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Actuar con ética no impedirá jamás cumplir a cabalidad con las responsabilidades que nos impone el periodismo, y que son muchas.
Actuar con ética no impedirá jamás cumplir a cabalidad con las responsabilidades que nos impone el periodismo, y que son muchas.

CONFERENCIA. Ética: recto, conforme a la moral. Hético: Muy flaco y casi en los huesos

Comienzo con la definición que da la Real Academia en el diccionario.

ÉTICA.

Recto, conforme a la moral. Conjunto de normas morales que rigen la conducta de la persona en 

cualquier ámbito de la vida. Ética profesional, cívica, deportiva.

Parte de la filosofía que trata del bien y del fundamento de sus valores.

Ahora, si alguien lo quiere escribir con hache, bien puede, pero tenga en cuenta estas definiciones.

HÉTICO, CA.

Adjetivo. Perteneciente o relativo a la tisis o a los tísicos.

Adjetivo. Muy flaco y casi en los huesos.

La segunda de las definiciones con hache nos sirve para decir que quienes actuamos con ética profesional, en esto del periodismo, casi que andamos en cueros, paseamos por las calles los huesos al aire y morimos bien flacos. Así, nos quisieran ver aquellos que no tienen ética, esta vez sin hache, y que llevan una vida desordenada en lo mental y profesional.

En la universidad de la Sabana aprendí los valores de la ética periodística. Ustedes saben, y no es clase de catecismo, ni de religión, solo una referencia histórica personal, a ese centro de estudios superiores de la capital del País la regenta el Opus Dei, orden religiosa prestigiosa, amada por muchos y desprestigiada por otros cuantos. Mis profesores de ética tuvieron a bien asegurarse de que aprendiera las lecciones, las memorizara y las aplicara de ahí en adelante. Eso ocurrió entre 1981 y 1984.

Las disertaciones en el aula de clase, más las discusiones con los compañeros, sustentadas con el ejemplo de vida de los maestros, entre quienes recuerdo a los doctores Abelardo, Eugenio, Fernando Ávila, Mercedes Ochoa, sirvieron para que en el ejercicio del periodismo como proyecto de vida no cayera en las garras del mundo que se vive fuera de los salones de clase. Las sedes de la Universidad, que eran casitas de un barrio de la Bogotá de la década de los 80 del siglo pasado, deben preservar esas lecciones que marcaron el futuro de los estudiantes, y que hoy es presente sin final.

Las palabras exactas de los docentes no las recuerdo. En cambio si tengo vivas las imágenes de hombres y mujeres, vestidos con elegancia a la mejor usanza bogotana, mientras impartían sus lecciones de ética sin pronunciar frase alguna. Tan solo con verlos se podía notar que eran seres humanos sin  tacha, responsables y llenos de virtudes que los alumnos no podían desperdiciar y por eso se los contemplaba con tanto respeto que hasta podría chocar con la veneración.

Luego, al llegar a la vida de la calle, al enfrentar la realidad que dan las ciudades, encontré el lugar perfecto para vivir con ética y mantener firme el conocimiento adquirido en los salones de las sedes aquellas de la capital de la república. No entré a una casita como las de la universidad, sino a una Quinta. Casona con frente arquitectónico impresionante, rejas en hierro forjado, puertas grandes de madera y muchos recuerdos en el interior.

La Quinta Yesmín aguardaba por ese imberbe periodista que solo traía ilusiones en la mente y muchos conceptos teóricos sobre esa profesión que comenzaba a desdibujarse por el actuar antiético de quienes la ejercían. En ese inmueble antiguo que hizo parte de la historia cucuteña y que junto con otras quintas de los alrededores resultaron absorbidos por el modernismo, como complemento de lo asimilado en La Sabana, me recibieron dos hombres rectos, correctos y  dignos de ser tomados como ejemplo para el resto de la vida.

Sin saberlo, ni ellos, porque no estaban para eso, sino para generar opinión en la Cúcuta de la época, ni yo, porque lo único que deseaba era poner en práctica los conocimientos adquiridos luego de madrugadas bogotanas, trasnochos fríos, desplazamientos largos en buses y sueños golpeados contra las ventanas de busetas, nos encontramos como los alfareros que esperan el barro para formarlo y transformarlo en vasija. Las únicas herramientas empleadas en el taller para darle la figura deseada no eran otras que las del ejemplo y la ética.

Eustorgio Colmenares es uno de los dos maestros que el destino tenía preparados para que me recibieran en La Opinión, periódico del que solo guardo los momentos felices compartidos. Los malos, si los hubo, he preferido olvidarlos. Quienes conocimos a Eustorgio Colmenares pudimos aprenderle que una frase decente vale más que un insulto, que un reproche con elegancia tiene mayor valor que una grosería y que una sátira bien aplicada vale más que cualquier discurso sobre ética.

Imagínense ustedes, jóvenes estudiantes de comunicación social de las universidades Francisco de Paula Santander y de Pamplona, que un día cometen un error en la presentación de la noticia, llega el director con la carta de la rectificación en mano, pregunta quién es el autor de la nota y el temeroso redactor levanta el brazo para responsabilizarse. El director lo mira, esboza una sonrisa socarrona y dice con voz grave: “El que envenenó la perra que la entierre”. ¡Por Dios!, que regaño tan grande, tan elegante, tan lleno de sabiduría. Eso es actuar con ética desde los cargos elevados que impone la organización de la empresa.

Y ¿qué hace el muchacho después de oír esas palabras y recibir el documento remitido por la fuente ofendida por la nota que escribió con responsabilidad? Tomar el papel y defenderse, con respeto, delante del director para  no caer en pretensiones ni en argumentos fallidos. La verdad primará y para tenerla de nuestro lado solo hay que buscarla, esgrimirla con seguridad y exponerla con convicción. Seguro, el director notará que esas palabras componen una oración con sentido completo y cargada de ética.

Cicerón Flórez, aquí presente, es el segundo de los maestros. Basta con escucharlo hablar para discernir la sabiduría que lleva a cuestas. La vida que comenzó en su tierra natal lejana lo enseñó a actuar con rectitud, que es sinónimo de ética, y lo mantiene en ese camino correcto en el que no faltan las tentaciones venidas de políticos, funcionarios, empresarios y demás especies dañinas de conciencias.

Pronunciar su nombre invita a la genuflexión, pero no aquella, producto de la adulación, el halago y la lisonja en procura de una remuneración. No, invita a bajar la cabeza con admiración por lo que significa vivir con la testa erguida en medio de tanto ser humano falto de ética. Invita a reconocer en alguien los valores de la humildad y la sencillez. Invita a querer ser su amigo y a estar en la lista de los que con respeto siguen su ejemplo, así en alguna oportunidad haya habido un descarrilamiento.

Estos dos ejemplos los traigo a colación para dejar constancia del mundo en el que me he movido y del que no he querido salir, no por confort, sino por convicción. Estoy plenamente seguro, y si me lo permitieran lo juraría por este puñado de cruces, que quienes aprendimos a vivir con ética también somos felices y tenemos los suficientes bienes materiales como para no envidiar a nadie.

Actuar con ética no impedirá jamás cumplir a cabalidad con las responsabilidades que nos impone el periodismo, y que son muchas. Responsabilidades con el hogar, la empresa, la comunidad y la sociedad. Responsabilidades que en ningún momento son de difícil acato, porque la conciencia dicta los preceptos y la razón los ejecuta. Actuar con ética es no quitarle un minuto al trabajo, es estar presto para atender los requerimientos del oficio, es llegar hasta donde la mentira nunca accederá.

En Cúcuta conocemos casos y nombres de hombres y mujeres que sin rectitud alguna se prestan para menesteres ajenos a las leyes divinas y humanas. En la ciudad abundan y están señalados por los cucuteños, que los miran con desdén y desprecio. Ellos lo saben, y como niños caprichosos levantan los hombros, porque no les importan esas imágenes antiéticas que irradian.

Ellos, metidos en la burbuja del orgullo, de la soberbia y del engreimiento han creado ese mundo y se engañan al creerse felices.

El vivir en casas lujosas, conducir autos de alta gama, vestir trapitos de marca y visitar restaurantes afamados también les es permitido a los periodistas y comunicadores que anteponen la ética a cualquier lisonja, venga de donde venga.

María Teresa Herrán y Javier Darío Restrepo, en el libro Ética para periodistas, dicen que “ética es la ciencia de los valores morales y de su realización por obra de los hombres”. Ética y moral, en consecuencia, van de la mano, y la moral, para la Real Academia de la Lengua, es lo “Perteneciente o relativo a las acciones de las personas, desde el punto de vista de su obrar en relación con el bien o el mal y en función de su vida individual y, sobre todo, colectiva”.

Corresponde a cada uno de ustedes escoger el sendero por el que mejor cree que puede transitar. Algunos, como esos colegas a los que tampoco les importa ser a cada instante objeto de burlas por lo que fingen ser delante del micrófono o escondidos detrás de las pantallas de la computadora, dirán que merecen vivir esa vida holgada, pagada con dineros mal habidos y plagada de excentricidades, porque para eso estudiaron cinco años en la universidad.

Otros, por el contrario, preferirán vivir con los suficientes recursos, no malgastarlos ni meterse en inversiones que luego perderán. Estos, seguro, serán más felices, porque podrán estrechar la mano de quienes intentaron sobornarlos y no pudieron.

Tendrán la moral por lo alto y la ética en el máximo punto de ebullición. Tanto, que quienes los conocen dudarán para acercárseles con propuestas indecentes.

“En contexto filosófico, la ética y la moral tienen diferentes significados. La ética está relacionada con el estudio fundamentado de los valores morales que guían el comportamiento humano en la sociedad, mientras que la moral son las costumbres, normas, tabúes y convenios establecidos por cada sociedad”, es el aporte del portal www.significados.com.

Hoy, el mensaje que quiero plantar es fácil. Desde este salón amplio y cómodo voy a salir con la frente en alto, porque supe hablarles a los ojos, sin ruborizarme, sin titubear, porque he dicho la verdad. Quizás no sea tan HÉTICO, con hache, como muchos quisieran verme, y eso es porque quien actúa con rectitud también consigue para pagar el pasaje en buseta.

RAFAEL ANTONIO PABÓN

rafaelpabon58@hotmail.com

Conferencia ofrecida en la Universidad

Francisco de Paula Santander

Marzo – 2017

 

Sobre Rafael Antonio Pabón

Rafael Antonio Pabón
Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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