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Desiré Romero, de 27 años, es de extracción humilde, nacida y criada en el barrio Carapita, uno de los más pobres de Caracas. La situación del país la hizo emigrar. / Foto: www.contraluzcucuta.co

CRISIS EN VENEZUELA. “No todos los venezolanos somos malos”

CÚCUTA.- El parque Santander es el corazón de Cúcuta. Otrora por este espacio desfilaron cantidades de venezolanos orondos, porque tenían poder económico y en los bolsillos guardaban los miles de bolívares que hacían felices a millares de cucuteños. Los precios en las vitrinas de los almacenes aparecían en moneda extranjera y los empleados daban atención preferencial a hombres y mujeres venidos de cualquier estado vecino por sobre los nativos.

Hoy, en un rincón de la plaza mayor de la capital de Norte de Santander, se muestra la realidad que vive el pueblo hermano. Un grupo de venezolanos, arropados con el tricolor, recauda fondos, comida, pañales, leche, alimentos no perecederos, zapatos y cualquier otro producto para enviarles a los niños de Caracas.

Esta es la fiel imagen de la denuncia formulada en la Asamblea 43 extraordinaria plenaria de la Conferencia Episcopal Venezolana. Arzobispos y obispos unieron la voz para denunciar la descomposición social que afrontan los venezolanos, agudizada en los últimos meses y que ha cobrado decenas de vidas. La gravedad de la crisis también se manifiesta en hechos concretos que la han radicalizado y han producido desconcierto y desaliento en el pueblo.

Desiré Romero hace parte de esos hombres y mujeres que se han atrevido a buscar ayuda fuera de su patria, porque “tenemos muchos niños en las calles comiendo de la basura, muchos indigentes, mucha inseguridad”. Los jerarcas católicos también reconocieron esta condición miserable que afrontan los patriotas y señalaron que  “crece el hambre por no conseguirse los insumos necesarios debido a la falta de producción y las políticas económicas”.

La violencia en las calles de cualquier ciudad venezolana ha aumentado “con acciones que van desde la ofensa personal hasta atentados contra la paz ciudadana, como los saqueos y enfrentamientos entre grupos”. Esas imágenes escabrosas llevan a Desiré a decir que “necesitamos que nuestro país resurja de las cenizas. Somos un país fuerte y sabemos que vamos a salir de esta situación”.

Esta madre de tres hijos, con la poca cuota de alegría que le queda para vivir, es consciente de que “este ‘granito de arena’ no nos va a solventar los problemas que tenemos, pero por lo menos es ‘un pañito de agua tibia’” para soportar las calamidades que han vivido en la última década. Y los prelados lo expresaron en el último documento: “La desesperanza se apodera de la gente y se va perdiendo el sentido de la vida y no se ve un futuro promisor para los jóvenes”.

Esta mujer espigada, de hablar rápido, lleva ocho meses en tierra colombiana. Un día tomó la decisión de viajar a un mundo desconocido para evitar que los hijos pasen hambre, y aquí está. “Jamás imaginé emigrar de mi país”. El momento de partir había llegado. Atrás quedó la familia y se embarcó en el autobús “con una mano adelante y otra atrás”. En Cúcuta, no le ha ido mal, porque trabaja en lo que le salga.

En la ciudad, se ha creado el estigma de achacarles a los venezolanos la mayoría de delitos cometidos en los últimos meses. Robos, atracos, raponazos, asaltos a mano armada y crímenes tienen como autores materiales a quienes han pasado la frontera para huir del régimen socialista que los aprieta.

“No todos los colombianos ni todos los venezolanos somos iguales. Hay venezolanos trabajadores, honrados y decentes que hemos estudiado y nos hemos preparado”, es la respuesta de esta mujer de 27 años, les pide a los cucuteños que no les cierren las puertas. “No todos los venezolanos somos malos. Aquí hay muchas personas buenas y sé que nos quieren brindar apoyo, por eso lo hacemos públicamente, para que la gente tenga credibilidad”.

Desiré Romero es de extracción humilde, nacida y criada en el barrio Carapita, uno de los más pobres de Caracas. La situación del país la hizo emigrar. Antes de cruzar el puente internacional laboró como empleada en una multinacional de comidas rápidas, vendió zapatos, atendió tiendas, montó un negocio de apuestas y una agencia de loterías.

Recostados sobre uno de los postes del alumbrado público del parque están las pocas mercancías recogidas. El anhelo es que haya más solidaridad para enviar esos productos hasta Los Teques y alegrar a varios hogares que no los tienen. Los años de bonanza han pasado. A los antes anhelados bolívares, ahora les hacen el quite para no recibirlos.

RAFAEL ANTONIO PABÓN

rafaelpabon58@hotmail.com

Sobre Rafael Antonio Pabón

Rafael Antonio Pabón
Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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