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Desde niño formó parte de grupos musicales, teatro y malabares, guiado por su madre María Valentina de quien heredó el más preciado tesoro, las creencias indígenas.
Desde niño formó parte de grupos musicales, teatro y malabares, guiado por su madre María Valentina de quien heredó el más preciado tesoro, las creencias indígenas.

PERFIL. ‘Chogún’: Hagamos juntos una mejor sociedad

El momento de trascender es único para el hombre, su proceso de formación aumenta con el pasar de los años. El desgaste que provoca el recorrer la vida desvanece las esperanzas. Un objetivo alcanzado acopla los intereses particulares que concibe su andar. Una ilusión, el despertar cada mañana para quien eligió las artes como medio de insurrección.

Una corbata, nariz de payaso, medias largas de colores, camisa manga larga, barba, tirantas, sombrero negro y un cartel con letras en azul y rojo (que simbolizan la división política de la región): “Hagamos juntos una mejor sociedad, donde no se viva de las necesidades humanas”. Así es el payaso Chogun en las presentaciones diarias en los semáforos de Cúcuta.

Juan José o ‘Chogun’, como es conocido en el medio, desarrolló su vida en un ambiente artístico. Desde niño formó parte de grupos musicales, teatro y malabares, guiado por su madre María Valentina de quien heredó el más preciado tesoro, las creencias indígenas. “Mi vieja fue una gran sabia”, dice entre los dientes y con tono melancólico al recordarla para agradecerle por cada enseñanza y por la inspiración de innumerables momentos, aquellos que parecían no parar.

“Un río que perdió el cauce y se desvanece en el horizonte. Un sentimiento que estimuló mi pasión por el circo y un estilo que se sale de los códigos sociales. Una semilla que florece día a día en el imaginario”.

Tal vez sin una figura paterna, pero con la imagen intacta de lo que fue en lo poco que compartió, Juan José no fue lo que las esferas sociales pronostican. Se convirtió en payaso, uno al que los años no le puedan desarraigar la alegría que caracteriza a los venezolanos.

Oriundo de las aguas del río San Pedro, en Los Teques. Tiene 32 años. Llegó a la ciudad meses atrás con el propósito de mostrar otra cara de su tierra, una a la que la delincuencia y la inseguridad no han permeado. Una colmada de riquezas culturales dispuestas a ser reconocidas.

En el andar como cirquero disfruta del conocimiento de diferentes culturas, rasgos que hacen a cada civilización única. “Cada enseñanza es gratificante, esperaba encontrarme algo nuevo en cada viaje”. Además de Colombia, ha estado en Argentina, Brasil, México, Honduras, Guatemala y Costa Rica, emanando en cada faro la torpeza que diferencia su personificación.

Juan José disfruta del ambiente alejado de la globalización, no pierde instante para revivir el niño que lleva dentro. Cuarenta segundos son el pasaje al recuerdo de aquella infancia que marcó las largas rutinas en el conservatorio de música ‘Vicente Emilio Sojo’, en Barquisimeto, su tierra adoptiva.

En el morral lleva ilusiones y con el corazón arrugado por el eco que provocan en la mente las palabras de su madre le dijo, “el circo no hace ni forma hombres”, cuando decidió salir al mundo con lo que lo hace especial, el humor. Hoy, después de mucho tiempo, retribuye a estas palabras el motor de no decaer, de no sentir la frustración que lo persigue.

Consumido por la mala imagen que han dejado algunos colegas, compañeros de viaje, emprende con cada presentación de fuego, platos chinos, malabares, magia, teatro, equilibrio la dignificación del espacio escogido. Un espacio inoportuno para muchos, el especial para ellos. El único de aceptación al que el acoso e indiferencia social los llevó. Un espacio al que le debe los mejores años de la vida. El que le arranca lágrimas de desesperanza en los momentos más tristes.

Distanciado de su amor, su hija, a la que debe miles de explicaciones, a la que sacrificó por amor al circo, la misma que lo entristece cuando hablan por teléfono, es a la que le debe cada gota de alegría. Por ella lucha cada día con el afanoso deseo de ser el mejor espejo para Luz.

Al que su tierra adoptiva Cabudare (Barquisimeto) recuerda y anhela volver a ver en función en las calles. Al que trabaja día a día por la reconstrucción de la identidad del país. La misma que se cae a pedazos, esa a la que los números circenses hostigan para no dejar morir.

Hoy, hace parte del elenco de artistas del taller títeres de Colombia y roba sonrisas en las periferias de la ciudad con el mejor arma: el arte. A diario expresa un sinfín de sentimientos, esos a los que la distancia no derrumba y permite la realización del principal propósito, “Hagamos juntos una mejor sociedad sin barreras alejadas de los prejuicios”.

ROXANA RINCÓN

Foto: RUBÉN AGUDELO

 

 

Sobre Rafael Antonio Pabón

Rafael Antonio Pabón
Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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