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La tribuna Sur, el plano y el ángulo elegidos - aunque es bueno advertir que en la popular solo se salta y se canta - para contemplar el encuentro en el que se juega más que un partido. / Foto: PRENSA CÚCUTA DEPORTIVO

CRÓNICA. El sueño de volver

CONTEXTO HISTÓRICO

Una ciudad sumida en el caos de la inseguridad, el desempleo y la irritabilidad que le produce compartir espacios con los demás encuentra refugio en  la cultura popular más desbordante del planeta, el fútbol. Aquella que es epicentro de la concentración de miles de personas en un solo sentimiento: los colores del amado rojinegro. Colores llenos de historia para cada cucuteño.

Por estas tierras pasaron el gran ‘Fausto’, que desembocó en el Newcastle; nada más y nada menos que ‘El Palomo’ Usurriaga, aquel que rompiera redes en los más fervientes estadios de Argentina; ‘Burrito’ González, con sus enganches tradicionales que dejaban pasar rivales como las estaciones de las líneas en la gran Caracas. Y así una camada de uruguayos, José Omar Verdum, Zapirain y Miloc, que juntos dejaron para el palmarés motilón 338 goles (169, 80 y 89).

Y cómo no recordar el paso triunfal y glorioso del 2007, cuando enamoramos a un continente con buen fútbol y empuje en la cancha. Uno a uno los rivales fueron sintiéndose inútiles frente al fervor  producido en los graderíos del General Santander, colmados de hinchas que jamás pensaron vivir algo parecido.

EL RIVAL

Al paso por los mejores momentos del club para, el hincha se prepara para un nuevo partido. El rival, Leones F.C de Itagüí (Antioquia). Un conjunto fuerte que depura, partido a partido, el estilo de juego. En los papeles, un cuadro complicado en el camino para volver.

Amigos, fútbol y cerveza concentran los ingredientes esenciales para un encuentro del equipo amado. Con la boleta desde el día anterior todo es expectativa por lo que pueda pasar. En el fútbol no hay nada escrito y los partidos hay que jugarlos hasta el segundo final.

Jueves 16 de noviembre. No es un día cualquiera, juega el ‘doblemente glorioso’, la Banda del Indio y toda la hinchada lo sabe. Por eso, todo es fiesta y júbilo para la noche. Banderas, banderas y más banderas se preparan para izarse con los colores de la ciudad. Y la garganta a punto de estallar por retener el grito preciado en algodones para alentar los 90 minutos.

Por las calles no hay tema para hablar, cada comerciante, taxista, estudiante, servidor público, joven, niño, adulto y mujer visibiliza el panorama de una nueva esperanza de volver, después de 758 días de aquel funesto 18 de octubre del 2015, cuando de la mano del profesor Carlos Quintero descendió a segunda división.

Nuevamente, en la lucha de subir a Primera, en el último semestre se presentó un torneo aceptable. En el todos contra todos culminó en la quinta posición con 27 puntos, a 6 del líder. Con una nómina no exquisita, pero sí trabajadora, comprometida y hambrienta de gloria se encaminó por el sueño de volver al lugar que no debió abandonar, la primera división del futbol colombiano.

El reloj marca las 6:30 de la tarde. Es hora de salir para el estadio, la espera ha terminado. Con el cansancio de un día pesado (en los términos de un estudiante universitario) sobre los hombros, un par de cervezas ensalzan la previa para el encuentro. Un partido que se espera  trancado y por lo cual se calman los ánimos.

Una noche fría en víspera decembrina y el coloso de Lleras se vuelve una caldera. Son esperados cerca de 35.000 espectadores que regresan después de fechas relegadas por la memoria del hincha.

En las vías aledañas las sonrisas de los hinchas camino a las puertas de acceso no pueden describirse. La exaltación de pensar en la Primera desborda de alegría en las filas, mientras cada sujeto es requisado. Como si adentro se guardaran algo para alentar.

La tribuna Sur, el plano y el ángulo elegidos – aunque es bueno advertir que en la popular solo se salta y se canta – para contemplar el encuentro en el que se juega más que un partido, se juega la historia de un club al que la hinchada no le permite jugar en Segunda y que aguarda con volver.

