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CÚCUTA DEPORTIVO. A un partido de volver

CÚCUTA.- Los hinchas rojinegros de los años 90 se caracterizaban por la recocha, la euforia, la familiaridad más allá del grado de consanguinidad y el reconocer la derrota, costumbres que hemos perdido en la última década.

En 1997, el equipo no encontraba rumbo. Nos hundimos, literalmente, en lo último de la tabla. Las malas decisiones administrativas alejaron a los menos fieles de las gradas. Poco a poco la tribuna envejeció tras el abandonó estatal. El deterioro era evidente.

Las condiciones para volver a primera categoría se alejaban cada año. La gloria se desvanecía, como los nombres y las historias de esos viejos referentes del fútbol local. La identidad se había perdido y conseguir a un niño con la camisa del equipo era una proeza.

En las temporadas siguientes no mejoró el rendimiento. Las cifras del 99 todavía rondan por la cabeza de los historiadores. “Un año para el olvido”. En 20 partidos se lograron 2 victorias, 5 empates y 13 derrotas.

En la memoria está clara esa época. No importaban los resultados finales, éramos cómplices de la desdicha, salíamos felices con ver un gol a favor, así el marcador estuviera con tres en contra. El fracaso no hacía sucumbir a la pasión. Los domingos eran de visita al cementerio, mute y fútbol. 

Un año antes de la gloria

En el 2004, las curiosidades del fútbol truncaron la hazaña que el destino tenía preparado. El equipo motilón, a cargo de Eduardo Retat, leyenda del fútbol colombiano, había logrado una campaña exitosa. En la sexta fecha de los cuadrangulares del torneo de ascenso, un poder sobrenatural y la mano negra influyeron en los últimos cinco minutos para que se diera un marcador insólito que sacaba de las finales al Cúcuta Deportivo.

Nunca en mi vida había visto jugar a mi equipo del alma contra los grandes de la televisión. Soñaba, incontroladamente, desde que tenía memoria con ese momento imposible de superar. La espera se prolongó otro año.

Vamos “A” volver

Recuerdo el calor de esa fecha maravillosa, cuando todavía iba de la mano de mi padre al estadio General Santander. Eran las 8:00 de la mañana y las bocinas de aire comprimido de la barra ‘Los de siempre’  reventaban a altos decibeles las calles del barrio Lleras.

En los años anteriores había asistido sin falta a General y nunca vi el estadio al tope de la capacidad. Era 10 de diciembre de 2005. La temperatura de la ciudad empezaba a aumentar a los tradicionales 30 grados centígrados. Mi papá compró una paleta para aguantar las largas horas de fila que nos esperaban. Yo estaba en una especie de limbo, no molesté ni para ir al baño, fui consciente del momento tan importante y solo debía esperar con paciencia la hora del pitido inicial.

3:30 de la tarde. La bandeja oriental no soportaba un alma más, los muchachos de ‘La Trinchera Norte’ sacudían el humo rojo y negro de los extintores, los baldados de hielo derretido de los vendedores ambulantes volaban, la euforia del Indio Motilón hacía poner los pelos de punta,  ondeaba la bandera entre saltos, mientras bailaba a manera de ritual. Las recamaras de pólvora, los voladores, los rollos de máquinas de contaduría planeando en el aire dejaban una estela blanca en el campo de juego.

El borracho medio dormido, el que chiflaba como profesional, los pelados de las comunas, el que no consiguió entrada y se subió al árbol que sobrepasaba la vieja tribuna sur, las bombas infladas, los papelillos de periódico, los niños jugando con las latas de cerveza, el chicharrón acompañado del bofe y los comentaristas empíricos que veían el partido desde la vieja malla.

Una generación más fiel

Una institución como el Cúcuta Deportivo no tiene derecho a ganar de manera fácil. Como equipo chico económicamente le corresponde la parte más linda y larga del fútbol, la sufrida, la que causa angustias y desespero, pero que a final de cuentas arropa con pasión a los aficionados.

No quiere decir que no nos guste ganar torneos, pero no sería lo mismo. El sentimiento con el que empezamos a querer a este equipo es distinto al monopolio de títulos. La humildad y la devoción, probablemente, son la insignia de la tribu motilona, porque a la final son muchos los que juegan al fútbol y pocos los que ganan. 

La nueva generación de hinchas del Cúcuta Deportivo reconoce los canticos simples del “sí se puede” y las estrofas rimadas de historias de gitanas en los coros de la Banda del Indio. Compra la camisa original con orgullo por ser patrocinada y fabricada por una empresa regional y asiste sin falta en los mejores momentos “como todo seguidor de resultados”.

A pesar de las críticas de los más fieles e incondicionales, no deja de sorprender la grandeza y el acopio con que se vive cada partido. Desde la llegada de Lucas Pusineri, la confianza del plantel volvió, la seguridad de buen fútbol se siente en el campo de juego y en las tribunas. Y el sueño vuelve a nacer como hace más de 10 años, cuando esta generación vio por primera vez campeón al más grande del oriente colombiano.  

RUBÉN CAFÚ AGUDELO

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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