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Este parque, según los habitantes más antiguos, data desde los años 30, cuando solo era un pedazo de monte con un humedal. / Foto: Especial para www.contraluzcucuta.co

CRÓNICA. El paraíso del labrador campesino

AGUA CLARA – Cúcuta.- Los fieles religiosos creen que es necesario tener buenas acciones y morir para acceder al paraíso. Los labradores del campo no esperan morir para llegar a ese lugar, porque desde que nacen conocen la magia y la belleza del paraíso, el campo colombiano.

Cúcuta y sus corregimientos no son la excepción. No existe la fantasía en la vida del hombre si no recorre el mundo. Y malaventurado aquel que haya muerto sin vivir su territorio, sin perderse en el camino, sin pedir una dirección y sin decir, “buenas tardes, doña, ¿sería tan amable de regalarme un vasito de agua?”. Morir sin esta experiencia es haber estado en vida para ser miserable.

Ante estas reflexiones nortesantandereanas, inesperadamente el olor puro del cultivo verde empieza a filtrarse por el vidrio empolvado de la buseta vieja que se dirige al corregimiento Agua Clara (Cúcuta). Desde la silla incómoda puede verse cómo los trabajadores de las arroceras se toman unas cuantas cervecitas, que se enumeran en las mesas. Mientras, el conductor toca la bocina para dar a entender que gente importante llega al lugar.

En los pueblos acostumbran a ser devotos. Los templos están abiertos desde tempranas horas y más si es fin de semana. Es sábado. Las puertas de la iglesia están cerradas, y no se ve intención de abrirlas. Ni los vivos ni las almas rodean el lugar.

Bajarse  en el parque central es sinónimo de encontrar relatos e historias de ancianos que de una u otra manera fundaron el corregimiento, trabajaron para darle agua al lugar y pusieron ‘un grano de arena’ para construir lo que hoy significa este sitio para el municipio. Un gigantesco oasis verde con proyección para ser epicentro del agro.

El parque, según los habitantes más antiguos, data desde los años 30, cuando solo era un pedazo de monte con humedad y una pequeña cancha de fútbol. Un par de niños esperaba escuchar en las tardes las bocinas del tren. A finales de la década de 1930, plantaron un árbol que tiene prestigio para el departamento, El Samán de Agua clara.

Tal vez, hace 87 años, no pensaron que de alguna manera le daría, con el paso del tiempo, identidad cultural al pueblo y un significado semiótico. ‘Al que a buen palo se arrima, buena sombra lo cobija’, y cómo no con este gigantesco árbol que cuenta historias por sí solo, como si susurrara a los oídos de los turistas.

Los ancianos, a pesar de ver el parque renovado, se sienten extraños de sentir tanto cemento bajo los pies y los glúteos. Y cómo no, si lo conocieron durante la trasformación. El sabor agridulce se refleja en los rostros, eso era lo que transmitían. La costumbre de vivir entre flores y árboles, y ver casi todo verde, no se traiciona.

Por estos lares parece que vestir con marcas de ropa de la élite no es prioridad. Lo que realmente prima es la familia, el trabajo y salir un buen rato a compartir en el parque. Aquí todos se conocen y las carcajadas sobran. El estrés, el mal genio, la intolerancia y la premura que caracterizan a la ciudad son solo un mito maluco.

Perros flacos en el corregimiento no se encuentran, los motorizados no utilizan cascos, tampoco chalecos reflexivos. Parece que no es tan importante si las motocicletas tienen placas o no, eso llama la atención. Igualmente,  aquí se utilizan los vehículos para ir al campo a trabajar, eso argumentan los aguaclareños.

Aquí no faltan las cadenas de oro, las cirugías estéticas o las publicaciones ostentosas en redes sociales, porque la felicidad de los habitantes es tener campo verde para sembrar vida fértil. Y si eligieran un lugar en el mundo para volver a nacer o ser felices al ciento por ciento no dudarán un segundo en escoger estas hermosas tierras.

Para los turistas no todo es de color de rosa, o como dicen aquí ‘verde’. Mirar el cielo es casi imposible. Mientras se seca una gota de sudor, diez más bajan por el cuello, sin contar las que descienden por la espalda y las axilas. Hasta los integrantes del Goes, que patrullan la zona, toman descanso y buscan la sombra de los árboles y se echan aire con la pañoleta facial. Si no resisten ellos que están entrenados para soportar tipo de terreno y temperatura cómo serán los demás.

Desde las ciudades y el poder, se ha despreciado la labor de estos héroes de palas, guadañas, hoces y rastrillos. En las ciudades el concepto de paraíso cambiará un poco y, seguramente, no esperarán un apocalipsis para viajar y conocer a Agua Clara.

ISMAEL GAMBOA

ysmcr7@gmail.com

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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