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CRÓNICA. Deportados, un viaje sin regreso

Orlando Nieto llegó con la familia desde Palotal, en el estado Táchira. “El sábado, a las 11:00 de la noche, llegó la Guardia y casi que nos tumba la puerta de la casa. Salimos de Venezuela el domingo, a la 1:30 de la madrugada, asustados, por voluntad propia, por una de las trochas que hay en la frontera. Fuimos tratados como perros”, comentó mientras la nieta Camila se reúne con el resto de niños en el alberge a dibujar una paloma, símbolo de la paz, lo opuesto a lo que han recibido de parte del gobierno venezolano.

Los 252 deportados del alberge acondicionado en el colegio Misael Pastrana Borrero fueron trasladados, en la noche, a la Universidad Francisco Paula Santander. Según el censo, hay 116 hombres, 123 mujeres, 85 niños, 57 niñas, 19 adolescentes y 11 bebés. Los ancianos hacen parte de los hombres. En general, son 148 familias repartidas en 121 carpas.

En el coliseo se ha armado un alberge temporal para recibir a los deportados. Las carpas están paralelas unas a otras. El improvisado puesto de salud ha contribuido a que no haya epidemias, solo problemas de salud en los adultos mayores y en algunos bebés. “El gobierno y las entidades oficiales han estado pendientes de los alberges, la            Secretaría de Salud, la Defensoría del Pueblo, la Secretaria Municipal, la Policía y Conalsar (Policía de Salud y Desastres). A pesar de eso, no sabemos por cuánto tiempo van a permanecer acá”, dijo la patrullera Johana Garrido.

“A pesar de tener familia en Colombia, ustedes entenderán que no es lo mismo estar uno arrimado, aquí no somos lo mismo que éramos allá. Yo era conductor y no pudimos traer nada, solo la ropa que llevábamos puesta y lo que pudimos agarrar. Ni el carro lo pude pasar”, contó Orlando. Esto lo más duro que les ha podido pasar, comenzar desde cero en una ciudad diferente, después de vivir 23 años en un país que siempre reconocieron como hogar.

La hija de Orlando y la esposa Carmen León vivían en Ureña y se encuentra en el séptimo mes de embarazo. Tiene un quiste en el cerebro y después de cruzar la frontera está con el novio fuera del alberge. En el puesto de salud no les dan el medicamento para el reflujo estomacal. El estado de salud  de Orlando tampoco es le mejor, tiene una hernia inguinal avanzada que no pudo curar en Venezuela por el costo excesivo de los tratamientos médicos.

“No iba a dejar a mi familia por las cosas materiales, una nevera, una cocina. Yo espero, porque sé que mi Dios es grande y pronto nos dará la mano”, expresó Orlando mientras en el rostro comienza a aparecer la tristeza por la  situación afronta. Las lágrimas escurren por las mejillas y se combinan con la ira y la decepción. La caridad no es el estilo de vida de estos colombianos, acostumbrados a conseguir el sustento diario. Ahora, apelan a esta vía mientras se crean salidas laborales para los deportados.

Camila tiene 4 años y estudia en Cúcuta, Orlando siempre la trasportaba de la casa al colegio y viceversa. Para el hombre es doloroso ver a la familia durmiendo casi en el piso, dentro de la carpa 92, la casa temporal en Cúcuta. La situación de los deportados recuerda a la sufrida por los habitantes de Gramalote, desplazados por el desastre natural (17 de diciembre de 2010). También sufrieron el cambio brusco de llegar a la ciudad.

Cuando Orlando y la familia lograron cruzar la frontera para desayunar cambiaron siete millones de bolívares, lo único que lograron sacar, y recibieron alrededor de $ 30.000. La devaluación de la moneda venezolana hace que estos seres humanos se vean afectados en lo económico. Solo cuentan con $ 5000 de ese dinero. Orlando tenía el vicio del cigarrillo, ahora no puede ni satisfacerlo.

Once mil afectados ha dejado la crisis. El presidente Juan Manuel Santos visitó los alberges y llevó promesas, subsidios para vivienda y trabajos. Envió un mensaje claro para la OEA, la crisis no es invento de los medios. Los deportados están asustados, los derechos les fueron ultrajados, el futuro es incierto aunque empieza a mejorar. El Gobierno mantendrá el apoyo como lo ha hecho durante la crisis humanitaria.

En el alberge no solo se ven caras largas, los niños juegan y participan en actividades que no les permiten caer en la tristeza. La inocencia le da una luz de esperanza al espíritu luchador de cada deportado. “Mi hija me dijo que no me pusiera triste, solo queda levantar cabeza y echar pa’lante. Algún día, sea  mañana o pasado mañana, Dios se compadecerá de nosotros”, dijo  Orlando y cambió de semblante.

Daniel Mauricio Villán

Andrés Danilo Gallo

Estudiantes de Comunicación Social

Universidad de Pamplona

Campus de Villa del Rosario

 

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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