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La sociedad moderna los llevó a convertirse en artistas polifacéticos. / Foto: Especial para www.contraluzcucuta.co

EL CIRCO. Tradicional por tradición

El fragor proveniente de las casetas de lata sobre la carretera era opacado por la música de los ensayos de mariachis y bambuqueros en el interior del restaurante El Pijao, donde se reunían los bohemios, en pleno corazón comercial de la ciudad. Allí, en medio del café, las cervezas y el aguardiente,  Juan Carlos y Pedro Antonio Muñoz, aun siendo pequeños, veían a su padre intercambiar chistes y chanzas con los amigos. Nadie pensaría que en medio de la algarabía del momento, los hermanos Muñoz empezaban a empaparse del mundo artístico.

Pedro Rafael Muñoz, el payaso Flautín, había pasado muchos años como nómada viajando con algunos circos. Hacía trapecio, magia y payaso, pero finalmente había decidido echar raíces en Cúcuta, en la época en que un bolívar equivalía a 18 pesos. Empezó a ensañar el arte del payaso a los hijos cuando eran tan pequeños que no hablaban bien. Inventaba alguna  puesta en escena muda,  o algunas veces los ponía a interpretar algo de Chaplin.

Juan Carlos, el menor, adquirió el nombre artístico cuando era pequeño. Como la mayoría de cucuteños de la vieja escuela, quienes aprendían primero el himno de Venezuela que el de su patria, creció con los canales RCTV y Venevisión. Por medio de la pantalla del televisor que funcionaba al mover un botón para sintonizar el canal,  conoció al popular Diony López, actor y cantante de música infantil. Se hacía llamar ‘Popy’ y tuvo varios programas cargados de aprendizaje, comedia, entrevistas y las canciones “Carol-carol, carolina, la muñeca de Popina, la hermanita de Popito, la ternura de papá”.

Cuando empezó a montar uno de los primeros sketch cómicos, Juan Carlos no tenía vestuario definido. ‘Sin querer queriendo’ se vestía como uno de sus grandes ídolos de la comedia: El Chavo del 8. Cuando finalmente le confeccionaron el traje, su padre le dijo:

  • Mijo, ahora tienes casi todo lo que se necesita para ser payaso, pero te falta un nombre ¿Cómo te gustaría llamarlo?
  • Quiero ser Popy
  • Pero hijo, ese no puede ser tu nombre. Popy existe.
  • No importa, quiero llamarme Popy.
  • Tiene que ser un nombre original. Si tanto te gusta ese, al menos vamos a usarlo al revés, de ahora en adelante serás conocido como el payaso Pipo.

Desde entonces, cada que entra en el personaje Pipo deja atrás ese tipo sereno y serio que suele ser en el diario vivir para convertirse en un personaje extrovertido, jocoso y torpe. Curiosamente, Diony López era amigo de la familia y Juan Carlos tuvo la oportunidad de conocer en persona a ese ídolo de la televisión. Popy le dio el aval para llevar el nombre, incluso llegó a ser referenciado como Pipo, el sobrino de Popy. Con ese concepto vendieron varias presentaciones en algunos teatros.

La casa familiar siempre estaba llena de artistas de todas las ramas, bien para aprovechar la bonanza económica de la frontera o para pasar a la hermana república de Venezuela. Muchos de los que venían de Sudamérica emigraban hacia el país vecino en busca de mejor futuro. Para ir allá tenían que pasar por el portón de la frontera, donde Pedro Rafael era referente, por eso llegaban allí para compartir y descansar.

En una de las muchas visitas, llegó del Perú, Armando Manrique, mago veterano de circo que hacía malabares y viajaba con una mochila cargada de sorpresas. Entre los muchos juguetes, el favorito era el Devilstick o Golos, que consiste en hacer piruetas para sostener el bastón devil en el aire mediante los handsticks, otros dos bastones, uno en cada mano.

Cada que alguien le preguntaba cómo había aprendido este arte tenía una respuesta distinta. A veces decía que una familia de chinos se lo enseñó en un circos; otras, que se lo había enseñado el último heredero de Carlo Magno, o era ¿Alejandro? La más popular era la de un chamán amazónico que le había trasladado los poderes mágicos hacía muchos años. 

Desde el momento que el hijo mayor Pedro Antonio los vio, quedó fascinado con aquel acto. Contemplaba a Armando mientras practicaba en el patio de la casa para no hacer daños.  Cada vez que se le caía el devil, Pedro se lo acercaba solo con la excusa de estar cerca de tan maravilloso juguete.

  • ¿Te gustan?
  • Sí, pero parece casi imposible hacer esos trucos.
  • Te los regalo. Juega y con el tiempo te darás cuenta de que no es tan difícil como crees. Decía mi abuelo: el uso hace diestro y la destreza, maestro.

Después de muchos intentos fallidos, golpes en la cabeza y uno que otro adorno roto, Pedro Antonio conoció los malabares, no solo los que pone en escena, sino como filosofía de vida que va desde levantarse cada vez que cae, hasta mantener el equilibrio en los momentos difíciles.