Al son del Joe Arroyo, minutos antes de que ruede el balón, se ameniza la previa. Sector por sector se llena, el ambiente rememora aquellos días de Copa Libertadores. Con el templo en el 85 % de la capacidad, los equipos saltan para prepararse para el juego. Con un par de movimientos físicos para entrar en calor los jugadores y la planta técnica perfeccionan detalles de lo que se vivirá en la cancha.

En la popular todo es carnaval cuando el equipo salta al terreno. Al grito unísono de “Oh, vamos a volver, a volver a volver, vamos a volver”, el balón rueda y la angustia de un equipo fuerte al frente empieza a inquietar. Un comienzo rudo, de choque, en el que el rival  no deja nada a la suerte. La mitad de la cancha se convierte en zona de transición en la que el balón no se mantiene.

El profesor Robatto empieza a dirigirse a sus muchachos, les hace señas que muevan el balón, que lo pasen a los laterales. Ramírez toma la batuta en el medio campo y el juego comienza a aclararse, al minuto 24 después de un centro al área rival, en la que el arquero rival dejó mucho qué decir, Agudelo marca y pone arriba en el marcador al Cúcuta Deportivo, que parecía encaminar el objetivo de comienzo de temporada,  volver a Primera.

Camino a los vestidores, todo es incertidumbre, la sicología del profesor para el jugador es indispensable. Es un momento único, se juegan el pase para un buen año o un año desastroso. El fútbol es así, o ganas y eres el mejor, o pierdes y tienes que volver a empezar, porque no sirvió el esfuerzo de ayer.

Al saltar a la cancha, la segunda parte pasa factura al conjunto  motilón. El juego se vuelve casi inmanejable, el conjunto antioqueño toma la iniciativa y empieza a incomodar la portería de Mafla, quien resistía los ataques visitantes.

Como con la insistencia con la que rompe una gota de agua una roca, terminó en el empate de Leones. Un equipo desconocido dentro del campo de juego no encontraba solución. Y todo empeoraba. La expulsión de Álvarez, uno de los mejores jugadores, parecía descuadernar al equipo.

De inmediato, como un clásico en el FIFA, el Cúcuta se pone arriba con un penal dudoso y los graderíos estallan de alegría. El sueño en ese momento parecía difícil, pero no imposible. Jugar en el polideportivo de Itagüí con la mínima ventaja generaba mejor sensación.

Pero no fue así. La poca experiencia de algunos jugadores pesó más. Los espacios empezaron a aparecer para el rival en los últimos segundos y la iniciativa la tenían ellos. Un remate cruzado que el arquero no pudo despejar a un lado, y dejó en las 5,50 para que el rival, como niño comiendo dulce, anotara con la mayor tranquilidad el empate.

Un empate amargo  que desboronó a los aficionados que se dieron cita esa noche. Con la sensación del empate, se apagó todo en el estadio, hasta el instrumental dejó de sonar. Múltiples comentarios al aire evacúan el coloso para un próximo encuentro, el que pueda ser mejor en otra situación.

LOS DÍAS DESPUÉS

Una mañana pesada de viernes, pero es fin de semana. Falta poco para el domingo, partido de vuelta y el guayabo del empate no se supera. Diarios (virtuales y físicos),  páginas en redes sociales reportan el traspié del equipo como el último viaje. Es así como comienza un nuevo reto para esta nómina de jugadores.

Como aquella cátedra Ickowicz en la UBA, en la que se parafrasea al escritor estadounidense Louis L´Amour, “Habrá un momento en el que creas que todo ha finalizado. Ese será el comienzo”, como el resurgir de alguien que murió, o algo mejor, como un partido que se debe jugar y se debe buscar.

Y el recuerdo es mejor cuando por la memoria reposan victorias de visitante que marcaron la pupila cucuteña. Cuando aún hoy después de  engaños sigue la fe intacta de volver a ser de Primera. Porque debemos estar en Primera.

ANDERSON SALINAS

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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