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La voz del convencimiento era la competencia para cada partido. A la gente le decían que con el carné que le daban en la mesa de votación, dentro de 15 días, podría tener un empleo. / Foto: pares.com.co

CRÓNICA. Mi trabajo no tiene precio

CÚCUTA.- 11 de marzo, día esperado por los colombianos. En el colegio Rafael Uribe Uribe, en el barrio Doña Nidya (Ciudadela Juan Atalaya), la multitud aguardaba desde las 7:00 de la mañana lista para votar a conciencia. Otros, en cambio, lo harían porque el voto tenía un valor. Las largas filas se estiraban en la sede educativa y casi completaban la vuelta a la manzana.

Desde el más joven hasta el más anciano llegaron esperanzados en acercarse pronto a la mesa de votación. Policías parados en puntos estratégicos cuidaban a los seguidores de cada partido que lucían camisas alusivas a los candidatos. El color que resaltaba en el grupo era el rojo.

Algunas mujeres de la tercera edad, acompañadas por hijos o nietos, tenían la mirada  perdida y no sabían a qué iban; otras, en cambio, preguntaban cómo era el proceso para votar. No faltó el aprovechado para recomendarle el logo del partido y el número del candidato a la Cámara o al Senado.

  • ¿Señora usted ya votó?
  • No, nada
  • Mire, cuando entra le piden la huella y la identificación. Luego, pasa a la mesa correspondiente. No se le olvide votar por este candidato. Llévese esto pegado bajo la camisa, porque la policía molesta por publicidad.

Mientras tanto, en la entrada la organización fue pésima. Ancianos en la fila aguantando el sol y sin una bolsa de agua. A algunos les obsequiaban refrigerio y hasta una camiseta del Cúcuta Deportivo. A cambio tenían que sufragar por el candidato que patrocinaba el atuendo rojinegro. De esa lealtad surgirían quienes estarían arriba, en el Congreso, mientras ellos seguían abajo, en cada barrio de la ciudad.

En pocos minutos la gente se empezó a empujar, porque había demora en la requisa de la policía en busca de publicidad para quitarla. Los ciudadanos abuchearon para presionar la agilidad en el proceso.  Un humilde hombre paseó el carrito de café durante la jornada de votación, trabajando con honestidad, en busca del sustento.

La voz del convencimiento era la competencia para cada partido. A la gente les decían que con el carné que le daban en la mesa de votación, dentro de 15 días, podría tener un empleo. Una mujer formal, con camisa blanca, trabajaba para un candidato, sonreía, estaba alegre porque le darían un puesto.

  • ¿Oiga ya voto?
  • ¿Qué me va a dar, a ver?
  • Mire colabóreme con el votico ¿sí? Le doy $ 10.000, o $ 20.000, hasta $ 30.000 le puedo dar.

Gritaba entre risas y  a los cuatro vientos sin importarle la presencia  policías y otros ciudadanos.

Muchos se mostraban ajenos a la hora de hablar sobre algún candidato. Caminaban serenos, tranquilos, seguros. Decían “a mí que nadie me venga a ofrecer plata. Hay que votar a conciencia”.

Un grupo de mujeres sentadas a la entrada del colegio, exhaustas por la jornada, conversaban acerca del pago.

  • A nosotras nos van a pagar $ 50.000, pero eso es lo del voto. Tenemos que votar por este candidato ¿A ustedes no le exigieron eso?
  • No para nada. Trabajamos, pero a la hora de votar, votamos por el que queramos. Nadie nos exigió nada.

El rostro de asombro fue inevitable al saber que el voto tenía valor, y los otros que trabajaban como ella estaban en libertad.

  • Decepcionante – dijo con un suspiro y voz entre cortada.

El candidato les había ofrecido trabajos, por aquello de que ‘favor con favor, se paga’.

Los agentes corrían de esquina a esquina para quitar la publicidad. Un patrullero llevaba en la mano afiches, calcomanías y volantes. En el rostro se reflejaba inconformidad y sin dañar los papeles los depositó en la caneca de la basura.

  • La publicidad está prohibida. Me la puedo llevar detenida si quiero – dijo el uniformado a varias jóvenes que descansaban cerca de una caja con propaganda política.
  • ¡Por usted me dejo llevar! – respondió una de las muchachas.
  • Esto es enserio. Ni camisetas, ni nada que tenga que ver con candidatos. No se puede tener nada acá – advirtió en tono serio el agente del orden y sin más rodeos botó la caja a la caneca y continuó el patrullaje por la zona.

Al final de la jornada, buena parte de los mayores de edad cumplió con el requisito de salir de  casa, con sol, a votar. El hombre del tinto cumplió con el doble objetivo propuesto para ese día. Sonrió y satisfecho  respondió, cuando le preguntaron si había votado, “sí, hace rato, y vendí todito”.

Esta es una de las diferencias que se encuentran en las jornadas electorales. Mientras unos buscan la manera de comprar votos, corriendo y analizando a todo aquel que llega al colegio; otros, encontraron la felicidad en el trabajo honesto. El hombre arrastró el carro de café, se alejó del lugar y regresó a casa a descansar. Votar había sido importante, pero no más que volver al hogar con el sustento familiar.

LUDY YULIANA MARTÍNEZ

Sobre Rafael Antonio Pabón

Rafael Antonio Pabón
Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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