Pedro fue un tipo responsable que procuraba estar en el lugar indicado a la hora exacta. Aunque cuando se altera porque nada sale como espera, deja ver el lado monstruoso. En cambio el personaje que intentaba formar era descomplicado y permite la fluidez durante la escena.

En el colegio fue el cómico del salón y eso le valió para salvar algunas notas de español. No izó bandera por ser el mejor estudiante, pero era el único que se atrevía a pasar al frente y hacer alguna representación.

En el plantel, en medio de una presentación, tuvo la oportunidad de conocer entre el público a Herlinda, la mujer que años después se convertiría en su esposa. El sentido del humor la había cautivado y no sabía que Pedro trabajaba junto a su padre como payaso. Le parecía divertido, aunque para ella los payasos eran todo lo contrario.

Cuando llegaban los fines de semana aparecían las peleas. Herlinda se molestaba, porque no le dedicaba tiempo y Pedro la persuadía sin  revelarle la identidad secreta. Cuando llevaban 3 años de relación le dijo la verdad. Al principio no lo aceptó y con el tiempo le tomó amor al arte.

La primera vez que la llevó a la carpa fue cuando a la ciudad llegó el Circo Chino de Pekin, que traía entre sus actos el clásico folclor de los leones danzantes, que en realidad son artistas que simulan los movimientos del animal de manera graciosa.

Esa fue una de las experiencias significativas en la vida. Sí para Pedro era algo cotidiano, Herlinda nunca había tenido la oportunidad de estar en un espectáculo, y por la cabeza no le pasaba la idea que algún día estaría en la pista. 

Cuando llegó el momento de la iniciación oficial en el mundo del entretenimiento, Pedro Antonio heredó el nombre de payaso de su padre: ‘Flautín’, porque era delgadito en aquella época. En cuanto a Pedro Rafael, tomó un segundo seudónimo, uno que tenía guardado en el baúl de recuerdos: Cascarrabias, con el que disfrutó cada escena hasta el día que la vida lo obligó a colgar el traje.

Cuando tenía 65 años, llegó con la hija a animar una fiesta de una familia pudiente de la ciudad. La anfitriona vio el arrugado maquillaje, volteó la cara y dijo:

  • ¿No hay posibilidad de que me manden otro? Alguien más joven, así usted puede devolverse y descansar.   
  • No señora – respondió con la tribulación carcomiéndolo – hoy le toca conmigo.

Esa tarde hizo la presentación con la mejor de las energías, como nunca antes lo había hecho. Al llegar a casa se quitó el traje y el maquillaje para siempre. Luego, emigró para Venezuela a trabajar como El Mago Doku durante una temporada. De Cascarrabias no se volvió a saber más.     

Cuando tuvo edad suficiente, ‘Flautín’ tomó la decisión de emigrar de casa. El viejo amigo de su padre, el payaso Piripipí, tuvo la oportunidad de entrar en una de las empresas del espectáculo más grandes en el país, el circo Egred Hermanos, la nueva generación. Allí los caminos de la familia Muñoz empezaron a separarse.

‘Flautín’, como años atrás lo había hecho su padre, formo dúo con ‘Piripipí’ y montaron un sketch en el que hacían el papel de bobos. Al arrancar la mímica, con las caras estiradas, las babas escurriéndoles y el único sonido producido por un silbato, la gente aplaudía y gozaba a  carcajadas.

  • Eso es papita pal loro – dijo José Egred cada vez que salían al escenario.

‘Flautín’ tuvo la oportunidad de conocer y compartir escena, debajo de esa enorme carpa blanca, con actores rusos, entre ellos dos esposos liliputienses de 80 centímetros; trapecistas brasileros que hacían el triple y medio salto mortal; focas amaestradas, y unos tipos de Taiwán, campeones ninjas.

Un par de años después de la partida, su hermano Pipo también emigró para empezar a trabajar por cuenta propia. Recorrió Latinoamérica con algunos circos itinerantes durante 8 años. Estuvo en otros pequeños, medianos, grandes; populares, con animales, sin animales, feos, bonitos y famosos como El Circo de Cali, El Circo Moderno, Circo Mexicano, Circo Jonathan, Circo El Espectacular y tantos otros que es difícil recordarlos todos.

Aprendió actos como el de la cuerda tensa. Una vez en Barranquilla, con un pie delante del otro, los brazos abiertos, las piernas ligeramente flexionadas y la mirada al frente, cayó al suelo desde unos 5 metros de altura. El vértigo lo dominó y ¡plaf! Para fortuna del público y del artista, solo se ocasionó pequeños raspones. El espectáculo no terminó ahí. Después, empezó a practicar actos menos peligrosos, acrobacias, magia e hipnosis colectiva. Terminó dedicado a ser payaso como los predecesores.

