A huge collection of 3400+ free website templates JAR theme com WP themes and more at the biggest community-driven free web design site
Inicio / ACONTECIMIENTOS / CRISIS EN LA FRONTERA. “Somos estudiantes colombo-venezolanos, no delincuentes”
La amargura y el odio son sembrados en cada estudiante desde el inicio de la mañana; sin embargo, aquí ocurre un cambio drástico de ambiente.

CRISIS EN LA FRONTERA. “Somos estudiantes colombo-venezolanos, no delincuentes”

Desde el cierre de la frontera colombo-venezolana, impuesto por el presidente Nicolás Maduro, la rutina se ha convertido en un cambio drástico en la vida diaria de la población fronteriza. Con el cielo en oscuridad absoluta, la mayoría de estudiantes comienza el día, a las 4:00 de la mañana. Muchos, con el almuerzo preparado el día anterior, lo que implica cargar un peso más en la espalda, pero uno menos para el bolsillo.

A las 6:00, se ve una larga fila de niños y jóvenes en la avenida Venezuela, cerca de la aduana principal de San Antonio del Táchira.  Algunos, incluso, acompañados por los representantes, con la cara larga y los ojos hundidos por el cansancio. Se percibe el silencio, nadie habla, nadie comenta nada, la costumbre ciega y sella las voces desde el inicio del día.

En la fría madrugada aclara el cielo, poco a poco, y es el aviso de conceder el paso a este tumulto, mientras trabajadores, viajeros y enfermos deben aguardar hasta que no quede ningún estudiante en fila. Todos se dirigen hacia la primera alcabala como la llama Welsen Rivero, venezolano de 24 años, estudiante de sexto semestre de arquitectura en la Universidad de Pamplona (Villa del Rosari)o. Es allí el lugar en el que supervisan la cédula y el carné de cada joven, y piden el número asignado desde comienzos del semestre.

“Quien no salga en lista, no se le permite el paso fronterizo. Cada estudiante tiene un número para identificarse, el cual queda marcado como al ganado, o aún peor, así como los nazis marcaban a los judíos en el holocausto. Me corresponde el 452 y siempre debo decirlo al momento de pasar por la alcabala. (A los guardias) no les importa ningún otro dato”, dijo Rivero.

Luego de ser revisados, individualmente, en aquella carpeta con millones de hojas y asegurar el respectivo lugar, se dirigen ordenados y pacientes en una hilera extensa que se mueve despacio, como reclusos hacia las celdas. Con mente resignada, sigue la rutina lenta a la siguiente parte del recorrido, la requisa obligatoria.

La orden es impartida por un guardia robusto, de traje verde desgastado, que parece ganar parte de la energía al complicar el trayecto de otros e inspeccionar desesperadamente morrales y carteras. Los morrales deben pasar por la correa de la gigantesca máquina de rayos X, lo que para muchos es ridículo, pero que para los uniformados es satisfactorio. Disfrutan crear un mundo en donde libretas y lápices son base de narcotráfico, contrabando o delincuencia, con un sentido de control que atropella la mente de los más pequeños.

Después de perder entre 15 y 20 minutos, llega el momento de la contabilización de todos los estudiantes para una especie de registro inútil, encargado esta vez por una sargento de baja estatura, con piel tostada por el sol, de cabello corto, mal arreglado y grasiento, con uñas largas que se entierran en el listado, al tiempo que marca la salida de cada ciudadano. Su expresión en el rostro es odiosa y malgeniada, con ojos punzantes que señalan desprecio. Esta mujer traza una pequeña línea representativa que enumera cabeza por cabeza e inscribe sus trayectos, de manera que apunta el traslado de cada encarcelado.

Para Stephany Chacón, venezolana de 19 años, estudiante de mecánica dental en el Instituto Tecnident (Cúcuta), no fue una vivencia grata. En este tramo perdura el recuerdo de centenares de familias deportadas.

Es imposible olvidar aquellas lágrimas derramadas por ancianas frágiles, el 19 de agosto del 2015, eran cientos de seres humanos con vestimenta deteriorada, sucia y de mirada desorientada. También existe el recuerdo del perro sin raza llamativa que acompañaba al grupo familiar y que no se separaba de los amos a la espera de la deportación, retenido con una soga delgada atada al cuello. El hecho golpeaba fuerte a la vista de todos, los sentimientos se desvanecían al no poder ayudar ni siquiera en lo más mínimo. La indignación era tan propia por ser hermanos colombianos y, más que esto, seres humanos.

Reunidos en la plaza La Confraternidad, al extremo venezolano del puente internacional Simón Bolívar, la espera se alarga 20 minutos. Casi una hora perdida en este protocolo diario, que tiene por finalidad dejar a la gente aglomerarse hasta formar un grupo considerable. Asignan a un guardia para escoltarlos de manera ordenada y en línea recta, de nuevo como prisioneros. Este hombre equilibra los pasos al trote de los demás, e intenta vigilar las acciones, porque conoce de las cámaras instaladas en lo alto de los postes de luz, que supervisan y monitorean el área desde Caracas. Mientras, la multitud es regida uno tras otro sin permiso de poner ni un pie en el asfalto de la calle, por alguna razón que sólo los uniformados entienden.

A medida que avanzan por el puente, sienten el viento fresco que sopla desde el río y se confunde con el estrés reciente que contractura la espalda. La amargura y el odio son sembrados en cada estudiante desde el inicio de la mañana; sin embargo, aquí ocurre un cambio drástico de ambiente. La sensación de entrar a un país que, a pesar de las complicaciones con grupos armados, es un lugar de paz donde los derechos humanos y la libertad tienen más valor e importancia.

En el punto que divide al puente como dos fronteras, recae un mundo de reflexiones, continuar la carrera universitaria, mantener el promedio académico alto, tener tiempo de elaborar trabajos, preparar salidas de campo, moverse con elementos y materiales de estudio que pesan como piedras, procurar gastar solo el dinero del pasaje, entre otras situaciones, son las que traspasan por la mente y generan un único pensamiento, el de seguir adelante en contra de las adversidades, porque todo esfuerzo tiene sus frutos.

GERMAN GARCÍA BERMÚDEZ

Estudiante de Comunicación Social

Universidad de Pamplona

Campus de Villa del Rosario

Foto: Especial para www.contraluzcucuta.co

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

Podría Interesarle

COOPERACIÓN INTERNACIONAL. Reconoce generosidad de Colombia con venezolanos

BOGOTÁ.- El pueblo colombiano ha acogido a más de 1,7 millones de venezolanos y la …

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.