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Devotos portan una imagen del doctor José Gregorio Hernández durante una procesión por las calles de Isnotú, el pequeño pueblo de Venezuela en el que nació en 1864. / Foto: Meridith Kohut

CRISIS EN VENEZUELA. Hasta el Papa le reza al ‘médico de los pobres’

ISNOTÚ, Venezuela — Los devotos empezaron a llegar antes del amanecer, sus siluetas surgían de la densa niebla, acompañadas por el canto de los pájaros y el clamor de las campanas de la iglesia.

Habían andado por sinuosos caminos montañosos atascados con escombros de un deslizamiento de lodo y atravesando puestos de control vigilados por soldados, para rendir homenaje a la estatua de un doctor con la mano tendida. Muchos viajaron a pie debido a la escasez generalizada de gasolina.

Deivis Vásquez llegó, presentó a su único hijo frente a la estatua del médico y lloró, sobrecogido por la emoción de que su hijo estuviera suficientemente bien como para mostrar su gratitud en persona.

Meses atrás, Vásquez había estado en este mismo lugar, en la profundidad de las estribaciones de los Andes, mientras su hijo de 14 años, Deivi Rafael, yacía en un coma conectado a un respirador en la unidad de cuidados intensivos pediátricos de un hospital gubernamental.

Un accidente de motocicleta le había causado grave trauma craneal y el equipo médico que atendía al niño no esperaba que sobreviviera. Si desafiaba los pronósticos y volvía, tenía 95 por ciento de probabilidades de quedar con daño cerebral permanente.

“Ya no había prácticamente nada que hacer”, dijo su médico, el neurocirujano Édgar Altuve. “Si yo me ponía a someterlo a una intervención quirúrgica era más bien matarlo”.

Aterrado de que su hijo muriera, Vásquez condujo su camioneta desde el pueblito de Isnotú para rezar ante la gran estatua de mármol del doctor José Gregorio Hernández, conocido en todo el país como el “médico de los pobres” de Venezuela.

Durante décadas, los venezolanos como él han acudido en masa a Isnotú para rogar al doctor Hernández que cure a sus seres queridos.

Cuando los devotos creen que una sanación puede atribuírsele a la intercesión del médico, presentan placas de metal a la estatua en señal de agradecimiento. Varios miles de placas —grabadas con mensajes que relatan cirugías exitosas y milagros— se han llevado al santuario desde su fundación en 1960. Ya queda poco espacio para más.

Nacido en Isnotú en 1864, Hernández estudió medicina en París. Más tarde, el gobierno venezolano le pidió que ayudara a modernizar el sistema de salud del país, como maestro y como investigador.

Su fama de donar medicamentos y atender gratis a los pacientes más vulnerables de Caracas le ganó un lugar en el folclor venezolano.

Murió en 1919, durante la pandemia de gripe, cuando un auto lo embistió fatalmente al cruzar la calle. Acababa de salir de la farmacia para llevarle medicinas a una anciana.

La imagen de Hernández —un hombre de bigote en traje negro, bata blanca y bombín de fieltro— es icónica en la cultura venezolana y atrae seguidores de todo el espectro político.

Los venezolanos que han perdido la fe tanto en el gobierno de Nicolás Maduro como en la oposición política coinciden en que el doctor Hernández puede satisfacer su necesidad principal: atención de salud, dijo Daniel Esparza, un especialista de doctorado en la Universidad de Columbia enfocado en el papel que tiene la religión en la Venezuela contemporánea.

“Es un civil que ha servido de hecho a otros civiles y eso es algo que ambos partidos comparten”, dijo Esparza. “Estamos huérfanos de modelos a seguir, y ahí es donde entra José Gregorio”.

Los líderes católicos locales empezaron a pedir al Vaticano en 1949 que pusiera a Hernández en el camino a la santificación. Durante las décadas transcurridas mientras se beatificó al médico, muchos venezolanos encendían velas en su nombre y ponían imágenes de él en sus altares privados. Para ellos ya era un santo.

La veneración generalizada hacia el doctor es patente en Caracas, donde barrios de bloques rojos bordean las lomas alrededor del Hospital General del Oeste Dr. José Gregorio Hernández, en Catia, una zona de clase trabajadora.