Bajo la carpa comprendió que los artistas solo pueden volver a casa cada año o cada seis meses para visitar la familia y luego continuar con la gira. El circo empezó a convertirse en el nuevo hogar. Disfrutaba estar solo y por momentos recordaba el miedo a la soledad que lo hacía querer regresar.   

Al volver, con el conocimiento adquirido en los últimos años y con la preocupación por estar activo, compró un gran toldo y montó el ‘Circo Moderno’. Recorrió Colombia durante 6 años y fue gratamente recibido en Antioquia,  donde cada que llegaba cargado de colores y emociones a los pueblos más pequeños, la alegría irradiaba en la gente que esperaba con ansias la magia que había bajo la carpa. Esta experiencia lo enseñó a ver lo hermoso de cada lugar en el que se presentaba, y a entender que cualquier sitio donde haya arte es maravilloso.

Mientras tanto, ‘Flautín’ recorría Venezuela con el circo mexicano Los Valentinos, famosos por regalar entradas a los niños para obligar a los padres a comprar los boletos. “¡Qué barato!”, gritaban los payasos. Allí, perfeccionó la técnica milenaria de los malabares con pases, tiempos y claves por medio de  anotaciones numéricas que le permitían sacar nuevos trucos. Al principio era divertido, como un juego, luego adquirió disciplina y término convertido en rito.

A Pipo, en cambio, nunca le gustaron los malabares. Con el tiempo fue necesario perfeccionar la técnica después de casi 40 años de trabajo. Varios de años los hermanos Muñoz estuvieron separados, hasta que un día se reencontraron en la frontera colombo-venezolana, cercana a Cúcuta, y en la casa materna. Su padre había muerto.

Juntos forman la Asociación Circo Frontera de Paz y decidieron empezar a preparar presentaciones. Fusionaron conocimientos, experiencias y pensamientos para cautivar a grandes y chicos.  

Cuando joven, ‘Flautín’ tenía la tarea de preparar los trucos de magia para el padre. Asistir a un espectáculo de magia es una de las mejores propuestas de ocio para cualquier niño común. El pequeño Flautín, al verlo como obligación diaria, no encontró ese sabor que tiene el arte de la ilusión.

Hoy, al recordar el pasado en medio de la melancolía, se  arrepiente de no haberle prestado atención al viejo. Ahora, sabe que la magia le da el poder de hacer que los niños se sientan fascinados y que a los adultos les brillen los ojos por la ingenuidad.

Mientras en el mundo existan niños, las sonrisas serán siempre eternas – es la frase que el padre les decía y que se había convertido en el estandarte que guía de sus vidas.

Por lo general, el público en el circo lo conforman niños de 0 a 100 años. El payaso no tiene edad, pero mantiene el respeto a la inocencia. Siempre se habían dedicado al payaso, profesión que corre por las venas en franca competencia con los glóbulos rojos.

La sociedad moderna los llevó a convertirse en artistas polifacéticos. Dicen que el artista que no gestiona no evoluciona. Casi toda la familia se encarga de llenar de emociones a los espectadores, dedicada al payaso. El hijo mayor de Pipo adquirió el nombre de Pipito y la esposa de Flautín, la compañera fiel, es Flautica. Juntos viven del entretenimiento.

En el momento de salir al espectáculo, empieza el reto contra los nervios y la sensación de buscar la satisfacción de la gente. Cuando la médula suprarrenal empieza a segregar adrenalina, el ritmo cardíaco aumenta y hace que el corazón salte. Los vasos sanguíneos se contraen y se dilatan. Es allí cuando el flujo sanguíneo corre hacia los músculos y llena de oxígeno los pulmones.

  • El día que no sintamos miedo, apague y vámonos. Ahí no hay nada de emoción –dicen los hermanos antes de salir a una presentación.

‘Pipo’ en el afán de hacer que Cúcuta entrara en procesos de cambio para este sector laboral, constantemente trae artistas de otros lados para capacitar a los de acá. Los conflictos de orden público de los últimos años y los fenómenos naturales que generaron estragos en las vías hasta dejar incomunicados algunos pueblos, ubican a la ciudad como lugar difícil para que lleguen profesionales a intercambiar saberes por medio del arte.  

Ahora, los hermanos Muñoz trabajan juntos en la unión de las carpas tradicionales. Para hacerlo, un circo que se dirija hacia un barrio o pueblo donde casi nunca llega arte, le exigen mucho papeleo. La tramitomanía dificulta el proceso y permite que el circo siga el camino. Atrás queda el rostro ansioso de quienes no pudieron disfrutar los fantásticos espectáculos.  

  • Chao amiguitos.

DIEGO GARCÍA D´CARO

Sobre Rafael Antonio Pabón

Nací en Arboledas (Norte de Santander - Colombia), educado y formado como periodista en la Universidad de la Sabana (Bogotá), gustoso de leer crónicas y amante de escribir este género periodístico, docente en la Universidad de Pamplona (Colombia) y seguidor incansable del Cúcuta Deportivo.

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