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Aventura en Mozambique

De  madrugada el chofer nos recogió y nos llevó para la terminal de trasportes porque debíamos viajar para Maputo. Los autobuses son confortables, tienen dos pisos y aire acondicionado. Viajamos durante nueve horas y tomamos carro para ADPP (Ajuda de desenvolvimento de povo para povo) es en portugués y traduce  ‘ayuda de desenvolvimiento de pueblo para el pueblo’, es la escuela de profesores.

Al cabo de dos días quería conocer la villa donde estuvo mi esposo seis meses. Allí, continuaría con los proyectos de desarrollo. Viajamos Emy (Brasil), Sora y Selim (Corea), y Andrés y yo (Colombia).

En  Maputo tomamos una chapa, el  transporte local  más utilizado por lo mozambiqueños. Esta experiencia es una osadía, porque van demasiados pasajeros en una buseta. El cupo es para 11 y llenan el carro, en promedio, con  30.

La gente mira a los blancos como seres extraños. Ríen contantemente, cantan y buscan la manera de entablar conversación para saber el país de origen y qué hacemos acá. Hablan en ‘changana’, lengua nativa, portugués y algunos en inglés. Por ser blancos y de otros países creen que somos adinerados y siempre quieren aumentar el precio de las mercancías.

Al bajar del carro el chofer nos pidió que nos tomáramos una fotografía al lado del vehículo para mostrársela a los amigos. Para ellos es valioso, porque no están acostumbrados a estar a diario junto a blancos.

Durante el camino el conductor le preguntó a mi esposo cómo podía casarse con una colombiana e irse de África. Los hombres quieren conquistar a una mujer para emigrar del país. Acá también es común que las mujeres mozambiqueñas ofrezcan a los extranjeros sus hijos. De igual manera las madres ofrecen a sus hijas adolescentes de manera insistente  a los hombres blancos para que se casen y se las  lleven de África. Como madres quieren asegurar el futuro de los  hijos.

El viaje duró tres horas hasta llegar a Coñane. Después había que esperar un carro de ADPP que nos llevaría a la villa Nwachicoluane. Al llegar a la villa fue todavía más extraño. La gente les grita a los blancos ‘mulatos’, que en lengua changan es blanco. De  cierta manera es despectivo.

Mi esposo me llevó a conocer la escuela y luego fuimos a la tienda. Había un grupo de niñas que me miraban y escuchaban mi forma de hablar. Me pareció extraño cuando una pequeña agarró mi mano. Descubrí que quería saber qué se sentía al  tocar a un blanco. Le dije a mi esposo que por qué se daba esto y me dijo que somos para ellos como seres extraños, que no están acostumbrados a ver y  menos en la villa.

Nos siguieron por el camino. Reían contantemente. La niña les decía  a las  otras que me había tocado. Son inocentes y siempre que caminamos nos siguen, nos escuchan y quieren estar con nosotros.

Los niños caminan descalzos. Unos tienen el rostro cubierto de mocos, las manos  y la cara están llenas de tierra y la ropa es sucia. Siempre los mininos, como ellos dicen en portugués, se la pasan en la calle, juegan con palos y tierra.

Los niños fabrican carros con  alambre, les ponen ruedas de cartón y hacen el volante con alambre en forma de círculo  a la altura de su estatura para simular que manejan y lo pasean por la villa. Observo cómo quieren esos juguetes y me imagino cómo sería si tuvieran un carro de plástico. Son felices, no saben qué es un carro a control remoto o que hay pistas de carros eléctricos. En medio de ese entorno son felices y disfrutan de los juegos.

Las niñas no tienen muñecas, Barbies, ni  cocina de juguete. Pensar en esto me pone triste, porque mi hijo tiene infinidad de juguetes  que incluso ni usa. Los disfrutó un par de veces y después quiere otro nuevo.

La cultura es tan diferentes que aquí no sienten ese vacío, porque no saben qué es vivir en medio de juguetes, diversiones, centros recreacionales, jugar en castillos y comer helado con los padres mientras recorren la ciudad.

La situación es conmovedora. No puedo evitar llorar. Para mí esto es nuevo, es valorar lo que tenemos. En realidad tenemos mucho, a veces objetos innecesarios y banales que ha creado el comercio, y que se han convertido en indispensables en nuestras vidas.

FARLY YORLEY PORTILLA

farlyyorleyportillaj@gmail.com

 

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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