté una oreja, salí a hombros, porque la gente estaba con el torero de la huelga de hambre y quería mirarlo cómo era. Luego, toreé en Cartagena, Cereté y los pueblos cercanos y regresamos a Cali. Luego fui a Manizales, Medellín y me dio por venirme para estos lares, en 1967. Estoy próximo a cumplir 50 años de vivir en este hermoso departamento de Colombia.

En aquella época todo mundo quería irse a España, pero para hacerlo se necesitaba mucho dinero. Todavía se paga por torear en España. En aquella oportunidad tenía que comprar los dos toros, pagar la cuadrilla, pagar el transporte, pagar la estadía y pagarle al empresario para que lo pusiera a torear. Entonces, tenía que llevar un capital grande para gastar y si había un apoderado que se interesara lo explotaba por una cantidad de años para que le pagara lo invertido.

La idea mía era ir a México donde había más oportunidades para los colombianos.

Afortunadamente, conocí a la mayoría de las figuras del toreo. Paco Camino, Diego Puerta, Miguel Mateo ‘Miguelín’. Tuve la oportunidad de salir de sobresaliente de espadas de Pepe Cáceres, Joselillo de Colombia y El Cordobés. Alterné con ellos en Popayán y maté un novillo.

Entre los novilleros buenos estaban Fabio Serrato y otros que se me olvidan los nombres por el paso del tiempo. Desde 1964, ha corrido mucha agua por debajo del puente. Era una época hermosa, porque alternábamos y éramos uno solo. No había esa cuestión de ‘hombre, quite a ese y ponga a este’. El empresario era el que decía ‘va este, va este y va este’. Toreábamos cuatro, cinco, seis corridas por todas parte de Colombia.

Miedo sentimos todos los seres humanos en el momento de iniciar una empresa. Aquí, hay que concienciarse de que se va a poner delante de una fiera que no sabe cómo va a embestir, ni cómo va a salir del chiquero. Hay que aprender a dominar, en ese momento, ese miedo. Acabarlo de dominar con el primero o el segundo lance, porque ya sabe cómo embiste, y empieza a ejecutar la faena como el toro se preste.

Me sentía muy bien con la muleta, a pesar de que me encantaba torear con el capote, porque hay cualquier infinidad de lances. Pegaba las gaoneras, las chicuelinas, las verónicas, los delantales, las reboleras y las saltilleras. Hacía lo que el toro dejaba hacerse.  

Tuve tardes muy afortunadas y la que tengo en la cabeza es la del debut como novillero, corté una oreja y salí a hombros. Después, hubo tardes buenas. En Medellín, Armenia, Manizales corté orejas. Fui novillero profesional, no pasé a ‘doctor’ por una cornada grave en la axila derecha que me lesionó los tendones de la mano y cuando iba a matar me fallaba el pulso.

El toro que siempre recuerdo es uno que me salió en Sincelejo. Todavía lo estoy matando. No me da pena decirlo. Era de la ganadería Calume, todavía estoy bregando a matarlo. No recuerdo como se llamaba, era mi tercera corrida como novillero. Difícil de torear y difícil de matar.

Tengo seis costuras en el cuerpo. Dos en la quijada; una detrás de la oreja izquierda, me cogieron 36 puntos; una en la espalda y dos en la pierna izquierda. Luego de la cornada sale uno al ruedo con más ganas. A uno lo hiere un toro y quiere que el médico lo cosa ligero para salir a torear. Eso nace con uno. Eso es como el que quiere ser médico, abogado o ingeniero, quiere su carrera, le ofrecen otra y dice ‘no, quiero esta’.

En mi casa me molestaban mis hermanas. Me decían ‘vea que el toro lo va a matar’. Respondía, ‘pues bueno, si me mata, me entierran y listo, no hay problema’. Tengo 25 a 30 años de haber dejado de torear, porque los hijos empezaron a molestar. Especialmente la mayor me decía ‘papá, vea que a esa edad…’. Entonces, me dediqué a hacer negocios de toros, empresas en los pueblos. Las primeras figuras del toreo César Rincón, ‘El Cali’, Bernando Valencia, las trajimos a una feria en Pamplona. 

En estos 50 años en Norte de Santander fui auditor especial de la Contraloría del Municipio en Tránsito, auditor auxiliar en las Empresas Municipales, esos son los cargos en los que he sido empleado. Toda la vida me gustó ser solo, no tener patrones, por eso quise ser torero, sabía a qué horas tenía que levantarme, acostarme y qué hacer.

Un buen amigo me ayudó a conseguir un localito en la Plaza de Ferias hasta cuando se cerró. Desde ese momento he estado pedaleando sin cadena, porque tengo 74 años y en este país un hombre de 35 no sirve para nada. Aquí en Colombia los viejos no servimos para nada.

Tuve cuatro vestidos de novillero. En esa época un traje de luces podía conseguirse en $ 3000, pero para conseguir esa cantidad, en 1964, era difícil. Uno tenía que hacerse amigo-amigo del mozo de espadas del matador y amigo-amigo del matador para pegársele. Si les caía bien podían regalarlo o venderlo barato. No guardo ninguno. El que tenía lo vendí para un museo taurino en una tasca en Chinácota. Vendí la montera y hasta las medias. Me gustaban el verde y el obispo, eran los colores preferidos, porque dan mucha plaza, dan presencia.

Tengo ratico de no ir a una corrida de toros, porque tuve un problema familiar grave y casi no puedo resolverlo. Se me fue la moral para el piso y no quería saber nada de nada, ni de amigos, porque cuando los necesité me voltearon la espalda.

Todavía me dan ganas de volver al ruedo y si hay oportunidad le pego uno, dos lances, con eso queda uno como si hubiera toreado la corrida completa. El toro no pide edad. Las corridas son una tradición que nos dejó España.

RAFAEL ANTONIO PABÓN

rafaelpabon58@hotmail.com

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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