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130 abuelos de Cúcuta viven sus Atardeceres Floridos

CÚCUTA.- La violencia se ha ensañado con Flor de María Urbina, de 82 años, pero no le ha arrebatado la alegría de vivir. Por el contrario, la ha fortalecido para mantener el hogar, a pesar de la viudez, y para enfrascarse en un programa de sentido social.

Han pasado muchos años desde que se convirtió en víctima de los enfrentamientos partidistas. En esos lejanos días, los conservadores perseguían a los liberales y viceversa. Hoy, el recuerdo vuelve con claridad a la mente de esta mujer, no a manera de reclamo sino como otra vivencia.

Flor nació en Cucutilla, municipio cafetero al occidente de Norte de Santander. La familia campesina llevaba la vida normal hasta que el enfrentamiento por  defender ideas políticas antagonistas derramó sangre en el suelo patrio y dejó desarraigados a muchos hombres y mujeres.

Esa violencia entre rojos y azules sacó a los Urbina del pueblo natal y los hizo huir hacia Salazar de las Palmas, luego a Durania y Villa Sucre en busca de refugio y de otra oportunidad para existir.

Después de ese difícil caminar de pueblo en pueblo Flor llegó a Cúcuta. Vive en el barrio Panamericano, en la Comuna 6, es hermana de monseñor Oscar Urbina. La casa tiene un enorme patio, en el que cabría con comodidad una cancha sintética para la práctica del fútbol y sobraría espacio para el área social.

Es modista y en cumplimiento de ese oficio cosió para las prostitutas de la zona de tolerancia La Ínsula. Como clientas las tenía clasificadas por categorías. Las había buenas y malas en el momento de pagar por los trabajos de costura.

Un día cualquiera, la muerte llegó hasta el hogar y tocó a las puertas. En el camino encontró a dos hijos de Flor y se los cargó. Culpable, el sistema de la época. Ahora, la madre adolorida llora a los muchachos y clama para que el Gobierno reconozca que los mataron en medio del conflicto y que merece la indemnización que otros han cobrado.

Habla sin amargura. En las palabras se nota la estirpe campesina. No tiene cuerpo para la edad que suma. Se muestra segura y alegre, así las fotografías de los hijos estén en la sala de la casa para recordarle a diario que la justicia no ha sido benévola con ella.

No hay lágrimas. A cambio, muestra una sonrisa con algo de inocencia. Y aparece Dios como el que se encargará de reparar ese daño material que algún malvado le causó.

–         Lo único que he hecho es rodar y sufrir con los hijos – dijo, y dejó que otra vez la sonrisa le iluminara el rostro.

      

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Para despejar la mente y no dejarse consumir por los pensamientos dañinos, en compañía de Eloína Ramírez (muerta), fundó la asociación Atardecer Florido para favorecer a los abuelos del barrio. En esa función ha cumplido 10 años.

Veinte ancianos iniciaron la obra en el puesto de salud del sector. En la medida que se divulgó la existencia del grupo, otros viejos se asomaron y quedaron incluidos en la lista. Hoy, suman 130 y se reúnen los jueves en casa de Flor de María.

No faltan las quejas por incumplimientos oficiales. La alcaldesa María Eugenia Riascos visitó el lugar y prometió ayudarlos. No llegó nada. En época electoral los buscaron para pedirles el voto a cambio de apoyo. Tampoco se vio la mano de los políticos.

Sesenta miembros de la asociación reciben $150.000 como subsidio ofrecido por el Gobierno. Los otros no tienen entradas económicas, y en algunos casos ni familia que los mantenga. Viven de la caridad y del buen corazón de Flor María.

Martha Cecilia, una de las tres hijas, la respalda en todo. Está metida de lleno en la asociación y es la encargada de la organización, la que lleva los papeles, la de las diligencias, la que va ilusionada a los despachos oficiales y regresa a casa desesperanzada.

–         Este año nos aprobaron solo cuatro subsidios. Hay abuelos que no tienen una entrada – dijo para demostrar que las manos amigas escasean para este tipo de obra social.

 Los abuelos que participan en las actividades programadas para los jueves y que incluyen oración, ejercicios y media tarde, aportan $1.000 al mes, que se invierten en las necesidades del grupo. Lo recaudado sirve para comprar elementos que cada uno requiere y que solos no los adquirirían.

Flor María conoció al alcalde electo Donamaris Ramírez cuando era niño, no lo ha molestado en los últimos años. En cambio, Martha Cecilia trabajó a su lado hace algún tiempo. Esta cercanía las hace pensar que al asumir el poder les tenderá la mano para ampliar los servicios, construir un quiosco para las reuniones, afiliarlos a todos al subsidio y ser felices en estos momentos.

Blanca, Zoraida, Ramón, Teresa, Delfina, Marcos y los otros 54 asistentes a la cita de este jueves cantaron, bailaron, alabaron a Dios y compartieron pan con chocolate como la familia que conforman. Cada cual tiene un motivo para vivir y la edad no los detendrá para cumplirlo.

RAFAEL ANTONIO PABÓN

rafaelpabon58@hotmail.com

Fotos: MARIO CAICEDO

mariocaicedo30@gail.com

      

 

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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