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El llamado ‘Malecón de los pobres’ es el paraíso contrastado con diferentes culturas y apretón de manos.

RUMBA. La Ciudadela Juan Atalaya tiene ‘Zona Rosa’

CÚCUTA.- No importan la religión, ni la raza, ni la vestimenta, lo importante es el tiempo dedicado a pasarla bien. Aquí comienza el recorrido por el paraíso. El nuevo mundo, como lo llamarían los jóvenes, y la zona más admirada por los que habitan allí. Para muchos, la semana laboral es pesada; para otros, todos los días son viernes, y más si las discotecas están abiertas.

Estos lugares, llamativos por la estructura, las luces que las rodean, la pista de baile y la atención de los administradores, son el paraíso para adultos y adolescentes, diversión para los niños, estrategia para los vendedores y dinero para los dueños. Esa es la Zona Rosa de la Ciudadela Juan Atalaya, en el barrio Niña Ceci.

Es el sitio para pasarla en familia, vivir de rumba y consumir alcohol. Son cinco días a la semana, que parten el viernes. Ese viernes que para la mayoría es Nochebuena, porque la noche es la diversión, el plan perfecto y demás sensaciones para compartir con amigos, familiares o vecinos.

La hora y el espacio son lo de menos. A lo largo de siete cuadras se vive la música, trago sobre trago, comidas rápidas, casetas, motocicletas y gente de cualquier edad. El ambiente es atractivo, la temperatura sube a los 30 grados, pero todos los atalayenses saben que la noche es para disfrutarla.

El encuentro empieza, a más tardar, a las 9:00 de la noche y no hay límite para terminarlo. Lo que comenzó con el simple apretón de manos, termia al día siguiente con la pregunta ¿qué paso ayer? O más de uno se citó para tomarse un par de tragos, no hay preferencias si es cerveza o aguardiente. Mientras unos beben, otros cenan hamburguesas o perros calientes. Los niños disfrutan al máximo en el parque de La Media Luna en los columpios, los resbaladeros  y  demás juegos.

La mente está ocupada en cualquier pensamiento y las discotecas La Colegiala, Basurto y La Posada de Chela esperan clientes. En las calles se escuchan gritos de acera a acera, carcajadas, pasos, ruido de motos y música que va de los vallenatos a los corridos.

La noche sigue su curso. Los niños lo saben, es hora de regresar a casa. La noche es más activa sin niños de por medio, es el turno de los adultos. Los disyoqueis en cada discoteca seleccionan música de más ambiente. Otra copa de trago. La noche es para terminar embriagado o quedar sobrio.

La iglesia María Auxiliadora, el colegio Claudia María Prada, el CAI de la Policía y el puesto de salud hacen parte de este panorama. En el puesto de salud y en los alrededores siempre está aquel hombre uniformado, megáfono en mano y apariencia de coronel. Mide 1,70 metros, lleva estrellas en cada hombro y el radio para comunicarse.

Ese es el personaje más querido por los visitantes asiduos de la Zona Rosa. Camina por las calles sin necesidad de buscar problemas, va concentrado en su mundo, ese mundo que para algunos es absurdo. Los niños lo toman por loco, pero para los demás es el señor policía. En casi toda una vida vivida en este entorno se ha ganado el respeto por el carisma para tratar a los demás y por la humildad, como característica.

Es casi media noche. Hay más ruido en casetas, esquinas, panadería y La Media Luna. La noche está apropiada para botar el sudor en la pista y llegar tarde a casa.

En cada calle se oye a los bebedores cantar a todo pulmón, unos por despecho otros por reír a medida que pasan las horas. Es el prestigioso lugar de descanso, de rumba y no parar de bailar en lo que falta para empezar la madrugada.

Sí se acaba el trago, no hay preocupación, se pide más y más, hasta decir que el hígado está listo y que los pies no resisten por haber disfrutado tanto, y más para las chicas que llevan tacones, esos que sacan ampollas por haberlos tenido toda la noche en una discoteca, o de tanto caminar por de calle a calle para buscar lo que quiere tener para terminar la fiesta.

No hay fin de semana que la Zona Rosa esté vacía, sin un alma, ni que los lugares más acogedores como los bebederos o para compartir con la familia estén cerrados. Esta es la popularidad de Atalaya, sitio de disfrute y de no acordarse cómo pasarán las siete horas que faltan para que sea sábado o domingo.

El llamado ‘Malecón de los pobres’ es el paraíso contrastado con diferentes culturas y apretón de manos. Esto es la Zona Rosa, impactante por el atractivo espacio para pasar una noche agradable.

YULIANA MARTÍNEZ

Estudiante de Comunicación Social

Universidad de pamplona

Campus de Villa del Rosario

 

Sobre Rafael Antonio Pabón

Rafael Antonio Pabón
Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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