A huge collection of 3400+ free website templates JAR theme com WP themes and more at the biggest community-driven free web design site
Inicio / crónicas / El Eustorgio Colmenares que conocí

El Eustorgio Colmenares que conocí

CÚCUTA.- Ha pasado mucho tiempo desde aquel momento que tuve el primer contacto con el director de La Opinión, Eustorgio Colmenares, para entregarle la hoja de vida y aspirar a formar parte del grupo de redactores del periódico.

En la Universidad de la Sabana aprendí el arte de escribir. A lo largo de cuatro años los profesores se esmeraron en que terminara la preparación académica con buenos conocimientos. Las notas no importaban, interesaba el cúmulo de datos almacenados en el cerebro para responder como profesional.

A la despedida de compañeros y docentes solo tenía una frase que se convirtió en deseo. Llegaría a Cúcuta para trabajar en La Opinión o en Caracol. No podía salirme de esas empresas. Así lo tenía entendido y era la ilusión del recién egresado de una carrera en la que el título universitario no hacía falta, porque los exponentes del oficio habían escalado posiciones merced a la experiencia.

Ese anhelo no se cumplió. En la cadena radial oficiaban como periodistas Ismael Contreras y Arbenis Petit López, dirigidos por Carlos Pérez Ángel. Imposible que un imberbe les ganara el puesto a esos veteranos del micrófono. En el periódico laboraban Gustavo Salazar, Nahún Sánchez y un joven llegado de Medellín. Era enero de 1985. La hoja de vida quedó en las gavetas del escritorio de Juanita, la secretaria.

Radio Tasajero fue el refugio. La falta de paga me llevó, en abril, a aceptar la oferta de trabajo de Fredy Parada para que formara parte del equipo de Súper Noticias, en Radio 900. La coordinación periodística estaba a cargo de Jorge Eleázar Suárez. Participar en ese espacio radial fue una buena experiencia por el ambiente, los compañeros, el conocimiento adquirido y el desempeño profesional. Tampoco hubo paga.

Hasta que llegó el dato esperado. Comenzaba agosto. Nahún supo del retiro de su compañero de redacción en el periódico y pasó la voz. Otra hoja de vida y una nueva ilusión. Volver a subir las escaleras de madera con el sobre en la mano aceleró el ritmo cardiaco y despertó una sensación rara. Los minutos trascurrieron mientras permanecía sentado en un sofá de cuero en la sala de espera del despacho del director de La Opinión.

El señor se veía serio. De edad. Llevaba un cigarrillo blanco en la mano. Bien vestido y con corbata. Se paró en la puerta, miró y volvió a su escritorio. No dijo nada. La mente armó su cuento y creó imágenes etéreas. A esa hora se tiene comezón en el cuerpo. La voz femenina ordenó seguir a la oficina. En el escritorio de madera había muchos papeles y un cenicero. Atrás, estaba la máquina de escribir, parecida a la utilizada en la universidad para hacer las tareas de redacción. Esas teclas escribieron muchas notas para el periódico.

El hombre que estaba sentado en la silla de cuero tenía un halo indescifrable. Se veía bonachón. Tenía cara amable y palabras sencillas. Parecía un cucuteño bien educado. Se recostó y lo primero que preguntó fue por la preparación académica. Eso dio confianza. En la casa del barrio Belén y en la universidad aprendí a respetar a los mayores y a responderles con educación. La respuesta salió espontánea.

–         ¿Disponibilidad para empezar a trabajar?

Esa pregunta era la que esperaba con ansiedad. De entre las piernas salió el sobre de manila con la hoja de vida y pasó rápido por encima del escritorio. Al otro lado una mano segura lo tomó, lo abrió y sacó el documento.

–         Inmediata, Doctor.

La respuesta demoró fracciones de segundos y estuvo acompañada por una sonrisa nerviosa. Acababa  de dar un sí comparado con el sí que se da en la iglesia en el momento del matrimonio. Acababa de asumir una responsabilidad enorme. Acababa de comprometerme a hacer parte del cuerpo de redactores de La Opinión. Y ahí estaba, sentado, tranquilo, recostado, ese hombre que me había dado la oportunidad de ser  periodista en el periódico. Y tendría una paga.

Los años trascurrieron en medio de esas enseñanzas que no requieren el grito, el regaño o el castigo. Una palabra, una frase, una expresión bastaban para entender la situación. La aclaración de una noticia mal presentada solo tenía una orden.

–         El que envenenó la perra, que la entierre.

Las explicaciones sobraban. No había más que acatar la sentencia y presentar al día siguiente la rectificación noticiosa. Eso lo entendieron a la perfección Carmen Cecilia Villamizar, Carlos Forero, Pedro Rodríguez, Isbelia Gamboa, Mario López, Patricia Giraldo, Celmira Figueroa, Pedro Jáuregui y Sixta Hernández, que pasaron por la redacción del periódico.

