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Del joven inquieto que recorrió las calles del barrio El Tejar, al sur de Bogotá, es poco lo que queda. / Foto: www.contraluzcucuta.co

TESTIMONIO. Ruiz Moreno, ayer esmeraldero; hoy, pintor de 400 cuadros 

CÚCUTA.- La vida de Luis Fernando Ruiz Moreno está marcada por una serie de hechos que impactan al escucharlos en la voz imperceptible de este hombre que lo tuvo todo, y ahora, sin haber perdido mucho, pareciera que le falta ese mundo que conoció a plenitud y con lujo de detalles.

Del joven inquieto que recorrió las calles del barrio El Tejar, al sur de Bogotá, es poco lo que queda. Los recuerdos de esa etapa de la vida están refundidos en la nebulosa creada por la opulencia de los años posteriores. Hasta los 17 años, todo fue normal y los días trascurrieron en medio de la rutina que genera la adolescencia.

Estudiar, salir a la calle, volver a casa, comenzar a soñar es lo que hace la mayoría de los jóvenes. De pronto, la lámpara de los deseos se destapa y aparece el genio que se aguardaba con ansias. De ahí en adelante comienza otra manera de ver el mundo y de sentir que las horas tienen mejor sabor.

Justo a esa edad, Luis Fernando partió a Estado Unidos, como muchos latinos en procura de coronar el que han dado en llamar ‘sueño americano’, así a buena parte de los aventureros no se les cumplan los anhelos. Buscó en Miami trabajo y lo encontró como alquilador de limusinas para hombres pudientes y dueños de poder.

Por el negocio pasaron renombrados del espectáculo y la política. Solo para dos ejemplos, aparecen Frank Sinatra y Ronald Reagan. Al artista, Ruiz Moreno lo vio de lejos, no hubo contacto entre comerciante y cliente. Al expresidente gringo sí lo saludó de mano y alcanzaron a conversar. De ahí en adelante se pierde el listado por la extensión y porque el interés no era entablar amistades, sino ganar dinero.

La actividad en el país del Norte se hacía próspera y el primer objetivo estaba cumplido. La registradora sumaba el ingreso de dólares y la rentabilidad sacaba sonrisas al propietario de la firma. Los carros salían e ingresaban de los hangares, mientras los ceros se acumulaban a la derecha de las cuentas en los bancos.

De esa época boyante y para aprovechar los contactos surgidos, Fernando pasó a la compraventa de esmeraldas. Al comienzo tuvo tropiezos, como ese cuando le tumbaron mercancía valuada en 30.000 dólares. El golpe dolió en los bolsillos, pero no amilanó al recién ingresado a ese campo de la economía. Se llenó de valor, pidió prestado dinero, compró otras piedras preciosas para llevarlas a Europa y abrirse paso hacia una vida plena.

Mantuvo la casa en Miami, se lanzó al primer matrimonio, tuvo dos hijos (hombre y mujer), venía a Colombia solo de compras y abordaba los vuelos para Madrid, Londres, Amsterdam y Roma. Ese era el agite cotidiano. En otra oportunidad tomaba la ruta para Asia y se entretenía en las ciudades de Japón, China, Taiwan y de otros países de ese superpoblado continente.

La vida le sonreía, las preocupaciones estaban cifradas por el vaivén de los mercados, no por las carencias en el hogar. Vivía las locuras para las que el género masculino le expedía licencia. Y vino el segundo casorio. El infortunio no permitió que de esa relación naciera hijo alguno. Mantuvo los negocios y nada advertía que el futuro daría un viraje.

Entre los recuerdos que guarda de esos momentos de holgura está la novela Cien años de soledad autografiada por Gabriel García Márquez; los cuadros de los maestros Obregón y Manzur; los acompañamientos de famosos y los saludos con reputados personajes.

Un día, mientras visitaba a la tía en Bogotá, tropezó con una jovencita de 18 años, estudiante de administración de empresas en la universidad del Rosario. Las coincidencias jugaron a su favor. La señorita era ahijada de la tía y se quedaba en esa casa donde Fernando pernoctaba cuando volvía al país. Además, se identificó como nacida en Cúcuta.