En plena pandemia y en el octavo año de una crisis humanitaria y económica desgastante caracterizada por el colapso de los hospitales públicos y la escasez generalizada de medicamentos, los pacientes del hospital rezan con frecuencia al doctor.

También lo hacen muchos trabajadores de la salud.

“Es bastante difícil, porque a veces uno hace más que lo humanamente posible”, dijo la doctora Laura de la Rosa, quien atiende pacientes de COVID-19 en el hospital. “Llega un punto en que tú dices: ‘Oye, José Gregorio, ya como médico, aquí en este punto terrenal para nosotros, hasta aquí pudimos dar; ayúdanos tú desde arriba a ver qué tanto podemos seguir dándole a este paciente’”.

En el ala pediátrica, Gabriel Tomoche, de 11 años, llevaba semanas esperando una imagenología que los médicos necesitaban para diagnosticar un bulto que crecía en su hígado. Sus familiares le ponían paños mojados en la frente y el estómago en un intento por bajarle la fiebre. Luego ayudaron a llevarlo a un altar adornado con cartas escritas con caligrafía infantil dirigidas al doctor Hernández.

“Que me ayudara, para ver si puedo salir rápido de aquí”, pidió Gabriel. “Yo quiero ir a mi casa”.

En el barrio José Gregorio Hernández en Cotiza, otro vecindario de Caracas, los jóvenes que jugaban baloncesto se arremangaron las camisas y pantalones para mostrar sus tatuajes del médico.

 

Greymer Ricaurte, un rapero y diseñador gráfico de 32 años, se tatuó el rostro del doctor Hernández en la pierna y dijo que le había rezado luego de que le dispararon seis veces cuando fue víctima de un asalto. Una de las balas le traspasó el pulmón y casi muere. Aún enciende velas para el doctor Hernández y dice que el médico le ayudó a sobrevivir.

Lucy Monasterios, de 61 años, vive en el barrio y trabaja como enfermera en una clínica del Estado para mujeres. Dice que hace 38 años, luego de un mes de tratamientos ineficaces para un caso severo de peritonitis un médico parecido al doctor José Gregorio Hernández entró a su habitación del hospital y le dijo: “Tranquila, mañana se va a sentir mejor”. Le tocó la frente y el estómago, dice, y luego se marchó.

El hospital dice que ninguno de sus doctores la visitó en aquel momento. Ella está convencida de que fue el doctor Hernández.

Monasterios dice que su salud empezó a mejorar poco después.

En 1986, el Vaticano declaró que el doctor Hernández era una figura “venerable”, un paso requerido en el camino a la santidad.

Una década más tarde, los venezolanos impacientes presentaron una petición firmada por cinco millones de personas al papa Juan Pablo II, instándolo a acelerar el proceso de beatificación. Pero no fue sino recién hasta este verano, un siglo después de su muerte, que el papa Francisco al fin declaró que el doctor Hernández calificaba.

El milagro que el Vaticano aceptó para la beatificación fue la recuperación de Yasuri Solórzano Ortega, una niña de 10 años que recibió un disparo en la cabeza y desafió los pronósticos médicos al recuperarse completamente luego de que su madre rezó al doctor Hernández.

Yaxuri estuvo en la ceremonia oficial de beatificación esta primavera.

El papa Francisco no estuvo presente, pero envió un mensaje en video en el que describía al doctor Hernández como “un modelo de santidad comprometida con la defensa de la vida”.

El papa argentino —el primer pontífice latinoamericano— dijo que jamás había conocido a un venezolano que “en la mitad de la conversación al fin no dijera: ‘¿y cuándo es la beatificación de Gregorio?’. Lo llevaban en el alma”.

Francisco agregó: “le pido al beato José Gregorio Hernández por todos ustedes”.

Aunque el Vaticano no ha clasificado la recuperación de Deivi Rafael como un milagro, la familia Vásquez y los curas en Isnotú creen que lo es.

Salió de su coma y de varias semanas de rehabilitación con sus habilidades cognitivas y motoras tan enteras como antes. Sus médicos estaban asombrados.

“Me devolvió la vida”, dijo solemnemente Deivi Rafael refiriéndose al doctor Hernández. “Hay que darle gratitud porque, como él me sanó a mí, él ha sanado a muchos. Y seguirá sanando”.

ISAYEN HERRERA y MERIDITH KOHUT

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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