A este hombre de dichos y aplicación sencilla de la vida no le gustaban las notas largas, extendidas y que coparan la página completa. La variedad noticiosa era su preferencia. Por eso, en los recorridos vespertinos por redacción le llamaba la atención cómo de las máquinas de escribir descolgaban las tiras de papel con el contenido informativo.

–         Ala, mijo ¿se murió el papa?

La pregunta no buscaba una respuesta noticiosa. Era la mejor manera de llamar la atención acerca de la extensión de la nota. La respuesta del redactor daba para la tercera de las máximas, que también iba repleta de enseñanza así fuera corta.

–         Mire, métame los dedos a la boca.

Entre chanzas y juegos de palabras trascurría la vida en La Opinión. Los redactores se esforzaban por hacer bien el trabajo. No había computadores, ni satélite, los teléfonos eran fijos y los comunicados de prensa llegaban escritos en papel.

El 12 de marzo de 1993, el doctor Eustorgio Colmenares terminó, a la hora acostumbrada (5:00 de la tarde) la nota editorial para el día siguiente. Era viernes. Salió a la puerta principal del periódico y se sentó donde por mucho tiempo lo hacía para fumarse otro cigarrillo y ver pasar la gente. Lo saludaban y respondía con esa sonrisa sincera que no lo desamparaba. Se cruzó de piernas y esperó el momento indicado para partir a casa.

Doña Esther lo buscó, se agarraron de la mano, como siempre los vimos partir de la empresa, y caminaron hacia el estacionamiento. No tenían prisa. Los pasos, los últimos que dio en La Opinión, fueron normales, seguros y acompasados por los años.

El trabajo continuó hasta que la violencia lo interrumpió. La primera noticia la llevó un motorista. No la supo dar. Informó sobre la muerte de un hombre en El Malecón. La segunda llegó con mayor precisión. Sin medir consecuencias el portador de la mala nueva gritó desde la calle:

–         Mataron a Eustorgio.

De ahí en adelante cundió el caos. Los periodistas enloquecieron. Corrieron hasta la clínica San José para comprobar que era falsa alarma. Pero se encontraron con la verdad de frente. En el segundo piso del centro de salud estaba el doctor José Eustorgio, atónito, sin creer lo ocurrido. El cruce de miradas angustiosas bastó para corroborar el hecho. El abrazo se extendió por muchos segundos, días, meses y años. Todavía se siente.

–         ¿Quiere verlo?

–         Sí señor.

Sobre la camilla estaba tendido el hombre bueno que 91 meses atrás me  había permitido entrar a La Opinión como redactor y que luego me designó Jefe de redacción, a pesar de la oposición que le montaron desde la calle. Tenía el dorso descubierto y la sonrisa bonachona apagada. Las balas asesinas le callaron la boca y más nunca escucharía refranes con sabor a regaño y a enseñanza.

–         Varios hombres vestidos de negro se bajaron de una camioneta y le dispararon.

El relato lo hizo doña Esther, quien estaba sentada a su lado, en el sardinel de la casa, como lo hacían todas las noches después de comer y a la mejor manera cucuteña. Esos fantasmas salidos de la nada dieron uno de los golpes más duros a la sociedad cucuteña en las últimas dos décadas. Tanto se sintió en Colombia la muerte de Eustorgio Colmenares Baptista que la Fiscalía, 20 años después, acaba de declarar ese asesinato como crimen de lesa humanidad.

Así fue la vida de ese ser humano que un día conocí en su despacho y al que otro día acompañé hasta la última morada en la tierra. R.I.P.

RAFAEL ANTONIO PABÓN

rafaelpabon58@hotmail.com

 

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

Podría Interesarle

INFORME DE LA FM. Fiscalía pide investigar a William Willamizar por contratación en hospital de Ábrego

BOGOTÁ.- La FM conoció en primicia que hace dos semanas la Fiscalía solicitó a un …

2 comentarios

  1. No podía esperarse otra cosa que una excelente nota de un gran periodista como lo es Usted mi querido amigo Rafael Antonio. En su ameno y humano artículo describe su experiencia y relación con el doctor Eustorgio, durante esos años, que igualmente comparto porque también los viví en gran manera. Me hubiese agradado que narrara lo que pasó con el gran trabajo noticioso que hicimos en radio y que luego plasmamos en las páginas de La Opinión sobre los diálogos de paz entre el gobierno y la guerrilla de las farc que por esa época se dieron en Tlaxcala (México), pero por sobre todo, la reacción que tuvo el doctor Eustorgio y las consecuencias que ello implicó sobre nosotros ( ah… tiempos aquellos). En fin, es solo un comentario, una anécdota de las muchas que se pueden traer a colación sobre la vida y obra de Eustorgio Colmenares Baptista, de la cual , una parte, Usted ha escrito con calidez. Mario López

  2. Excelente Nota soy muy joven y no conocía este nombre más que por el Colegio ubicado en el Barrio el Salado….

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *