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HABITANTES DEL RÍO (3). Los nuevos ‘pancheros’ son de playa seca

Es otro día. El sol abraza. Es un poco más del mediodía. El recorrido comienza cerca del lugar donde terminó la primera parada. El patinadero, por la hora, está solo. Los trabajadores de la construcción que en poco se convertirá en moderna clínica no tienen problemas con el calor. Al otro lado, dos hombres le sacan los últimos peces al río Pamplonita, los arreglan y los llevan en un recipiente, quizás, para venderlos en el mercado; quizás, para consumirlos en casa.

La corriente del río baja lenta. Años atrás abundaba y la costumbre de los cucuteños era pescar panches. Una parte de la población, residente en el barrio San Luis, se ganó el remoquete de ‘los pancheros’, justo por ese oficio. La tarea se cumplía a mano limpia y piedra por piedra, hasta despegar los panches. Esta era una manera de sobrevivir. Ahora, la contaminación, la escasa fuerza del agua y el poco cuidado por parte de las autoridades ambientales no permiten que haya estos peces. Hasta el apodo desapareció.

En este punto termina el recorrido de El Malecón, aunque la avenida Los Libertadores continúa hacia el aeropuerto Camilo Daza. Socialmente, es un lugar signado como estratos 4 y 5. De la vía pavimentada hacía allá hay una ciudad que se mueve al ritmo de la cotidianidad. Las familias tienen la comodidad que da el trabajo, gozan de las prebendas que ofrece el bienestar, disfrutan con las ganancias ocasionales y aprovechan las oportunidades para vivir como lo han planeado. Son vecinos de los agentes que cuidan el CAI de la Policía, de los estudiantes de la Universidad Francisco de Paula Santander, de los comensales en los restaurantes, de los bebedores en los bailaderos, de los asistentes los viernes a las veladas culturales en el Puente de Guadua y de quienes transitan a velocidad por la avenida.

De la barda que separa a esa ciudad con el río, hacia adentro, hay otro mundo. Es el mundo de hombres que decidieron entregarse en cuerpo y alma al consumo de las drogas. Es el mundo de unos seres que no parecen humanos. Es el mundo de mujeres que prefirieron la soledad en compañía de sus semejantes tan miserables como ellas. Es el mundo que en el ‘exterior’ se desconoce, porque para quienes no pertenezcan a este mundo está prohibido asomarse, y más si van con el simple objetivo de fisgonear para salir a contar. Es el mundo que reina debajo del puente ‘Jorge Gaitán Durán’.

‘El Soldado’ y otros están sentados o acurrucados en el piso. Una tapa plástica de gaseosa, un pedazo de bolígrafo y un trozo de papel aluminio sirven para armar la pipa artesanal con la que continuarán el consumo de bazuco. El hombre de mayor edad mueve las manos con nerviosismo. Hay intrusos en el lugar y sin saber con qué intención. No habla, continúa la labor de preparar la dosis, hasta que termina. Sin decir palabra alguna pide prestado el encendedor, lo acerca a la boquilla, se lleva la pipa a la boca, aspira y comienza otro viaje hacia ese sitio imaginario donde el estupefaciente lo trasporta.

La mujer delgada, morena, joven entre los demás miembros del grupo, no levanta la cabeza. Viste de negro, para hacer juego con ese presente que vive. Tampoco habla, como señal de conformismo con lo que vive, solo musita algunas palabras con quien tiene al lado. Quizás conversan acerca de la inesperada visita que interrumpió ese sagrado momento de elevarse con ayuda del bazuco, o quizás reflexionan sobre lo que podría ser una aparición imitable. Está inquieta, no se halla, los movimientos delatan ansiedad, tal vez quiera que la dejen sola o que la rescaten.

Arriba, escondido entre los espacios que ofrece la estructura de cemento, se asoma otro habitante. El personaje enigmático no se deja ver. Consume agua y vuelve a la clandestinidad. Así, puede haber otros seres metidos en las cavidades que los diseñadores dejaron como protección del puente y que con el tiempo se convirtieron en ‘habitaciones’ para quienes en la vida real no tienen un techo seguro.

Francy es la veterana del grupo. Pasa de los 60 años, o al menos eso es lo que aparenta. Reparte bendiciones a diestra y siniestra, está cuerda en medio de esta locura que comparte. No se sabe de quién es mujer, pero cumple con las funciones de una mujer normal en una casa normal. Es la más habladora, no teme expresarse y lo hace con el vocabulario aprendido en este ambiente. El vestido que lleva, seguro, algún día perteneció a una ‘dama’ de las que viven afuera y que no sabe dónde anda aquella prenda que regaló.

En una silla pequeña, de madera, está Diego. Permanece agazapado. Está ido. Mueve la cabeza en busca de orientación. Los ojos no tienen el objetivo fijo. Los brazos no responden a las órdenes cerebrales para ponerse el saco y taparse el abdomen flaco, marcado con una herida fresca. Pareciera ser el jefe, pero en esas condiciones cualquiera puede sublevársele a una orden. Su mundo no es de este mundo.

Aquí no hay pertenencias. Hay basura, desechos, cartones, piedras, hambre, miseria. El rancho no tiene forma de casa. Una columna del puente sirve como pared principal. Lo demás, es tan frágil como la vida de estos seres que se apartaron de la ‘sociedad’ para crear un universo, hacerlo propio y soportarlo en medio de la total carencia material. ‘Vida de perros’ podría decirse; pero, seguro, hay perros que viven en mejores condiciones.

PARTE – 4. Parte oficial, programas no cumplidos

RAFAEL ANTONIO PABÓN

rafaelpabon58@hotmail.com

Foto: www.contraluzcucuta.co

HABITANTES DEL RÍO (1). “Aquí, escondiéndonos de la sociedad”

HABITANTES DEL RÍO (2). Cúcuta, dos décadas sin vida

 

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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