Dejó que madurara en lo personal y en lo profesional para proponerle que se convirtiera en la tercera esposa. La mujer accedió a las pretensiones y unieron sus quereres. Nació la tercera y última hija. Ahora, reposado y sin remordimientos, está seguro de que no quiere engendrar otro heredero.

La desgracia acechaba. De la felicidad que proporcionaba el dinero pasó al dolor que produce una enfermedad degenerativa. El párkinson apareció y los ánimos decayeron, los amigos huyeron, los vuelos quedaron cancelados, los buenos días se opacaron, los viajes concluyeron.

Primera operación y nada cambió; segunda, tercera y cuarta intervenciones quirúrgicas en procura de aliviar el mal. Nada sucedió. A cambio, surgieron el desespero y el deseo por irse de este mundo. Cuando se debatía en esos pensamientos perversos, la mano amiga que necesitaba lo rescató y desde entonces lo tiene en otro universo.

La esposa, para hacerle llevadera la terapia, lo indujo a la pintura, así no tuviera conocimiento alguno de maestros, técnicas y colores. De arte solo conocía los cuadros que había comprado en algunos de los viajes por Europa y que colecciona en casa. Aceptó el reto y paso a paso se metió de cabeza en esa experiencia. Tanto, que cuatro años después, lleva la cuenta en 400 cuadros pintados.

Hace 7 años vive en Cúcuta. La casa es la diferente de la vecindad, está pintada de naranja, es de madera, escasean los muros de concreto y al abrirse el portón deja ver el Volkswagen amarillo descapotado que armó con piezas de tres carros que compró con ese fin.

Adentro, el espacio se reparte en la sala con muebles normales y una lámpara de madera; el estudio, en el que están los elementos de trabajo y varios cuadros. Otra habitación, que ocupa cuando entra en crisis, ahí también guarda cuadros; un tercer aposento, al que por vergüenza no se entra. La escalera de madera lleva a la segunda planta. A la parte trasera se llega por la cocina. El asador aguarda por invitados.

Las paredes se han convertido en la galería para mostrar la obra pictórica, la mayoría en lienzo, aunque hay algunos cuadros en carboncillo. De memoria hizo la clasificación, según el género. El mejor de los  rostros, es el de su padre. El hombre mira de reojo y fuma tabaco, tiene la barba blanca y la mirada fija en el hijo mientras lo pinta. Lo considera “muy real”. Hay dos autorretratos, uno de cuerpo completo y otro del rostro.

En el mejor sobre la naturaleza pintó guaduales. Está colgado en el comedor. Para recordar los viajes hizo homenaje a Florencia, la cuna del arte europeo, y pintó el puente emblemático de esa ciudad italiana. En lo abstracto la variedad es tal que no ha escogido el número uno. Seguro, lo tiene por ahí y no lo encontró en la memoria. Entre los dedicados a los animales muestra orgulloso el dedicado a dos glorias del fútbol colombiano, ‘Pibe’ y Tino’, los gatos que lo acompañan. ‘Feliz hallazgo’ recibió mención especial en el Salón del Agua del 2017, organizado por Aguas Kpital.

El primer cuadro que pintó, cuando aceptó la terapia, muestra los techos de las casas de La Candelaria, en Bogotá. Está cargado de colores, resalta el azul, golpea a la vista. Raro, no está colgado. Lo conserva. De la obra unos ha vendido; otros, regalado, y los demás, espera la oportunidad para exhibirlos. El sueño cercano es ganar el primer premio en el Salón del Agua de este año. El cuadro que expondrá está casi listo, faltan los retoques y nada más.

Luis Fernando Ruiz Moreno viste camisa colorida, quizás como fueron sus días. Ha vivido momentos inolvidables, ha gozado la vida, ha dado vida a dos mujeres y un varón. Lleva pantalón corto. La enfermedad lo hace sentir agotado, no acabado. De vez en cuando sonríe. La voz se aclara y se desvanece. En el computador tiene la foto de un hombre con un perro, será el siguiente cuadro que entregará en los próximos días.

RAFAEL ANTONIO PABÓN

rafaelpabon58@hotmail.com

Sobre Rafael Antonio Pabón

Rafael Antonio Pabón
Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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Un comentario

  1. Que buena historia

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